Heráclito. XV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Llegados a este punto, convine que tengamos muy presentes, a los llamados “maestros de la sospecha”. Marx, que desveló como falsa conciencia, la ideología burguesa; Nietzsche, que desenmascaró los falsos valores, de la metafísica tradicional; Freud, que destapó los disfraces, de las pulsiones inconscientes. Esta triple crítica puso en cuestión, los ideales de la razón ilustrada y, preparó el camino, para una nueva hermeneútica, que cuestiona la noción misma de “sentido”, en función de los condicionamientos históricos, morales y psicológicos del intérprete… También para Kant, la filosofía tenía un cometido esencialmente “crítico” y, su deber consistía en eliminar, “la ilusión producida por un malentendido, aunque esto suponga la pérdida, de preciados y queridos errores, sean cuantos sean”.
En consecuencia, se trata de mantener alejado, todo lo que pueda dificultar la comprensión de la tradición, desde ella misma, puesto que son los prejuicios no percibidos, los que, con su dominio, nos vuelven sordos hacia la cosa, de que nos habla la tradición. (Nótese la similitud, con la denuncia de los “ídolos” que ca Bacon, en el “Novum Organum”, concretamente en la “pars destruen” del método. Los ídolos son los errores o prejuicios, que hay que evitar cuando se hace ciencia, pues que dificultan el acceso del entendimiento a la verdad. Estos pueden emanar de la naturaleza humana (“idola tribus”); de la naturaleza del individuo (“idola specus”), donde se cita la contraposición que hace Heráclito, entre el “mundo propio” y el “mundo común”; de la comunicación entre humanos (“idola fori”); o de la excesiva servidumbre, respecto a la tradición (“idola theatri”). En esto consiste la concreción, de la conciencia histórica, presente en el proceso del comprender.
“Mucho antes de que nos comprendamos a nosotros mismos por la reflexión, nos estamos comprendiendo de uno modo autoevidente, en la realidad histórica en que vivimos” (Hans-Georg Gadamer, “Verdad y método”).
Lo que queda claro, por tanto, es que las pretensiones psicológicas, de alcanzar la coexistencia atemporal, entre el intérprete y lo interpretado, no es posible. La propia temporalidad, es productora de sentido y, permite tamizar los prejuicios positivos de los negativos, durante el proceso de la comprensión. Como se ha dicho, no es la historia, la que nos pertenece a nosotros, sino que somos nosotros, los que “pertenecemos” a la historia.
Pues eso
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.