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Luis Araquistáin: socialismo y democracia


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Luis Araquistáin arremeteió en el verano de 1914, en una conferencia en Eibar, contra los que hablaban de la bancarrota del socialismo, y como consecuencia, realizó una defensa de la democracia social.

Decir que el socialismo se encontraba en crisis se debía a una especie de espejismo psicológico. Cuando la gente se encaraba con una teoría social que le prometía algo más que los programas políticos al uso, se imaginaba que la nueva doctrina iba a traer el bien absoluto en un plazo corto de tiempo.

Eso se debía a que el hombre carecería, por lo general, de comprensión histórica. Pero junto a este factor psicológico habría otras circunstancias más reales que habrían desvanecido lo que había habido de utópico en el socialismo moderno. Se habría visto que la evolución capitalista no iba a completarse para 1880 como creyeron personajes tan relevantes como Engels o Bebel. Se había comprobado también que el proletariado no podía conquistar el poder político con la rapidez pensada en los momentos primeros de la participación del socialismo en el parlamentarismo.

En este sentido, aparecieron varios peligros de la “atmósfera parlamentaria”. Araquistáin se refería al hecho de hubo socialistas que se habían pasado al “enemigo”, y también a que otros se habían entibiado en esa atmósfera institucional frente a la que habían respirado cuando vivían en la sociedad obrera.

Esto último se habría producido, siempre según nuestro autor, tanto por un factor psicológico como por otro relacionado con el hecho de que un mayor conocimiento de la realidad terminaba por convertir a los hombres en más reflexivos y cautos. Parecía que resucitaba el viejo dogma anarquista de que políticamente las sociedades no podían ser reformadas. En todo caso, esa idea anarquista se había encarnado a través del sindicalismo.

Pero lo que distinguía al socialismo del sindicalismo era una cuestión de principios y no de formas de organización económica. Araquistáin era muy duro con los sindicalistas y los anarquistas, a los que consideraba “simples de espíritu”, pero que, sobre todo, se caracterizarían por no ser demócratas o por no tener paciencia para llegar a la democracia.

El socialismo, y recuperaba lo anteriormente explicado, no dependía de la desafección de algunos de sus miembros ni por la tibieza de otros, ni de que algunos ensayos de municipalización y nacionalización hubieran fracasado o que hasta triunfando económicamente, habían terminado por ser opresivos para los obreros (¿estaba vaticinando lo que en poco tiempo iba a ocurrir a partir de la Revolución de Octubre?).

El socialismo solamente dependía del pueblo, de la mayoría de una sociedad porque era una doctrina democrática. Cuando se hablaba de socialismo los socialistas no podían pensar mas que en un socialismo democrático, y no con eso que consideraba una caricatura, y que se denominaba como socialismo de Estado (¿otra premonición del caso ruso?). En realidad, más que socialismo democrático se trataría de democracia socialista.

Araquistáin defendía que había que anteponer el concepto de democracia al de socialismo. Un socialismo antidemocrático, es decir, un régimen económico en que los instrumentos de producción y cambio estuvieran en manos de un gobierno tiránico, sería infinitamente peor que una democracia individualista.

Los socialistas no querían ni lo uno ni lo otro, sino una democracia socialista. La democracia como se había entendido históricamente no bastaba para desterrar la desigualdad económica y para permitir que la personalidad humana pudiera desenvolverse libremente, que sería el fin supremo del socialismo.

Democracia social significaba no sólo que los instrumentos de producción y de cambio pasasen a manos del Estado, sino que el pueblo pudiera ejercer una acción lo más directamente posible sobre su organización y funcionamiento.

Desde ese punto de vista convenía que en una democracia socialista estuvieran centralizados el menor número posible de servicios.

Ciertamente, los principales o estratégicos debían centralizarse, pero el resto de la vida económica debía estar descentralizada, en manos de las regiones, provincias y municipios.

Así pues, en este sentido, la base de la democracia social pasaba por el municipio porque era la institución más vinculada al pueblo, y donde el gobierno era casi directo. Introduciéndose las fórmulas del referéndum y de la iniciativa los municipios se podían convertir en verdaderas escuelas de democracia para enseñar la técnica socialista para luego hacerla extensiva a los organismos superiores.

El socialismo no dependería del cambio de un sistema de gobierno ni de la eliminación de uno o varios partidos políticos. Antes había que hacer demócratas socialistas y técnicos, los primeros para que votaran por el socialismo y los segundos para que garantizasen su triunfo.

Algo intensamente sugerente de este artículo es que, en realidad, estaba contraponiendo el socialismo democrático con el que muy pronto se iba a poner en marcha en Rusia, pero no olvidemos que la conferencia se dio tres años antes de la Revolución de Octubre.

--Nuestra fuente ha sido el número del 24 de julio de 1914 de El Socialista.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 

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