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El tiempo sólo podía avanzar


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

“La Historia del tiempo: Del Big Bang a los agujeros negros”, llevó a su autor, el cosmólogo de Cambridge Stephen Hawking, más de cinco años de trabajo. Y, desde entonces, su nombre está especialmente unido, de manera indisoluble, al de los “agujeros negros”.

Esta idea data de finales de los años sesenta. Se consideraba que eran objetos, los agujeros, de una densidad extrema, que habían resultado de un estadio de la evolución estelar, en la que un cuerpo de grandes dimensiones, se contrae por acción de la gravedad, hasta el punto de que nada, ni siquiera la luz, puede escapar de sus confines. El descubrimiento de los púlsares, los cuásares, las estrellas de neutrones, la radiación de fondo, en los pasados años sesenta, amplió de forma considerable, nuestro entendimiento acerca de este proceso, amén de hacerlo más real que simplemente teórico.

Hawking, junto con Roger Penrose, otro brillante físico, que pertenecía entonces al Birkbeck College de Londres, dedujeron que en el centro de cada agujero negro, al igual que en el principio del universo, debía de haber una “singularidad”, un momento en que la materia, tuviese una densidad infinita, y un tamaño infinitamente pequeño, y en el que las leyes de la física que conocemos, no fuesen efectivas. Hawking añadió a esta observación, la idea revolucionaria de que los agujeros negros, podrían emitir radiación (idea que sería conocida como “radiación de Hawking”) y, bajo ciertas condiciones, explotar. Debía ser posible detectar rayos X procedentes del espacio, mediante satélites que fueran más allá de la atmósfera, que es la que los elimina.

El razonamiento de Hawking, estaba basado en cálculos, que mostraban que la materia, al ser absorbida por un agujero negro, se calienta hasta el punto de emitir rayos X. Y estaba en lo cierto. Más tarde, se identificaron cuatro fuentes de rayos X, en una exploración del firmamento, que se convirtieron, por lo tanto, en los primeros candidatos a convertirse en agujeros negros, susceptibles de observación. Los cálculos posteriores de Hawking dieron a entender que, en contra de sus primeras ideas, los agujeros negros no permanecían estables, sino que perdían energía en forma de gravedad, se encogían, y por último, tras billones de años, explotaban, lo que quizá explicaba, los estallidos ocasionales de energía ocurridos en el universo, y para los que no se había propuesto, razón alguna.

En los años setenta, Hawking aceptó una invitación pata visitar El Caltech (Instituto de Tecnología de California) donde conoció a Richard Feynman, y tuvo oportunidad de consultar con él, algunas cuestiones. Recordemos que Feynman, era toda una autoridad en teoría cuántica, y Hawking aprovechó el encuentro, para desarrollar una explicación de los orígenes del universo. Se trataba de una teoría que desveló en 1981, nada menos que en el Vaticano. La intención, era la de explicar qué debía suceder, cuando un agujero negro encogía, hasta el punto de desaparecer, pero existía un hecho inquietante: según la teoría cuántica, la longitud teórica más pequeña es la “longitud Planck”, derivada de de la “constante de Planck”, que equivale a 10 elevado a menos 35 metros. Una vez que un cuerpo alcanza ese tamaño (que, a pesar de ser diminuto, no equivale a cero) no puede seguir encogiendo, sólo desaparecer por completo. De igual manera, el “tiempo de Planck” es, por la misma razón, 10 elevado a menos 43 segundos, de manera que cuando el universo comenzó su existencia, no pudo hacerlo en un tiempo inferior a éste.

Hawking resolvió esta anomalía, por un proceso que puede entenderse mejor, mediante una analogía. Hawking nos pide que aceptemos que, tal como dijo Einstein, el espacio tiempo es una realidad curva, como la superficie de un globo o de la tierra. Se trata tan solo, no lo olvidemos, de una analogía. Hawking observa, de igual manera, que el universo era en un primer momento, como un pequeño círculo trazado alrededor de, digamos, el Polo Norte. A medida que se expande, las líneas de latitud van ganado terreno, hasta que llegan al ecuador y, entonces, empiezan a encogerse hasta alcanzar el Polo Sur, lo que él llamo “el gran crujido”. Sin embargo, y aquí es cuando resulta más útil la analogía, si nos hallamos en el Polo Sur, el único lugar al que podemos trasladarnos, será siempre el norte: las leyes de la geometría, nos indican que no puede ser de otro modo. Hawking nos pide entonces, que aceptemos que en el surgimiento del universo, ocurrió algo semejante: al igual que en el Polo Sur no existe el sur, en la singularidad del universo no existía el antes: el tiempo sólo podía avanzar.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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