La ética cotidiana. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
En efecto, siguiendo con lo que decíamos, en la primera parte de esta reflexión, cuanto más el espíritu, la mente, goza de su potencia, que es la razón, mejor ejerce su inteligencia y, más control y poder, tiene sobres sus pasiones, padeciendo menos afecciones malas.
Cuanta más potencia tenga la mente, mejor alcanzará el estadio supremo de la vida humana, la sabiduría. Llega así, a contener fácilmente y sin excesivo esfuerzo, todas sus pasiones, actuando siempre por amor, dentro del campo de la virtud y, vive, de este modo, en la felicidad absoluta.
Aquel que alcanza la sabiduría, no se retira, sin embargo, del mundo. No se refugia tampoco, en una pura contemplación. Al contario, goza de su felicidad, tanto más, cuanto más se compromete activamente con el mundo, realizando de la mejor manera sus deseos, sin estar incordiado por sus pasiones, en una creatividad y autonomía completas, mediante el sereno ejercicio de su potencia de ser, de gozar y actuar, siempre de acuerdo con él mismo y con el mundo. Sin ser necesariamente sabio, potente o rico, vive como un rey o una reina.
La reducción de las pasiones libera, en efecto, nuestra energía vital al súmmum de su potencia, en el sentido del cultivo de la mayor dicha. El sabio alcanza así, el apogeo de la vida más elevada y más deseable, creando la existencia más bella y luminosa posible para él, en cada instante, en el espacio y el tiempo, que le son propios. Se consagra necesariamente, a ayudar a los otros para que desarrollen su razón y su felicidad, sin esperar nada a cambio, por pura generosidad, como un árbol da sus frutos más sabrosos.
Comprendemos así claramente la excelencia del sabio y, su superioridad sobre el ignorante. Únicamente conducido por sus pasiones, el ignorante se agita en mil sentidos diferentes, empujado por causa exteriores y, no posee jamás, la verdadera paz de espíritu. Viviendo en el olvido de sí mismo y de todas las cosas, no conoce ninguna verdadera alegría y, pasa, por así decirlo, al lado de su propia vida.
Al contrario, el espíritu del sabio, vive prácticamente sin conocer turbación alguna y. eso sea lo que sea lo que llegue, tanto lo peor como lo mejor. Poseyendo, por una especie de necesidad eterna, la conciencia de sí mismo, de la Vida y de las cosas, no cesa jamás de ser libre y activo y, goza en permanencia, de la más profunda serenidad y de la máxima dicha, o dicho de otra forma, de la más perfecta felicidad.
Esta vía que hemos descrito, para alcanzar progresivamente la felicidad, puede parecernos larga y difícil. Pero en realidad, es cómoda de recorrer. No demanda grandes esfuerzos, ni dones particulares. Únicamente una firme motivación, coraje y determinación. La motivación de buscar su felicidad, por el despertar de su razón. El coraje de pensar la verdad, por la comprensión de la naturaleza. La determinación de realizar sus deseos, por la práctica de las virtudes.
La alegría de ser libres, puede ser así experimentada por todos, a cada instante. La felicidad de amar, puede ser saboreada por cada uno en relación con todos, en todos los lugares.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.