Trump como paradigma político
- Escrito por José Félix Tezanos
- Publicado en Opinión
Rememorando el arranque de un famoso ma- nual de Derecho Civil que los estudiantes de mi época teníamos que memorizar podría decirse que “la pregunta qué es el trumpismo va a hacer correr ríos de tinta”.
Después de la ruptura del consenso keynesiano posterior a la Segunda Guerra Mundial, no es la primera vez que el conservadurismo extremo ha intentado conformar un nuevo modelo de liderazgo y acción política, a partir de algún líder con especial capacidad de atracción electoral. Posiblemente el intento más exitoso en este sentido fue el que se construyó en torno a la Señora Thacher.
Sin embargo, entre el “thacherismo” y el “trumpismo” hay unas diferencias y unas distancias notables. Y peligrosas.
Los perfiles de Trump suponen una ruptura importante con lo que han sido los contenidos y las proyecciones de la política conservadora precedente. Incluso con la más radical. De ahí que algunos analistas hayan querido ver en la actual presidencia norteamericana trazos de un pensamiento radical autoritario y de una práctica agresiva y peligrosa. Personalmente, no sé si tales rasgos permiten que podamos comparar a Trump con otros paradigmas situados en la perspectiva de los fascismos del período de entreguerras, que practicaron una determinada retórica social y que realizaron políticas sociales que no tienen nada que ver con las orientaciones crudamente ultra capitalistas e insensibles socialmente de Trump y sus corifeos.
El trumpismo tiende a configurarse como el paradigma político de todo lo que está en las antípodas del Estado de Derecho, de los derechos humanos, la igualdad ciudadana y de las políticas de paz y cooperación internacional.
El personaje
Al igual que otros líderes ultras del período de entreguerras, Trump es un personaje singular y plagado de contradicciones. De entrada, su odio extremo a los inmigrantes casa mal con su propia historia familiar y personal. Al igual que ocurre con su gran socio, el “suda- fricano” Elon Musk. Su abuelo Friederich Drumpf (originariamente) nació en Baviera y emigró a los Estados Unidos siendo aún muy joven, en 1885, regresando nuevamente a Baviera a los pocos años para buscar allí una esposa que fuera también alemana. El padre de Trump se casó con una escocesa (también inmigrante) y el propio Trump no dudó tampoco en entablar relaciones con mujeres inmigrantes de un perfil de belleza muy similar y muy racial (ario). De hecho, de sus tres mujeres, una (Ivanka) es de origen checoslovaco, y la actual (Melania Knavs) de Eslovenia (antigua Yugoslavia). Dos de sus mujeres han sido modelos y otra actriz e hija de una modelo.
Durante el período de la Segunda Guerra Mundial los Trump comenzaron a acumular una gran fortuna con mucha actividad en el ámbito de la construcción (cuyo origen algunos han cuestionado), al tiempo que empezaron a negar (el propio Trump) su origen alemán, sosteniendo que en realidad eran de origen sueco.
Con tal origen y trayectoria, el odio a los inmigrantes, a los que se presenta como “chivos expiatorios” de todos los males, y sus políticas de persecución sistemática se justifican con tópicos muy peyorativos, exagerados y peculiares (“se comen las mascotas”, llegó a decir Donald Trump). Tópicos y políticas de “limpieza” y expulsión que recuerdan las paranoias contra los judíos que propalaban los nazis en sus años de apogeo. Hay que recordar que en los primeros años de gobierno Hitler llegó a plantear un plan “disparatado” de “trasladar” a la población judía a la isla de Madagascar, donde les prometía una nueva “patria”.
El apoyo socioestratégico central del trumpismo es una tecnocasta formada por una élite muy reducida de superpoderosos que intentan traducir sus enormes riquezas en palancas de poder y dominación.
El paradigma
Aunque Donald Trump se encuentra al inicio de una nueva etapa de gobierno netamente trumpista –sin “las ataduras” limitadoras de Washington– ya es posible fijar los principales rasgos caracterizadores del paradigma político “trumpista”.
Un primer rasgo es el recurso a prácticas y proyectos impregnados de fuertes componentes irracionales: el odio al inmigrante, el desdén a todo lo extranjero –“America first”–, los argumentarios basados en elementos emocionales, etc.
Una segunda característica es el desprecio –a veces arrogante– a todo lo que supone respeto al principio de legalidad y a los fundamentos del Estado de Derecho.
Un tercer rasgo es la exaltación emocional del liderazgo personal, rozando casi la exaltación y el culto de la personalidad, con un paralelismo inquietante respecto a los principios desde los que se sostenía que “el líder siempre tiene razón”, “el líder antes que nada”, “acatemos la voluntad del líder”, “hay que adorar al líder”, etc.
Un cuarto elemento caracterizador es la tendencia a sobrevalorar el papel de los grandes actos de masas, organizados con una parafernalia propia de las ceremonias de exaltación del líder, con abuso de los discursos y los eslóganes simplistas repetidos y coreados por la masa una y otra vez. Lo que supone entender la política como un espectáculo.
Un quinto rasgo nos remite a las actitudes de despegue y de cinismo ante las formalidades de la política, de la organización y de la institucionalidad propia de Estados de Derecho y del principio de legalidad, que se vulnera cuando “conviene” a los propios intereses y necesidades. Lo que se conecta con la manera en la que se vulnera y se desprecia la Justicia (de fondo y de forma).
Una sexta característica es el uso –y abuso– de los insultos y de las descalificaciones como arma de confrontación política, con componentes de odio sistémico a los que no “te apoyan”, con prácticas inquisitoriales de “venganza política” (y persecución personal).
Un séptimo rasgo es la tendencia a practicar el dualismo moral descalificador (“ellos-nosotros”) y la agresividad polarizada y polarizadora (“en mi contra y/o a mi favor”).
Un octavo elemento definidor del trumpismo es la propensión a utilizar amenazas, agresiones y argumentaciones reduccionistas en política exterior, con afanes expansionistas de naturaleza claramente imperialista. Algo de lo que en muy poco tiempo Trump ha dado ejemplos de notable entidad y alcance.
Un noveno rasgo es la tendencia a organizar formalmente una estructura de leales, e incluso de los muy leales, como referencia política primordial. En este caso, el movimiento MAGA (Make America Great Again) llega a reemplazar al propio Partido Republicano, como tal, mediante una acción recurrente, y semi-militarizada en algunos casos, de sus seguidores más leales y fanatizados.
Un décimo rasgo, aún sin agotar el tema, es la inclinación a utilizar la fuerza física (la amenaza militar) como arma primordial de la acción exterior. De momento, cuando escribo este texto, Trump solo ha utilizado este recurso como amenaza, y como posibilidad, que él mismo pinta con perfiles apocalípticos y amenazas de “desatar un infierno”. Junto a estos rasgos de carácter “político” general hay también otros elementos que definen y caracterizan el modelo trumpista, tal como lo conocemos en estos momentos, por ejemplo, las rotundas medidas implantadas, proyectadas, o simplemente anunciadas en política económica, orientadas a beneficiar en todo lo posible a ciertos sectores de la economía norteamericana, aunque ello pueda suponer un descalabro tremendo para la economía mundial.
La tecnocasta como estructura de poder
Otros rasgos clave del trumpismo son la alianza estratégica de base con lo que ya empieza a calificarse como la “tecnocasta”. Es decir, un pequeño y muy poderoso núcleo de empresarios que acumulan enormes riquezas y que pretenden controlar el mundo a través de sus redes de comunicación y de las plataformas de innovación que están “triunfando” en ámbitos muy específicos y claves de la vida social en nuestro tiempo. De hecho, el propio Trump se considera parte del círculo del poder económico y de la riqueza extrema, que opera sin prejuicios, sin complejos ni cautelas, como parte de una nueva “casta del poder, de la riqueza y de la dominación”.
Hay que ser conscientes que en este último aspecto se trata de un rasgo específico de los Estados Unidos de América, en claro contraste comparativo con casi todos los otros países del mundo. De forma que aquellos que se han apresurado a apuntarse al paradigma trumpista –no solo en España– van a tener muy difícil, por no decir imposible, superar la contradicción de raíz que implica formar parte de un conglomerado político trumpista, siendo ciudadanos de países que con tales enfoques van a sufrir procesos esquilmadores, y detractores, de sus recursos y sus posibilidades. Es decir, con grave deterioro de los países de nacimiento de algunos peculiares “patriotas” y “practicantes” de un modelo político (el trumpismo) desde el que se humilla y se esquilma a los países de los que ellos son oriundos.
Por lo que va a resultar muy difícil evitar que tales trumpistas de ocasión no aparezcan ante los naturales de sus países como unos auténticos sicarios, vasallos y cipayos vendepatrias.
En cualquier caso, no deja de resultar llamativo que, desde un punto de vista sociológico, la apoyatura social del trumpismo no sea una gran clase social, como ocurrió con las conexiones de los fascismos con las clases medias en momentos en los que estas sufrían deterioros conectados a los efectos de la Gran Depresión, sino que, muy al contrario, actualmente el gran referente socio- lógico del trumpismo es una “tecnocasta” formada por unos pocos magnates superricos, que concentran en sus manos una enorme riqueza, con niveles de ambición y dominación que no parecen tener límites. Lo que los lleva a operar como un “poder en sí” y “para sí”. Por muy absurdo y contradictorio que esto pueda resultar.
La opinión pública española tiene percepciones muy críticas sobre todo lo que supone el trumpismo, cuyas consecuencias para España se piensa casi unánimemente que van a ser negativas.
La opinión pública
De momento, la opinión pública mundial está reaccionando ante la irrupción de Trump y del trumpismo con bastante temor y preocupación. Sobre todo, tan pronto como han podido comprobar que las matonerías y amenazas de Trump no eran ocurrencias y exageraciones propias de las campañas electorales y de su tendencia natural a la sobreactuación, sino que Trump está haciendo lo que dijo que haría.
En España la opinión pública ha reaccionado de manera tan concluyente como inmediata, tal como indican los datos del barómetro del CIS del mes de febrero. De hecho, el 71,2% de los españoles creen que la política de Trump afectará mucho o bastante a la economía española, entendiendo un 83,1% que afectará negativamente. Lo que constituye una opinión tan aplastante que a medio plazo, una vez pasados los tanteos primigenios, va a poner muy difíciles las cosas a los seguidores –y defensores– de Trump en España.
Las opiniones de los españoles ante algunas de las medidas anunciadas por Trump para poner fin, por ejemplo, al conflicto en Oriente Medio, revelan también que existen importantes desacuerdos, tal como están las cosas cuando escribo este texto. En concreto, un 80,4% de los españoles mayores de 18 años consideran que con tal medida no se contribuirá en nada a lograr la paz en dicho conflicto.
Tampoco están de acuerdo la mayoría de los españoles en que los intentos –o proyectos– de Trump –ya anunciados– de llegar a un acuerdo (él) con Rusia-Putin sobre el contencioso en Ucrania (sin contar con Ucrania ni con Bruselas) pueda llegar a buen puerto, declarándose en contra de este propósito casi dos tercios de los españoles (un 61,2%), con un 27,1% que está poco de acuerdo y un 34,1% nada de acuerdo, en tanto que solo un 10,3% declaran estar muy de acuerdo con esta iniciativa y un 17,8% bastante de acuerdo.
Tales actitudes y opiniones y el alto nivel de información que desvelan los datos del CIS sobre estas cuestiones revelan, por un lado, un alto grado de atención –y conocimiento–en la opinión pública española sobre las pretensiones y proyectos de Trump, así como una gran amplitud de las posiciones críticas ante tales propósitos. Algo que, como decíamos antes, va a generar no pocos problemas de sintonía –y/o compresión incluso– respecto a los líderes y partidos que en España forman parte del fenómeno político trumpista.
José Félix Tezanos
José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.