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Réditos políticos y psicológicos de los supuestos autores del apagón


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

Mientras la noticia contrastada, confirmada y veraz no aflora, teorizar sensatamente, cuando el derecho a la información se muestra insatisfecho, se convierte en una obligación ética para el periodista consciente de su misión social por satisfacerlo. Sobre todo, si se trata de acontecimientos insólitos, de gran alcance nacional o estatal. Es el caso de la reciente desaparición, en apenas 5 segundos, del 64% de la energía eléctrica consumida en España. Las teorías adquieren legitimidad en forma de hipótesis, que permanecen siendo lo que son mientras la realidad no las desmienta.

Una primera hipótesis sobre lo sucedido es la conjunción de factores. De los factores técnicos, se encargan los técnicos. De los factores políticos nos encargamos de describirlos los periodistas. Sobre estos quiero escribir habida cuenta de que el poder, sustancia básica de la política, adquiere en la esfera eléctrica una importancia de extraordinario peso. Todo o casi todo es o está relacionado con la electricidad, generada por fuentes diversas, hidroeléctricas, nucleares, fotovoltaicas…

Dejando aparte las explicaciones meramente técnicas del apagón sufrido por la sociedad española en su conjunto, a excepción de las islas Baleares y Canarias y las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, el poder de las compañías dedicadas a la producción y distribución de electricidad es de tal envergadura que las constituye, en sí mismas, en verdaderos poderes fácticos con mucha mayor importancia política que muchos ministerios, Gobiernos regionales e instituciones diversas, al tiempo que movilizan ingentes cantidades de recursos. En cierta ocasión, visitando un colega una central nuclear, me contó que formuló una pregunta pertinente pero incómoda a la cual un ejecutivo de la central, con ánimo de achantarle, le respondió: “tenemos poder suficiente para crear un ejército a nuestro servicio, en el momento que queramos”.

El volumen de poder que amasa una central nuclear, por la magnitud de las inversiones que incorporó su erección y por la importancia estratégica de su producción y distribución, más el factor riesgo que agregan, les otorga una autonomía política que demanda su obligada puesta bajo el control del Estado. Empero, habida cuenta de que hoy el Estado ha perdido su ascendiente a costa de subrogar poco a poco sus funciones hacia las grandes corporaciones, señaladamente las energéticas, la relación entre unas y otro ha invertido la hegemonía y son aquellas las que, en demasiadas ocasiones, pretenden autonomizarse, desresponsabilizarse de sus compromisos con los valores y las prácticas democráticas que determinaban su papel social como suministradoras de energía.

¿Qué papel han jugado las corporaciones electronucleares, españolas y foráneas, en la presente crisis? Tal es la duda deducible de las palabras del jefe del Gobierno, que ha optado por no descartar ninguna hipótesis, entre las que se incluyen aquellas que permiten atribuir conductas negligentes, cuando no punibles, incluso criminales, a los decisores de las corporaciones citadas. Tales conductas negligentes ¿son por el contrario fruto de accidentes o pertenecen a propósitos premeditados con miras a erosionar, por ejemplo, a un Gobierno legítimo? Los nexos familiares entre el gran capital eléctrico y la derecha y extrema derecha de este país son inquietantes. Como inquietante resulta la obsesión del PP y de su escisión, Vox, por derrocar como sea al presidente Pedro Sánchez. Hasta el mindundi más mediocre del partido de la calle de Génova se permite la arrogancia de bramar oficialmente por la dimisión del legítimo presidente del Gobierno cuando la cúpula de su Partido Popular se muestra incapaz de cesar a Carlos Mazón, cuya ausencia de su puesto político durante horas decisivas de momentos gravísimos de la vida de la Comunidad Valenciana se saldaron, hace seis meses ya, con 227 víctimas mortales.

Segunda hipótesis

Vayamos a una segunda hipótesis sobre el origen del apagón. De no ser accidental, sino inducido premeditadamente, ¿dónde estuvo el agente provocador, en nuestro país o fuera de él? ¿A quien benefició lo sucedido? ¿Qué efectos buscaban quienes lo generaron? ¿Qué Estado, corporación o individuo sacaba réditos políticos, económicos, psicológicos o de otro tipo dejando desabastecido a un país con casi 50 millones de moradores, la cuarta economía de la Unión Europea?

Para contestar a estas preguntas hay que admitir que Europa se encuentra enredada, por voluntad de determinadas derivas políticas y económicas foráneas, en una dinámica de guerra impuesta por anteriores presidentes de los Estados Unidos de América obsesionados por reeditar la rusofobia, pese a la implosión de la Unión Soviética. Hoy, sin embargo, el reelecto Donald Trump parece querer acabar con esta guerra europea, muy presumiblemente para alejar a Rusia de China y emprender holgadamente el hostigamiento prebélico contra el gran Estado oriental. Es pues fundamental disciplinar a los presuntos aliados europeos de los estadounidenses, en puridad vasallos de la OTAN, es decir, nosotros, para llevarnos como vanguardia a la futura guerra estadounidense-china a librar en la escena euroasiática, fuera de las fronteras de la nación norteamericana, claro está. Pero, ay, la población española no está por la labor, no quiere saber nada de una guerra impuesta a Europa desde fuera de sus intereses y mucho menos desea saber de otra contienda, de nuevo cuño, contra China, en la cual Estados Unidos quiere embarcarnos, para lo cual fuerza el rearme europeo y la incauta Úrsula von der Leyen habla de destinar 800.000 millones de euros de nuestros bolsillos europeos, con el reclamo de que esos dineros van a fortalecer una inviable e imposible autonomía estratégica y militar continental, habida cuenta del perenne aliento norteamericano sobre el cogote europeo.

Comoquiera que en España no hay, hasta ayer, conciencia de inseguridad, crear esa inseguridad mediante fórmulas de guerra psicológica puede ser una manera eficaz de conseguir que la opinión pública española, una vez convenientemente atemorizada, se decante por un rearme indeseado, previo a una beligerancia indeseada igualmente.

El generador de la inseguridad -en forma, por ejemplo, de un sabotaje de instalaciones críticas que recuerde al ciudadano de a pie su vulnerabilidad, real o ficticia- buscará quizá, como eficaz reclamo, cegar a todo un país y sepultarlo en la oscuridad real. Sobre la identidad de los presuntos autores del gigantesco apagón registrado en España, puede tratarse de agentes de un Estado sicario que trabaje por delegación para otro más fuerte que, a cambio del favor que brinda a su pagano obtiene, por ejemplo, una buena prebenda política o satisface y ajusta las cuentas al Estado atacado en sus infraestructuras eléctricas, por algún diferendo previo.

Inquina

En todo caso, la inquina contra el Gobierno de coalición español rumiada por sujetos estatales o personales de tan baja estofa como los que comparecen en la escena no hace sino fortalecer la convicción de que, pese a sus errores, se encuentra en la vía correcta de representar los intereses de la mayoría social española así como la de los intereses estatales de España, siempre y cuando se niegue a dejarse avasallar por falsos aliados capaces, incluso, de subcontratar sicarios de toda laya para torcer las decisiones soberanas de España.

Claro que puede haberse tratado, el caso que nos ocupa, de vínculos entre fuerzas reaccionarias locales y foráneas, unidas por los nexos que el dinero y la ambición trenzan entre Estados sin moral e individuos sin dignidad ni patria. Permanezcamos atentos a la pantalla, a la espera de que las hipótesis aquí descritas, se confirmen -no lo quiera el cielo- o se desmientan para tranquilidad de los españoles, dolorosamente hartos de tan arteras puñaladas contra nuestra malherida democracia pese a lo cual, las gentes de bien resisten y resistirán, no lo dude nadie.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.


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