La sonrisa amarilla de González Trevijano
- Escrito por Antonio Campuzano
- Publicado en Opinión
Después de este fin de año lleno de apoteosis parlamentaria y orgánico-judicial se aprecia, según voces generalmente autorizadas, una voluntad en la opinión pública muy tendente a la participación. Es decir, tal y como están las cosas es preferible votar a la continuación de la vida política como la guerra por otros medios.
Tanto en el Tribunal Constitucional como en el Consejo General del Poder Judicial, tanto en el Congreso como en el Senado, se puede organizar tal escenario de conflicto, tal polarización, que un bien necesario quizá sea la convocatoria de elecciones.
Pío Baroja, en sus Memorias, un catálogo de sentencias y aforismos con nombres y apellidos que es pura diversión, dice que “en un torneo donde uno de los contrincantes tiene escrúpulos y el otro no, el escrupuloso siempre pierde”.
Hasta en el nivel de aceptación de la definición, tal y como están las cosas, habría divergencia y polarización. Pero en todo el circo expositivo de las renovaciones de tribunales y órganos de gobierno de los jueces, parece indiscutible que el galardón máximo en la competición de falta de escrúpulos le corresponde a Pedro González Trevijano, presidente del Tribunal Constitucional, quien hace todo lo posible por perpetuarse en el cargo, con un sueldo bruto anual de 160 mil euros, lo que le permite lucir y exhibir al mismo tiempo una sonrisa aparentemente institucional cuando no se valiese para ello de una acreditación de trampa y ventaja estudiada con una gran sagacidad.
Ese alejamiento tan desproporcionado de su retribución del SMI (salario mínimo interprofesional, por sus siglas en español) podría ser neutralizado si gozase del mismo recién elegido para tal responsabilidad, pero cuando hace todo lo que está en su mano para que ese goce exceda en el tiempo cuanto sea preciso para continuar en el disfrute de un salario tan poco ecuánime con su circundante realidad de legitimación, entonces cabe hablar de la calidad de la grosería.
“La justicia balancea misteriosamente el poder”, dice Stefan Zweig, en “Impaciencia del corazón”, pero el asunto expande su melancolía de problema cuando se conoce que el presidente Trevijano fue propuesto por el Partido Popular en su momento álgido de la exaltación al cargo, y esa redundancia en su conformidad sigue siendo atesorada por la dirección popular.
Feijóo apoya e impulsa los recursos ante el Tribunal Constitucional contra las reformas del Código Penal y los procedimientos de renovación del mismo tribunal sin ejercer el derecho a rechistar por la presencia al frente de ese tribunal de un jurista que tiene reconocido su prestigio, pero también tiene acreditado un esfuerzo por atrincherarse para servir, quiera o no quiera reconocerlo, los intereses muy concretos en estos momentos del Partido Popular, amén de su privilegiada posición salarial.
Empieza pues a entenderse el ansia por la visita a las urnas de grandes sectores de la masa de votantes. En 1995, la agitación fue tan vigorosa, con la reclamación de urnas como principal propósito de una extraordinaria plataforma mediática conocida como “sindicato del crimen”, varios de cuyos miembros luego reconocieron los excesos de tal modo que se apartaron del periodismo como tributo a la veracidad para entregarse a la política como posibilidad de acercamiento al poder y la acción de cancelación del contrario.
Algunos de aquellos sindicados siguen en la idea de la reedición de aquel aquelarre. Aquel capítulo del discurso histórico contemporáneo parece estar siendo activado con los mismos ejercicios y sesiones de entrenamiento funcional y de fuerza.
La “patología anti democrática” de la que habla la ministra de Justicia, Pilar Llop, se adorna del disfrute de la ventaja que se inmortaliza en las imágenes del presidente Trevijano en actos de coincidencia con el presidente del ejecutivo Pedro Sánchez, donde el primero exporta la sonrisa en medio de la seriedad reinante, en recuerdo de lo dicho por Umbral, en “Mortal y rosa”, “sonrisas amarillas de enfermos incurables”.
Antonio Campuzano
Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.