Carmen Romero. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
No creo que sea excesivo atrevimiento por mi parte, decir que llegué a ser buen amigo de Carmen Romero. La conocí bastante bien, los años en que fui Secretario de Administración y Finanzas de la CEF del PSOE. La veía y charlaba con ella en los actos del partido. Pero especialmente, el día en que cada año venía a mi despacho, primero en Santa Engracia y luego en Ferraz, para que le hiciéramos la declaración de la renta. Entonces, mientras mi equipo se dedicaba a ello, los dos en mi despacho, tête-à-tête, hablábamos mucho rato, no de política, sino esencialmente de literatura. Y llegamos a congeniar muy bien, tanto que un par de veces (una con mi esposa Marita) me invitó a comer en la Moncloa. Es una mujer excepcional y la quiero mucho, auque ya hace años que no nos vemos. Durante su cáncer de mama, me interesé, casi a diario, de cómo iba la cosa, mediante llamadas a terceros próximos a ella.
A Carmen le atosigaba la Moncloa, se sentía como una princesa encerrada en su castillo. Así que un día, para ser simplemente Carmen, sin atributos de poder, huyó a Italia (Florencia) unos días, como hacían los nobles asténicos del siglo XIX. Huyó para estudiar, para tomarse en serio la literatura y, no perderla en la palabrería de la bodeguilla, ni en las tertulias de los escritores, que le regalaban novelas para el presidente y, que preferían mil veces jugar al billar con él, que debatir sobre la figura de Max Aub con ella. Fue a Italia a reencontrarse con las letras sin ruido y la lectura sin interrupciones. Tomó algunas clases de filología, que allí llamaban “italianística”, paseaba por las calles, sin tener que preocuparse de la escolta y, cuando se hartaba de los turistas en el puente del Arno, o se aburría de los cuadros de los Uffizi, se sentaba a leer en el Giardino del Simplici de la universidad.
Fue en un banco de aquel parque, donde charló con la profesora Dolfi, que andaba intrigada por esa alumna españolo de 41 años, tan sonriente y curiosa, que no dejaba de reclamar lecturas. A Carmen le encantaba esa filóloga dos años menor que ella – aunque parecía mayor, quizá por su peinado de señora, tan conservador al lado de la melena progre de Carmen – y encarrilaba ya una carrera académica impresionante, la que le habría gustado hacer a ella, si a su marido no se le hubiese dado tan bien la suya, en la política. Voy a echar mucho de menos todo esto, dijo Dolfi, tras un rato de charla insustancial. A Carmen eso le tomó por sorpresa y preguntó. El curso que viene estaré en Trento – contestó Dolfi – he sacado una plaza allí. Aquí no hay sitio para mí, ya ves. Soy florentina hasta el tuétano, nací aquí, he estudiado en esta universidad y no conozco otro sitio, pero para ser catedrática, me tengo que ir al norte. Carmen respondió que ella también lo echaría de menos, no soy florentina, nací en Sevilla, pero cuando vuelva a España, me acordaré mucho de estos jardines y de estas tardes.
¿Qué estás leyendo? preguntó Dolfi ¿puedo verlo? Estoy releyendo un libro que me traje de España “Le donne muoiono”, de Anna Banti. ¡Banti Ay, pobre – le dijo Dolfi – murió hace poco, muy viejecita, cerca de aquí, por la zona de Carrara, vivía junto al mar. No la conocí apenas nada ¿te gusta el libro? Me fascina, le contestó Carmen. Esta teoría de que las mujeres no tienen memoria, quiero decir, que no tienen segunda memoria, como los hombres, me parece muy sugerente. Los hombres recuerdan lo que hicieron otros hombres. Pero las mujeres estamos empezando siempre de cero, no recordamos lo que otras hicieron.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.