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La vivienda: un problema poliédrico


(Tiempo de lectura: 7 - 13 minutos)

Los jóvenes tienen problemas propios de su generación, que son muy diferentes a los que podíamos tener las generaciones anteriores. Es lo normal. También tienen otras ventajas que no tuvimos muchos como el acceso a los estudios, el mayor conocimiento de idiomas, la facilidad de viajar, la libertad sexual y de pensamiento y vivir en democracia.

Sin embargo, tienen un grave problema, que no es generacional sino estructural del sistema económico: la vivienda. Y que supone poner patas arriba todo su proyecto de vida: la imposibilidad de emanciparse y decidir vivir solo/a, en pareja, con amigos, etcétera.

Emanciparse joven ya supone un riesgo casi imposible de asumir; hacerlo solo es inverosímil económicamente. Una emancipación supone compartir piso con conocidos o desconocidos, sin apenas intimidad, en condiciones muy precarias, con un espacio propio privado reducido a una habitación.

Si la emancipación es en pareja supone que ambos trabajan y tienen unos sueldos mínimamente dignos para dedicar un salario completo mensual a la vivienda y el otro para vivir dos personas. ¿Cómo formar así una familia?

La diferencia entre los jóvenes y los padres es abismal. Representa también dos épocas sociales con características muy divergentes. Nosotros, los padres y madres, fuimos la primera generación que tuvimos que construir la democracia, que ocupar puestos de relevancia social y laboral porque había que cubrir la escalera social, que nuestras formaciones universitarias eran garantías de un buen empleo, que fuimos la primera clase media nacida en democracia y constructora del primer Estado de Derecho y Bienestar de nuestra Constitución.

Claro que trabajamos mucho en aquellas épocas. ¿Quién no ha estudiado y trabajado laboralmente a la vez? ¿Quién no se ha emancipado joven con tal de sorber aire de libertad y autonomía? ¿Quién no se ha vinculado social y políticamente en la construcción de sus ciudades? Y tuvimos nuestra recompensa.

Somos la clase media española, quien más y quien menos dispone de dos viviendas: la propia y la segunda residencia; o la propia y el piso de alquiler que se guarda para el hijo/a.

Sin embargo, esto tocó techo. Y no es la primera vez que oímos o leemos que los jóvenes son la primera generación que vivirá económicamente peor que sus padres.

  • Disponer de estudios universitarios ya no garantiza un buen empleo, estable, de progresión social, y con futuro.
  • Los empleos para los jóvenes se han precarizado y son inestables, el sistema ha sustituido la experiencia de mayores de 50 años con buenos sueldos de “toda una vida” por jóvenes “sobradamente preparados” a los que se les paga la mitad.
  • Un solo sueldo ya no es suficiente para mantener una familia, ni siquiera a uno mismo en muchas ocasiones. A veces hay que “acumular” varios trabajos precarios para conseguir un único salario.

Curiosamente, los padres no heredamos de nuestros predecesores para poder tener una vida digna. En cambio, ahorramos pensando en dejar una seguridad para nuestros hijos.

Un sistema económico que no solo, a nivel global, está provocando más y más desigualdad entre países e internamente dentro de ellos, con una concentración de la riqueza vergonzosa, sino que está provocando la desaparición de la clase media conquistada en Europa después de la II Guerra Mundial y bajo políticas económicas keynesianas y políticas sociales del Estado de Bienestar.

Menos salarios, menos seguridad y estabilidad, menos capacidad de proyectar el futuro, y … sin viviendas. Este es hoy el mayor problema de casi todas las ciudades desarrolladas, incluida España. Seguramente con índices más preocupantes, porque se le suman factores como la masificación turística o la llegada de migrantes trabajadores en busca de oportunidad o ricos especuladores con ansias de invertir.

Según Eurostat, “desde 2015 el precio de compra de la vivienda en España ha subido un 42% y los alquileres se han disparado hasta el punto de que el 39% de los hogares en este régimen han de destinar más del 40% de sus ingresos a esa partida. Tales aumentos han cambiado la estructura de la sociedad: en la primera década de este siglo, el 75% de las familias de entre 30 y 44 años vivían en una casa en propiedad. Ahora son el 55%. Y los que viven de alquiler son el 34%, el doble que entonces”.

Hablar del problema de la vivienda es facilísimo, sobre todo, decir grandes generalidades como yo estoy haciendo. Solucionar el problema es realmente complejo, y no se crean, por favor, a los que ofrecen “milagrosos crece pelos”.

Tengo más dudas que soluciones.

En primer lugar, le urge a la derecha española volver con el “mantra” de la liberalización del suelo. Que se construya da igual dónde y en qué condiciones. Construir, construir, construir. Cuantas más casas, más baratas serán. Es la ley del mercado.

Pero esto ya se probó y no funcionó. La ley de Aznar de 1998 se creó con ese motivo. Y sucedió lo contrario, además de provocar un crecimiento urbanístico explosivo en zonas turísticas que esquilmó muchos recursos naturales e infraestructuras empequeñecidas para tal aluvión de construcción, porque no se construye muchas veces donde se necesita sino donde es más rentable económicamente. Construir de forma liberal tiene también un gravísimo efecto ambiental.

Pero además, no fue exclusivamente la ley pero sí fue decisiva, generó la burbuja del ladrillo de la mano de una banca avariciosa. Y los precios de las viviendas no bajaron, al contrario, subieron y subieron pero con los fondos buitres y las hipotecas regaladas provocaron la debacle financiera. Tuvo además otra gran consecuencia indeseada: los mayores años de corrupción en España. ¿O es que al PP se le ha olvidado lo que ocurrió? ¿Se nos ha olvidado a los españoles?

Porque el mercado solo no se regula. Eso ya deberíamos haberlo aprendido. Hasta la mano invisible de Adam Smith necesitó la mano visible del Estado keynesiano para equilibrar un sistema injusto.

En segundo lugar, deberíamos haber aprendido algo de la gravísima crisis financiera del 2008, que todavía colea, y que, por cierto, constructores y bancos fueron los primeros responsables. Se dejó de construir, se arruinó a miles de personas que no pudieron mantener sus viviendas, pero se “premió” a la banca a la que se le inyectó más de 64.000 millones de euros incluyendo el Fondo de Garantía de Depósitos, de los que casi el 75% nunca devolvieron, ni siquiera ahora que sus beneficios son los más abultados de toda Europa. Eso sí: cerraron cajas de ahorro, eliminaron oficinas, redujeron masivamente personal, y, pese al dinero que recibieron de nuestros bolsillos, comenzaron a cobrar por cualquier operación, subir las hipotecas y no ofrecer inversiones a los clientes. Qué bien hubiera venido aquel dinero para construir vivienda pública.

No se les oye decir nada al respecto, pero también tienen mucho que aportar. Primero, porque son la empresa nacional que más beneficio obtiene; segundo, porque siguen teniendo gran cartera de viviendas en su haber; tercero, porque suben los intereses de los préstamos; y, por último, porque su “racanería” en inversiones al cliente contribuye a que la vivienda se haya convertido en un producto de inversión. A muchas personas les resulta mejor invertir sus ahorros en vivienda que se revaloriza continuamente que dejarlo en los bancos que va perdiendo valor. ¿Acaso no favorecen la desestabilización de la balanza?

En tercer lugar, la solución propuesta por el Banco de España es construir 600.000 viviendas. ¿En serio? El economista Juan Torres dice que en 2023 disponíamos de casi 450.000 viviendas por estrenar, construidas pero sin encontrar quién las comprara, seguramente porque no pueden acceder a ellas.

Mientras esto ocurre, el fondo de inversión Blackstone, aquel que compró las polémicas 1.860 viviendas sociales que vendió la exalcaldesa Ana Botella en 2013, y que fue el embrión de su entrada en España, es propietario hoy de 32.000 viviendas. El 3% de sus activos, según Cinco Días, está ubicado en España. Y, como dice su director general, “No teníamos ni un hotel en España y ahora somos el mayor hotelero del país; no teníamos viviendas y ahora tenemos la mayor gestora de vivienda en alquiler en España, y en logística también queremos crecer”.

Por cierto, Blackstone compite por el título de mayor CASERO del país con CaixaBank, un “frankenstein” que surgió por la absorción de Bankia (¿dónde estás, Rodrigo Rato, exministro del PP?) y fruto de la crisis financiera de las cajas de ahorro, modelo nefasto de gestión del gobierno de Rajoy. En Valencia sabemos mucho de eso.

Así pues, el mayor drama de la vivienda es que se ha convertido en el interés de mucho fondo de inversión, de refugio de capital financiero, y de grandes inversores, incluso particulares extranjeros.

Tampoco ayudaron mucho las “Golden Visa”, que, aunque sea una gota en medio de este océano de tiburones, no contribuyeron a la estabilización de precios de la vivienda, sino más bien al contrario. Si tenemos en cuenta los datos publicados, en España, la vivienda en propiedad por parte de extranjeros ha pasado del 7% en 2007 al actual 21%, realizándose además la compraventa al contado en una de cada tres operaciones.

En cuarto lugar, ¿es simplemente un problema de oferta y demanda? Según datos de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH Madrid) España se encuentra entre los Estados europeos con mayor índice de vivienda: Más de 540 por cada 1.000 habitantes. Aproximadamente, una vivienda para cada dos habitantes. Una cifra que no se modifica mucho en las grandes ciudades.

Lo que sí hay, según observamos, son muchas viviendas vacías.

En quinto lugar, llegamos a la ley de la vivienda aprobada hace un año. Depende de a quién preguntes y de dónde sean los datos (Idealista, Fotocasa), la ley es un completo desastre. Sin embargo, hay que hacer el balance lo más ajustado posible.

La ley nace con la mejor de las voluntades: proteger a quienes no disponen de una vivienda. Sin embargo, esto no lo ha conseguido.

Es cierto que la ley no se ha aplicado como corresponde prácticamente en ninguna CCAA. Probablemente porque no es fácil de aplicar. El primer elemento es que la sobreprotección genera falta de estímulos para alquilar a los pequeños propietarios que representan el 85% del total de las viviendas para alquilar. Se pretendió proteger en exceso a los más vulnerables y se ha conseguido el efecto contrario: que se retiren del mercado numerosas viviendas que ya no se alquilan por miedo a las consecuencias que provoca la ley.

Y, aquí sí ha funcionado la ley del mercado: a menos viviendas, mayor precio.

Por cierto, datos y argumentos aportados por el diputado Aitor Esteban que, una vez más, vuelve a mostrar rigor y sensatez en el debate parlamentario en medio de un barrizal protagonizado por el PP previamente. Sabe de lo que habla y habla de lo que preocupa a la ciudadanía.

El problema es que el Estado no puede pasar al otro la responsabilidad de protección social, es decir, si no se puede desahuciar, no se puede subir precios, no hay cobertura judicial para el propietario, … lo que se consigue es que no se alquile especialmente a los vulnerables, pasando la vivienda a turística o retirándola del mercado. Tiene razón Aitor Esteban que no hay que retirar la ley, pero sí mejorarla en muchos aspectos, sobre todo, para dar garantía y seguridad al pequeño propietario. Porque un gran fondo de inversión tiene abogados, instrumentos, dinero, presión y recursos para desahuciar si quiere y encontrar rendijas a la ley si lo pretende; la ley no ataja a los grandes “buitres” sino a la clase media.

Una buena ley pero excesivamente restrictiva a la que hay que sumar la malísima información y el “miedo atroz” publicitario hacen que no funcione.

La retirada de viviendas del mercado de alquiler ha supuesto, por una parte, muchas viviendas vacías, pero, por otra y como ya sabemos, el aumento de las viviendas turísticas que alcanzan aproximadamente el 20% del alquiler. Uno de los graves problemas actuales que se suma a la falta de viviendas es la masificación del turismo en centros urbanos, zonas costeras o islas como Baleares.

De la misma forma que tampoco ha funcionado la creación de viviendas de protección oficial en los suelos reservado cuando la limitación de precios ha sido tanta que los constructores ni siquiera ofertan.

Y hay que reconocer que llevamos mucho tiempo sin invertir en vivienda pública como corresponde porque, aunque los ayuntamientos cedan suelo, construir es caro, muy caro, y a medio plazo. No se construye un parque de viviendas públicas de hoy para mañana. El famoso caso de Viena se inició, con gran acierto, tras la II Guerra Mundial y bajo un gobierno socialdemócrata que tuvo muy claro que la construcción de la vivienda era un derecho y debía recaer en manos públicas. Pero nos llevan casi 80 años de ventaja.

¡Ojo!, con un riesgo; si no se hace bien, la vivienda pública acaba en las periferias de la gran ciudad ocupada por los más vulnerables, es decir, creando guetos. Porque eso es lo que ocurre en las grandes ciudades europeas (Francia, Alemania, Italia o España) donde el problema ya no es solo lo urbano frente a lo rural, sino el centro frente a la periferia.

En sexto lugar, ¿acaso no ha habido dinero para ayudar a la vivienda? Sí, y mucho. Por ejemplo con los bonos y ayudas sociales para alquiler de jóvenes. El problema: que el bono ha supuesto una parte a sumar al aumento del precio.

CONCLUSIÓN: dicho todo eso, alguien podrá preguntarme con acierto cuál es mi propuesta. Pero no creo que haya una solución fácil. Lo que sí sé es que vamos en dirección contraria a conseguirla.

Porque la vivienda debería constituir una emergencia nacional, un Pacto de Estado, una negociación de todos los sectores afectados, un diálogo sereno y racional entre expertos y partidos políticos del gobierno y de la oposición. El gobierno, hoy por hoy, solo puede contar con socios parlamentarios dispuestos a revisar con detalle, razones y debate una ley, nacida con buena intención, pero claramente mejorable.

Si cada uno jugamos en nuestro tablero sin compartir las fichas, haremos un juego de suma cero. Y seguiremos haciéndonos trampas al solitario. Me temo que, en esta época de manoseo y polarización, de exageraciones y medias verdades, de derribar al gobierno como sea y a costa de lo que sea, no habrá una solución deseable.

Y todos serán responsables, los que gobiernan, los que ansían gobernar, y los que juegan a desestabilizar porque “cuanto peor, mejor para mis intereses” puesto que la vivienda seguirá subiendo y subiendo hasta la próxima burbuja.

 

Doctora en Filosofía por la Universidad de Valencia.

Tutora de Sociología en la UNED (Valencia)

Miembro del consejo de redacción de la revista Temas para el Debate, y crítica de libros de la revista Sistema.

Articulista en la revista digital Sistema Digital.

Miembro de las asociaciones literarias Concilyarte y Clave.

Ha codirigido cursos de la UIMP (Valencia)

Miembro de varias ONG Greenpeace, Médicos Sin Fronteras, Cruz Roja, Amnistía Internacional y Fundación Hugo Zárate.

Coordinadora de actos culturales: mesas redondas, presentaciones de libros, encuentros literarios y exposiciones.

Varias publicaciones: artículos de prensa, críticas de libros, artículos de reflexión filosófica, antologías poéticas, novela y ensayo.


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