Ángel Llorca: los niños y el movimiento obrero
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Tribuna Libre
Ángel Llorca (1866-1942) es un personaje imprescindible en la Historia de la educación de este país, al que dedica todos sus esfuerzos la Fundación que lleva su nombre. Llorca merece que la sociedad española conozca más y mejor su legado por la renovación pedagógica, en su defensa de la escuela pública y por el interés que demostró por los niños y niñas de familias desfavorecidas para que pudieran acceder a la educación. Un intenso humanista fue Llorca y desde el pasado nos estimula en la tarea de seguir considerando la necesidad del poder transformador de la escuela en estos tiempos tan convulsos para la educación con problemas nuevos y con dificultades heredadas del pasado.
Hoy queremos acordarnos de un texto suyo que fue un encargo que le hicieron los socialistas para el número del primero de mayo de 1927 en El Socialista. Se trataría de una llamada de atención al movimiento obrero para que dedicara atención a los niños.
El maestro quería que en el primero de mayo nos acordáramos del niño porque en el mismo residían todas las posibilidades, “incluso la de los hombres”. Se preguntaba cómo sería el mundo si hace treinta y siete se hubiera procedido pensando en los niños, aludiendo al primer primero de mayo en la Historia. En ese momento se había proclamado: “Trabajadores de todo el mundo, uníos”. Eso estaba bien, siempre según su opinión, pero sin entrar en contradicción con esa frase bien podía haber sido de otra forma, es decir, “Trabajadores de todo el mundo, acordaos de los niños”.
Llorca consideraba que se hiciera lo que se hiciese, la felicidad del hombre, tomado como tal, siempre sería problemática, pero con “inteligencia, corazón y dinero” la felicidad del niño podía ser una realidad.
Así pues, suponiéndose que en las banderas del primer primero de mayo se hubiera escrito, “¡Por la felicidad del niño!”, y que se hubieran encontrado medios adecuados para la consecución de este objetivo, al menos una parte de los que ahora habían dejado de ser niños habría tenido años de dicha. Y eso, indudablemente, habría influido en el mundo.
¿Y en qué se cifraba esa felicidad?, pues en el libre ejercicio de su actividad creadora. Esa posibilidad estaba condicionada por la formación en un ambiente adecuado, esto es higiene y si fallaba acción de la medicina, belleza, “disposición inteligente y bien estudiada de las cosas que cada niño pueda necesitar en cada momento”.
Pero nuestro maestro quería ser optimista. Lo que no se había realizado en el pasado podía emprenderse en el presente, y por eso había que escribir en las banderas lo que había expresado sobre la felicidad del niño.
Proclamado esto, había que ponerse a la tarea porque millones de niños esperaban “el día de su redención”.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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