El primer “Ochomil”. “El Annapurna”. El precio de la conquista. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Fue Louis Lachenal, el que interrumpió el hechizo de aquellos instantes de gloria, en la cima del Annapurna. Su sólido pragmatismo, contrarrestando el derroche de íntima exaltación de su compañero (Herzog), le advertía que cada segundo que pasaban en la cima, ponía en peligro sus vidas. Había que descender de inmediato y, cuanto más aprisa mejor. Era la reacción del montañero que conoce su reino. Y para cuando el alpinista de Lyon (Herzog) quiso darse cuenta, el guía de Chamonix (Lachenal) le sacaba ya una considerable distancia, destrepando el corredor a toda velocidad.
Herzog se lanzó en su persecución. Avanzaba con escasa noción del tiempo, sometido a los perniciosos efectos de la altitud. En un momento dado se detuvo, con la intención de abrir la mochila, nunca recordaría para qué. Se quitó los guantes y los colocó sobre la nieve. De pronto, éstos empezaron a deslizarse pendiente abajo muy lentamente. En circunstancia normales, no habría tenido ninguna dificultad, para agacharse y recogerlos. Pero aquellas no eran circunstancias normales. “El movimiento de los guantes, se inscribía en mis ojos como algo ineluctable, definitivo, contra lo cual no podía hacer nada”. Impotencia y embotamiento de la mente. El mal de montaña se cobraba su tributo. El infortunado escalador, ni siquiera pensó en que llevaba en su mochila unos gruesos calcetines de repuesto, con los cuales hubiera podido proteger sus desnudas manos, del atroz frío reinante. Simplemente reanudó su descenso en pos de Lachenal con movimientos automáticos, producto de un hábito adquirido y, largamente trabajado.
Con la visibilidad reducida a unos cuantos metros a su alrededor, el que tanto uno como otro, fueran capaces de orientarse, en medio del inmenso, uniforme y blanco vacío, se debió a su excelente oficio de montañeros. En el campamento V, junto a su tienda y encarada con ella, había otra más. Lionel Terray y Gastón Rebuffat habían subido, para forzar a su vez el asalto a la cumbre y, les estaban esperando con cierta inquietud. Una inquietud que se transformó en alarma, cunado Terray estrecho la mano del vencedor del Annapurna, loco de alegría por la noticia y, se percató de que sus dedos, estaba duros como la madera. Lachenal, por su parte, suplicaba que le llevaran abajo rápidamente, para que el doctor Oudot le auxiliase. Sentía que sus pies estaban helados y, tenía terror a sufrir amputaciones. Pero la noche ya estaba encima, la niebla no cedía y, empezaba a soplar un viento helado. Los cuatro comprendieron que nada se podía hacer hasta la mañana siguiente.
Pasaron la noche prácticamente en vela y, con el corazón oprimido. Dándose perfectamente cuenta de la gravedad de la situación, Terray friccionaba y fustigaba con un cabo de cuerda, los pies y las manos de su amigo y compañero, de tantas escaladas en los Alpes, mientras Rebuffat hacía lo propio en la tienda contigua, con las manos de Herzog. Éste tenía también los pies hinchados y presentaban mal aspecto. Fuera se puso a nevar y la tempestad arreció. ¡Que fácil hubiera sido ceder al agotamiento y, abandonarse al sueño eterno! Sólo la voluntad de sobrevivir podía servirles en aquel trance y, los cuatro lo sabían.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.