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Arroyo Lobo


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Lo difícil es encontrar el tono, no dejarse engañar por el sonido de las palabras, las putas palabras, que como pedradas traicioneras descalabran al escritor; al autor prolijo en talentos le merman no poco de su fortuna y al menesteroso lo dejan en harapos. Las palabras son las sirenas de la literatura. Aun así, ¿cómo desprenderse de los vocablos si de ellos está hecha la invención? Ahí radica el quid y por lo mismo la gloria cabe a tan pocos. ¿Qué mérito tendría escribir una obra, si ésta se hiciera por acumulación de palabras? ¿En qué se distinguirían entonces las lecciones de un jurisconsulto de la magia de Flaubert? Sugiero una literatura sin palabras, de espacios en blanco; tal vez sea este el sueño de algún creador corroído por una ambición insana. Frente al boato verbal, el silencio; un silencio que duela como un puñetazo. Que en el texto la mierda huela, que el miedo haga al lector tentarse la ropa, que solo quepa una palabra para cada cosa y que los sinónimos perezcan ahogados en el mar del olvido.

Lo que debió sentir Teresa cuando escribió, y si es dulce el amor, no lo es la esperanza larga. El gozo que cupo a San Juan cuando dijo en verso, entréme donde no supe y quedéme no sabiendo. Y ayer, no más, lo que pasaría por el corazón del poeta al concluir, mi madre me miraba, muy fija, desde el barco, en el viaje aquel de todos a la niebla. Y el es, el fue y el seré cansado, y el endecasílabo que rescató en Ginebra un ciego que se parecía a Borges, y la espuerta de cal ya prevenida, y vivir es este desconsuelo sin alas en un desierto. Y la intelijencia, que me da el nombre exacto de las cosas. Y el poeta que va soñando caminos de la tarde, las colinas doradas, los verdes pinos, etcétera.

Respecto a si es mejor escritor el millonario en vocablos que el pedigüeño que acude a los diccionarios para aumentar su menguada cuenta verbal, o al revés, no estoy seguro, aunque sospecho que no es extraño que suceda que el autor que llevado de su facilidad siembra términos sin empacho arruine el texto antes que quien administra su poquedad. Véase la fábula de la liebre y la tortuga. Por ejemplo, Jesús Cerezo. No atesoraba más allá de un puñado de palabras, no obstante, rezumaba infinitas amarguras, dolores como navajas en reyerta, muertes súbitas al amanecer, la gangrena de un escupitajo repetido, la furia del odio vuelta contra sí mismo, la indelicada madeja de sus pesadillas, un martillazo opaco, el desvanecimiento de un reloj. Cerezo no sabía escribir, ignoraba los sinónimos, desconocía el baile de salón de la sintaxis, despreciaba las comas, huía de las tildes; sin embargo, el arma infernal de sus adentros, la fuerza incontinente de su alma, le hacían inventar idiomas, registros, silencios y párrafos. En las convulsas aflicciones de su mañana sin retorno nació Arroyo Lobo, novelisco o nobelisco, torrente de amores muertos, de soles sin carisma, de margaritas deshojadas, de viudas amanecidas, de muerte y sangre de morcilla reventada.

Cerezo era hijo de una condesa, a la que sólo le quedaba el título y la melancolía de princesa rota, y de un terrateniente sin tierras. Jesús no dudaba un segundo de su estatura narrativa, una reputación que sólo existía en su desquiciada imaginación de hombre inteligente que gustaba de no aparentarlo. Cerezo se soñaba escritor sin obra, genio sin mácula. Su único libro, Arroyo Lobo, lo daba por escrito en su imaginación caliente y torturada. ¿Gloria? La que me deben, decía con un requiebro torero a lo Manuel Machado. Viajero ya por los espacios sin sombra y sin derrota, quizá haya culminado su novela imaginaria con un golpe feliz de talento sobrevenido.

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.