Pero tenemos que intentarlo
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Una de las cosas que siempre me impidió, identificarme absolutamente con los filósofos marxistas serios – con los simples activistas de dicha ideología ni te cuento – fue su típico y permanente desaliento, cuando se enfrentaban con la realidad de un capitalismo, que pisoteaba todo tipo de políticas igualitarias y solidarias.
Varios fueron los factores, que me empujaron a realizar mi licenciatura en Historia Contemporánea. Pero uno de ellos, fue la necesidad que sentía de tener argumentos sólidos, que apoyaran mi instinto optimista, mi sensación de que quizá, no estuviéramos tan mal como creíamos.
Muchos de mis mentores intelectuales favoritos, son o fueron, optimistas. Quizá por eso son “favoritos”. Un ejemplo claro podemos encontrarlo en Jürgen Habermas, que siempre ha encontrado razones para mantenerse optimista y ambicioso, con respecto a la posibilidad de un cambio político. Su labor puede considerarse como una respuesta heroicamente optimista, a la obra pesimista de sus predecesores, y al “zeitgeist” (espíritu del tiempo) prevaleciente en Europa.
Habermas ha invertido una porción significativa de su carrera como intelectual, en escribir libros que identifican las condiciones que mejor propician la autonomía individual, proporcionándole así al individuo la capacidad de resistir la naturaleza homogeneizadora del capitalismo, y los efectos corrosivos de la administración estatal. Mientras que para Adorno y Horkheimer, la emancipación estaba indisolublemente unida, a la negativa a adaptarse a la realidad social existente, Habermas siguió albergando la extraordinaria esperanza de que la realidad social, se pudiera cambiar mediante la creación de instituciones verdaderamente democráticas, que pudieran resistir los efectos corrosivos del capitalismo.
Es cierto que a día de hoy hemos dejado atrás, las inmensas tragedias de los años treinta del pasado siglo. Incluso parece que estamos saliendo, de la gran crisis económica y social de los inicios de éste. Pero también lo es que actualmente, en Europa y EE.UU. parece iniciarse una era en la que el compromiso con la democracia, se está diluyendo. La noción de una esfera pública floreciente, parecería pertenecer hoy, a los dulces sueños de un optimista enajenado.
Escribía Habermas: “Por supuesto hay razones para sentirse alarmado. Hoy muchos se sienten intimidados, por la creciente complejidad de la sociedad, la cual atrapa al individuo en contextos cada vez más densos de acción y comunicación. En este sentido, la noción de que los ciudadanos de una comunidad política, aún pueden ejercer una influencia colectiva sobre su destino social, a través del proceso democrático, está siendo denunciada por algunos intelectuales, como un error heredado de la Ilustración. La confianza liberal en la idea de una vida autónoma, se ha visto reducida a la libertad de acción individual de consumidores, que viven aprovechándose, gota a gota, de estructuras de oportunidad contingentes”.
Habermas – un hombre al que se la acaba el tiempo, va a cumplir 89 años – un modernista utópico viviendo en una distopia posmoderna, pero también el más comprometido de los intelectuales europeos, replicó en una entrevista: “Si he preservado algún pequeño jirón de utopía, ese ha sido la idea de que la democracia – y su lucha pública por lograr su mejor forma – pudiera cortar el nudo gordiano representado por unos problemas, que de otra manera serían insolubles. No digo que vayamos a lograrlo; ni siquiera sé si tal cosa es realmente posible. Pero tenemos que intentarlo, precisamente porque no lo sabemos”.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.