¿Libertad de expresión? No tanta (II)
- Escrito por Luis Méndez
- Publicado en Opinión
Decíamos que la censura de hoy no necesita ni tijeras ni brochas. Es más sutil, le basta con volcar toneladas de paja sobre la aguja de oro (la información veraz). Todo esto tiene un efecto degenerativo: que la mentira consentida o compartida, sin reproches morales, vaya impregnando todo el pensamiento. Amoralidad y ausencia de reflexión crítica.
En un documental inglés sobre el desastre de la Armada española los historiadores que la narran reconocen que muchísimos de ellos saben la realidad de lo sucedido, pero que esa mentira se mantiene porque cohesiona a la nación y la lleva a fomentar el pensamiento de que es invencible (Boris Johnson si se la ha creído). Pero esto tiene sus peligros. ¿Aceptar tal tipo de engaños no puede llevar a actitudes como las del chihuahua que provoca inconscientemente al pitbull? Los españoles solemos caer en el error contrario: aceptamos con fatalismo, por un realismo excesivo (¿qué le vamos a hacer?) los dictados internos y externos que no nos convienen o perjudican, sin pensar que también hay bulldogs. Nunca hemos sabido jugar al contrapoder.
La cuestión es que la mayoría no ve la libertad de expresión como un elemento indispensable. ¿Para qué necesitamos más información si lo que hay que pensar ya está dispuesto en papel y tinta? En cierto sentido se ve esa libertad como un adorno para diletantes culturales que tratan de cosas que no interesan (afectan) al común de los ciudadanos. ¿Para qué sirve saber que lo de Isaac Peral fue un delito de alta traición, con enriquecidos huidos a EEUU, aparte de un avergonzante grado de inepcia gubernamental? ¿Quizás para que no vuelva a ocurrir? Aquí, Peral, Sanjurjo Badía, Monturiol, De la Cierva, totalmente despreciados, incluso ahora que “Canadá se decide a comprar 12 nuevos submarinos para renovar su flota. Y Suecia y Países Bajos se han unido para exportar sus Expeditionary C-71 y luchar contra el submarino S-80 de Navantia”. Nuestros amigos ante los que anteponemos todo.
Sin embargo, a pesar de las indiferencias, la libertad de expresión es una pieza esencial del reloj político. Si se la altera se descompone el resto del mecanismo. Sin ella no es posible esperar que la mayoría pueda saber cuáles son sus derechos e intereses y los pueda proteger. Aparte de que su ausencia es una prueba de que el sistema general de libertades falla.
La libertad de expresión articula al resto del sistema democrático si este se considera un mecanismo no sólo de elección, sino de reflexión. Hay diversas formas de interpretar la democracia. Bien como un resultado aritmético obtenido de cualquier forma; bien como un mecanismo de análisis. Qué soluciones es otra historia, por lo cual dejemos el asunto en la búsqueda de un bien común de supervivencia. Por cierto, en la actualidad hay más libertad de información sobre lo nacional que sobre lo internacional. Cosas que se pueden decir sobre nuestros reyes (a veces de forma improcedente) no se pueden decir sobre presidentes extranjeros. Una prueba del debilitamiento de la soberanía y de que esta ha pasado a un segundo plano.
De la libertad de expresión dependerá que entren en el escaparate del pensamiento político todos o sólo algunos artículos entre los cuales elegir. Sin ella se conculcan el pluralismo y el necesario proceso de contradicción de ideas. ¿Cómo elegir sin una información abundante, contradictoria, impugnable? ¿Cómo ignorar que nosotros y no ellos –los que decimos que mandan-- somos los jueces? ¿Quién llena el 80 por ciento de las arcas? ¿Quién materializa, hormigonea, cablea nuestra sociedad? Sin esa libertad, el mundo se reduce. Lo demás quedará sumido en una oscuridad que en casos se traga a continentes enteros y a miles de millones de seres, como si lo minoritario fuera el todo y la mayoría la nada. Pero la nada no desaparece porque se la ignore.
Sin elección entre contrarios no hay democracia, al menos así lo plantea para los demás nuestra propaganda liberal. Nos ha venido a la mente las acertadas y recientes palabras de la secretaria general de la OMC, nigeriana: “Cuando negociamos con los chinos recibimos un aeropuerto, cuando negociamos con los europeos recibimos una lección”. ¿No estamos ya sobrados de teoría estéril?
Por cierto, esta mentalidad liberal-humanista sólo habla de escaños (¿cosificación del pensamiento?), no del número de votos ni de los porcentajes que representan sobre la población total. En Gran Bretaña, supuesta cuna de la democracia moderna, sorprende que un partido con nueve millones setecientos mil votos obtenga 411 escaños y otro con cuatro millones obtenga 4 (cuatro). ¿Cómo se pesa el valor de cada ciudadano? La abstención es otro asunto eclipsado. Antes era objeto de debate, hoy, cuando precisamente ha aumentado, se quiere que carezca de significado. No se quiere abordar por qué se produce. En EEUU, democracia que vigila a las demás democracias, sus electores eligen compromisarios que a su vez elegirán al presidente de la nación. ¿No confían en sus ciudadanos? Son elecciones indirectas en las que además, como en Gran Bretaña, la mitad más uno lo gana todo. ¿No debería ser la democracia cosa de proporciones?
Y esa libertad de expresión, adulterada, ¿qué produce? No sólo destrucción de la veracidad, sino también desorganización del pensamiento. Claro: si desaparece el sentido de lo correcto no habrá necesidad de mentir. Podemos comprobarlo en las capas más externas (popularizadas) de la cultura. Dirigida por muñecos (no es expresión peyorativa, sólo pretende definir algo muerto con apariencia de vida y con la finalidad de distraer de lo que debería preocupar) introduce modelos sin sedimentación. Anuladas las reglas de raciocinio que los tiempos han ido cribando habrá que pensarlo todo de nuevo y volver a tropezar en las mismas piedras. Que esta es la otra cuestión, como si de una pescadilla que se muerde la cola se tratara: ¿de dónde surge su legitimidad para arrogarse el control del pensamiento y de la expresión? ¿Del sistema democrático? Pero ¿se ha seguido el proceso por el cual se gana la legitimidad y la confianza? ¿No son suficientes los escándalos que vivimos mundialmente para que se repiense todo el sistema?
¿Y qué tribunal anti-tribunal se puede establecer para evitar la inquisición informativa? Sólo cabe ejercitar y fomentar un alto nivel formativo y crítico en todos los niveles de la sociedad. No hay pastillas para la lucidez. Cuesta trabajo conseguirla, si es que se consigue. Si se inundan los medios de paja, que los buenos periodistas los inunden de agujas de oro. Y que el público decida.
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