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Somos revolucionarios, librepensadores, queremos la república y la federación


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Con esta frase se empezaba una columna (“¡Cuándo se nos entenderá!”) en El Socialista (2 de noviembre de 1900), y nos parece un ejercicio interesantísimo en relación con la izquierda. Vamos a glosar el texto y siempre con un afán pedagógico. Algunas cuestiones podrían ser de hoy, otras quizás no o serían matizables.

Los socialistas querrían renovar por entero la base del régimen económico, trabajando por una muy honda transformación de la esencia de las relaciones sociales, buscando con el cambio de la forma de la propiedad la transformación del egoísmo en un sistema armónico de los intereses de los seres humanos. Eso era ya ser revolucionario.

Cierto era que ese trabajo se debía hacer dentro de los medios legales. Había que sacar de los medios legales todo lo podrían dar, pero los socialistas del cambio de siglo no renunciaban a la revolución si las vías pacíficas se obstruían.

Pero la revolución estaría más en las ideas que en el método, en el programa, no en los procedimientos, en preparar los elementos para la transformación social, y eso era ser revolucionario. Se buscaba la república, pero la república social, aunque los socialistas ayudarían a la implantación de una república burguesa.

Los socialistas estimaban que era contrario a la libertad y al bienestar de unos la dominación de otros. Había que luchar por ver al hombre libre de todas las tiranías, la del rey, la del magistrado, la del sacerdote, la del patrono. Todos debían administrar el fruto de su trabajo.

Los socialistas querrían la completa autonomía del individuo y de sus distintas agrupaciones. Y eso era ser federal. Los socialistas practicaban el federalismo desde siempre, porque su estructura organizativa lo era. La federación, por fin, sería la forma más racional de organización de las naciones.

Los socialistas eran librepensadores porque la religión era un asunto privado, porque había que trabajar por la separación de la Iglesia y el Estado, y hasta debían ser confiscados los bienes de aquella. El sacerdote debía vivir del óbolo de los fieles, o lo que es lo mismo, en un lenguaje actual, que la Iglesia fuera financiada directamente por los fieles. Pero, además, aquellos socialistas afirmaban que en el futuro, al no considerarse el culto como una función productiva, el sacerdote debía de unir su esfuerzo a la obra común, y después dedicarse a las funciones religiosas.

En realidad, este canto sobre el carácter revolucionario era una defensa ante la crítica a los que fomentaban las insurrecciones y gritaban mucho con ardor guerrero, y, seguramente, contra los anarquistas.

En todo caso, dejamos estas reflexiones de hace 125 años; algunas son muy actuales, o así lo creemos.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 

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