El primer “ochomil”. Antecedentes. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
¿Por qué un hombre de la condición de Horace Bénédict de Saussure, quería ir, en contra de toda lógica, hasta la cima del Mont Blanc, asumiendo todo tipo de peligros desconocidos? Pero por si esto no bastara, escalar una montaña significaba adoptar los hábitos del campesino, andar, sudar y fatigarse… algo totalmente impropio de un hombre educado, culto y tocado con peluca.
Había un único y a la par elegante modo de salir del atolladero. Y ese modo era la ciencia. Sólo el empeño científico, podía justificar el despropósito de ir al Mont Blanc, eliminando la barrera de los convencionalismos al uso. En 1760, cuando Saussure proclamó sus intenciones de leer el barómetro y, experimentar sobre la ebullición del agua en la cima de ”su” montaña, la composición de la atmósfera era aún un enigma. Faltaban 17 años para que Lavoisier, padre de la química moderna, creara los términos de “oxigeno” y “nitrógeno”, con los que hoy designamos el aire respirable y no respirable respectivamente, estableciendo, de paso, sus proporciones. Las leyes generales de los gases estaban aún sin formular y, el descenso de la presión con la altitud, era un fenómeno pendiente de explicación.
Mas durante años y, a pesar de la recompensa prometida, nadie se atrevió a realizar una tentativa. La idea de penetrar en aquel mundo de hielos triturados y, posibles dragones ocultos en sus anfractuosidades, era demasiado nueva y revolucionaria. El tiempo fue pasando y, el sabio de Ginebra, sin desmayar por ello, volvía un verano tras otro a Chamonix, a reitera sus veladas declaraciones de amor, a la altiva reina de los Alpes. “Mi cabeza está tan llena de mi proyecto, que es una fatiga”.
Comprenderemos mejor esta angustia espiritual de Saussure, si pensamos que tuvo que aguardar 15 años, para que un primer intento serio de ascensión, avivara la llama de la esperanza. En 1775, cuatro guías del valle, vivaquearon en el espolón rocoso, conocido como la Montagne de la Côte, para lanzarse, al día siguiente, sobre las nieves de la Jonction. Eran hombres fuertes y decididos, pero se enfrentaban a dificultades glaciares, de las cuales no existía, precedentes. Las enormes grietas, las cascadas de séracs – bloques de hielo informes y amontonados -, los frágiles puentes de nieve y, los azules abismos, eran obstáculos capaces de poner los pelos de punta al más valeroso, con sólo verlos de cerca. Por este motivo sorprende, que fueran capaces de llegar hasta los 3.900 metros de altitud del Grand Plateau y, que únicamente renunciaran a seguir más arriba, tras calcular las horas de luz, que necesitaba para regresar al valle. Una vieja superstición insistía en que, cualquier ser humano que pasara la noche en un glaciar a gran altura, podía darse por muerto. Los 4 guías llegaron a Chamonix a las once de la noche, física y psicológicamente reventados, para declarar, mas asustados que convencidos, que escalar el Mont Blanc era imposible. Saussure extrajo, como conclusión, que el problema principal estribaba, en tener que hacer toda la ascensión en un día, “ya que los lugareños no quieren arriesgarse, a pernoctar entre los hielos”.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.