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¿Cómo se inventaron los años bisiestos?


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Los años bisiestos sirven para ajustar el calendario de doce meses ajustado con el movimiento de traslación de la Tierra alrededor del Sol.

A partir de los tres años desarrollamos una memoria consciente que nos permite fijar la atención y asimilar muchas cosas que recordaremos para siempre. Quizás por eso se nos quedó grabado para siempre aquello que nos enseñaron en el parvulario de que la Tierra tarda 365 días en dar una vuelta completa alrededor del Sol, aunque en realidad ese viaje dure alrededor de 365 días y cuarto.

Después de cuatro años, ese cuarto de horas de más suman un día entero. Para ajustar el calendario, cada año bisiesto añadimos un día al mes de febrero, que pasa a tener 29 días en lugar de los 28 habituales. La historia de ese ajuste cuatrienal se remonta a la antigua Roma, cuando la gente organizaba su vida alrededor de un año de 355 días porque aquel calendario romano ancestral se basaba en los ciclos y fases de la Luna.

Como es sabido, la Luna tarda el mismo tiempo en dar una vuelta sobre sí misma (por eso mantiene siempre una cara oculta) que en cumplir una fase completa, es decir, los 27 días, 7 horas y 43 minutos que se toma para dar una vuelta completa alrededor de la Tierra, la llamada revolución sideral, una medida exacta si se considera el giro respecto al fondo estelar.

Pero como la Tierra gira alrededor del Sol al mismo tiempo, la Luna tarda un poco más en mostrarnos la misma fase. La revolución sinódica, es decir, el intervalo de tiempo que transcurre entre dos fases lunares iguales y visibles desde un mismo punto de la Tierra es de 29 días, 12 horas y 44 minutos. A este período se le llama mes sinódico, que, multiplicado por doce meses, da un año lunar de 354,3672 días.

Los romanos se dieron cuenta de que su calendario ancestral no estaba sincronizado con las estaciones. Para ponerse al día con los días faltantes y alinear el calendario romano original de 355 días con los 365 del año solar, cada dos años decidieron insertar al almanaque un mes adicional al que llamaron Insertoris o Mercedonius.

Como el ajuste no acababa de funcionar, en el año 45 a. C. el emperador Julio César impuso un calendario solar inspirado, por no decir plagiado, en otro desarrollado en Egipto. Cada cuatro años, febrero recibía un día adicional para mantener el calendario alineado con el viaje de la Tierra alrededor del Sol. En honor a Julio César, ese calendario todavía se conoce como juliano.

Pero ese no fue el último cambio. Con el paso del tiempo, los astrónomos fueron afinando y se percataron de que el viaje de la Tierra no duraba exactamente 365,25 días: en realidad, duraba 365,24219 días, que son aproximadamente once minutos menos. Por tanto, agregar un día entero cada cuatro años era en realidad una corrección un poco mayor que la estrictamente necesaria.

Así siguieron las cosas hasta que los desfases acumulados por el calendario juliano durante más de quince siglos provocaron tal desajuste en el inicio de la Pascua de Resurrección, la “Pasche celebratione”, la principal celebración cristiana, que se hizo necesario corregirlo para ajustarse al dogma católico y establecer el año litúrgico.

Con tal motivo, el papa Gregorio XIII convocó la Comisión del Calendario que debía proponer un calendario exacto y con vocación de constituirse en universal. La cincuentena de sesudos astrónomos acabó por redactar un Compendium correctionis calendarita pasche celebratione, una corrección inspirada en las Tablas alfonsíes, redactadas en el siglo XIII por iniciativa del monarca Alfonso X de Castilla, a su vez casi calcadas de las Tablas toledanas elaboradas por astrónomos árabes dos siglos antes. En el Compendium, al que muy bien se hubiera podido llamar refrito, el año solar aparecía con un valor de 365 días, 5 horas, 49 minutos y 16 segundos.

Esa medición, ampliamente difundida en Europa durante el siglo XVI, fue aceptada en 1580 como correcta por la Comisión del Calendario. Finalmente, los cambios para el nuevo almanaque quedaron recogidos en la bula Inter Gravissimas promulgada por Gregorio XIII en febrero de 1582, aunque su aplicación se pospuso prudentemente a octubre de ese año. Ese calendario es el actualmente utilizado de manera oficial en casi todo el mundo, incluida China, a pesar de que los chinos sigan usando su milenario calendario tradicional con fines exclusivamente festivos.

Por no dar una puntada sin hilo, en la bula papal se hizo un pequeño ajuste. Seguiría habiendo un año bisiesto cada cuatro años, excepto en los años “siglo” (años divisibles por 100, como 1700 o 2100) a menos que también fueran divisibles por 400. Puede sonar un poco enigmático, pero este ajuste hizo que el calendario fue aún más preciso y, a partir de ese momento, se conoció como calendario gregoriano.

Otros calendarios de todo el mundo tienen sus propias formas de contabilizar el tiempo. El calendario hebreo, que está regulado tanto por la Luna como por el Sol, es un gran rompecabezas con un ciclo de 19 años. De vez en cuando, agrega un mes bisiesto para garantizar que las celebraciones especiales se realicen en el momento adecuado a las normas de la Torá.

El calendario islámico es aún más peculiar. Sigue las fases de la Luna y no añade días extra. Dado que un año lunar tiene sólo unos 355 días de duración, las fechas clave del calendario islámico se adelantan entre 10 y 11 días cada año sobre el calendario solar. Por ejemplo, el Ramadán, el mes islámico de ayuno, cae en el noveno mes del calendario islámico. En 2024, tendrá lugar del 11 de marzo al 9 de abril, por lo que coincidirá en parte con la Semana Santa; en 2025, del 1 al 29 de marzo; y en 2026 se celebrará del 18 de febrero al 19 de marzo. En 2011, cayó en pleno mes de agosto, por lo que a las exigencias del ayuno se unieron las penalidades del calor.

La Astronomía nació como una forma de darle sentido a nuestra vida diaria, vinculando los acontecimientos que nos rodean con los fenómenos celestes. El concepto de años bisiestos es un ejemplo de cómo, desde muy antiguo, los humanos pusieron orden en condiciones que parecían caóticas.

El trabajo de los astrónomos es apasionante y también extremadamente humillante: muestra constantemente que, en el gran esquema del tiempo universal, nuestras vidas ocupan apenas un segundo en la vasta extensión del espacio y el tiempo incluso en los años bisiestos, cuando añadimos un día de más.

Unas herramientas simples, poco sofisticadas pero efectivas, nacidas de ideas creativas de los antiguos astrónomos, proporcionaron los primeros indicios para comprender la naturaleza que nos rodea. Algunos sistemas antiguos persisten hoy en día, revelando la esencia eterna de nuestra búsqueda por comprender la naturaleza, una búsqueda secular que, desgraciadamente, está llevando a su extinción.

Y es que cuando el hombre, olvidando el sello indeleble de su ínfimo origen, pasó de vivir en la naturaleza a vivir de la naturaleza, inició la historia interminable de su propia condena como especie.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.