Francisco (Paco) Alonso Rubio
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Mi padre tenía un carácter fuerte y especial, que destacaba en una familia plena de caracteres duros y complejos. Contaba mi madre (Caridad Sarmiento Porcel), que cuando fueron a Madrid después de su boda, para conocer a su suegra, lo primero que le dijo ésta fue: ¡Oh hija mía, te has llevado al peor de todos! Por supuesto mi abuela, no había expresado una valoración moral. Se debía referir a algo más complejo.
Mi padre no hablaba mucho, especialmente sobre sí mismo. Y si le preguntabas algo referente a su intimidad, solía responder con un chiste o un refrán, o contestando de forma, que lo de valor que hubiera en la respuesta, quedara muy minimizado. Parecía educado a la antigua usanza inglesa, en la que era de mala educación, expresar los sentimientos en público. Nunca abrazaba ni besaba ni acariciaba, en presencia de otros. Cuando murió mi abuela, su madre, se encerró dos días enteros en su dormitorio, para que el resto de la familia, no pudiéramos contemplar sus lágrimas y su ánimo abatido. Éramos los demás, los que teníamos que adivinar, que nos amaba, y mucho.
De los diez hermanos, fue el único que de jovencito, se fue a estudiar al extranjero, a Lyon, en 1926 con 18 años. Él decía que para versarse sobre el curtido de pieles, negocio al que acabarían dedicados todos los hermanos. Y regresó hablando y leyendo perfectamente en francés. Así que en casa todos hablaban francés. Mi abuela Porcel porque era el idioma de su madre (Marie Boucher), mi madre porque era la lengua que aprendió de niña, y mi padre por lo dicho. Pero no sé bien porque, ese viaje de mi padre a Lyon, siempre me pareció una huida, fracasada, del empleo de industrial o comerciante del calzado, que le esperaba.
Durante nuestra incivil guerra, mi padre ingresó en el Ejército de la República, directamente con el grado de teniente. Él siempre contaba, que en la escuela de San Miguel, había aprendido hasta la regla de tres, que era hasta donde llegaban los conocimientos del maestro de la escuela. Y que fue por eso, por lo que le nombraron directamente teniente. Pero no sé. Lo nombraron jefe de pagadores de los ferroviarios, y tenía su cuartel general en Huete (Cuenca). Allí un día, le asignaron como ayudante, a un chavalin llamado Jose. Contaba, que el Coronel jefe de los Ferrocarriles, Patricio de Azcárate (también de León y relacionado, como mi familia, con la ILE) le había llamado por teléfono, para contarle que Jose era hijo del alcalde de Cuenca, que nosotros (los republicanos) hemos fusilado – decía – y ahora otros andan buscándole las cosquillas al chaval. De manera que la mejor forma de proteger su vida, es enrolándolo en el ejército, bajo la directa protección de usted.
Al acabar la guerra, los días del “golpe de Casado”, de nuevo el coronel Azcárate telefoneo a mi padre y le dijo: “Alonso, esto se ha acabado, queme toda la documentación del archivo, despida a sus hombres, y lárguese a donde pueda”. Así que mi padre tomó el coche de servicio que tenía, y condujo hasta Madrid, hasta la casa de la familia, que estaba en entonces en los bajos de “Mendizábal esquina Plaza de España”. Los altavoces de la ciudad y la radio, comenzaron a repetir que los oficiales republicanos, debían entregarse en la Plaza de Toros. Allá se dirigió de uniforme mi padre, en un día muy lluvioso. Al llegar a sus puertas, los soldados de guardia, le dijeron que se situara en el ruedo junto a todos los demás, que se estaban remojando. Mi padre insistió en que, como oficial, quería hablar con alguien de su rango. Pero en balde, y cuando los soldados comenzaron a empujarle, se largó de nuevo a casa de su madre. Ello fue providencial, porque al poco le llamó Jose, el que había sido su ayudante militar, que le dijo: “Mi teniente, no se entregue en Madrid, hágalo en Valencia, allí tenemos muy buenos amigos en el tribunal militar”. Así que de nuevo, carretera adelante, mi padre condujo hasta Valencia y se entregó. Allí el tribunal, puesto en aviso por Jose y su familia, sólo le condenó a unos meses de detención, en una especie de campo de concentración. Al salir, le entregaron un documento mecanografiado en pápel de estraza (un tipo de papel basto y grueso de color marrón) en el cual se daba cuenta de su absolución, pero también de la obligación mensual, de presentarse en el cuartelillo de la guardia civil más próximo. Pronto aprendí yo que ese día mensual, mi padre no estaba de humor para nada, ni para nadie. Todo eso, su ascenso directo a teniente, que las órdenes le llegaran siempre directamente del Coronel Azcárate, y no de algún capitan o comandante intermedios…todo ello nunca dejó de sorprenderme. Pero nunca acabé por preguntarle, de lo cual hoy me arrepiento mucho.
Cuando lo liberaron, mi padre fue hasta Elda (Alicante) donde antes de la guerra, había estado trabajando en una fábrica de calzado, propiedad de unos primos ¿los Contreras? Allí había vivido, primero en la conocida Fonda de Sandalio, y luego en un pisito alquilado, que había sido destruido por una bomba. Sólo pudo salvar algunos libros, curiosamente varios de autores griegos, Platón y Aristóteles, que hoy duermen en mi biblioteca.
En Palma, en Mallorca, su hermano Manolo (que fue mi padrino) era propietario de una fábrica de zapatos, y le ofreció venir a trabajar con él, como responsable de toda la sección de máquinas. Mi padre era una manitas que sabía arreglar cualquier máquina o motor, todo lo contrario que yo. Con frecuencia me repetía: “Chaval, como te tengas que ganar la vida con esas manos…”. La esposa de mi padrino, Ramona Prada, tenía una íntima amiga muy guapa, Caridad Sarmiento Porcel, de la que se enamoró y con la que se acabó casando mi padre. El matrimonio tuvo cuatro hijos: Emilio, Miguel, Elena e Isabel (gemelas). Mi padrino era propietario de un pequeño chalet en el barrio de El Terreno, en la “calle del Polvorín”. En él nacimos los dos hermanos. Las hermanas ya lo hicieron, de forma más moderna, segura e higiénica, en una clínica. No mucho después, mi padrino murió por causas coronarias, y mi padre se hizo cargo de la fábrica. Más tarde la vendió, y estableció una serie de tiendas de calzado, “Galeón”.
Mi padre había nacido con una desviación de la columna vertebral, que le oprimía uno de los pulmones, y al que tenía sano, lo machacó con el tabaco. El resultado fue que cuando tenía unos setenta años, lo tuvimos que ingresar, afectado por un enfisema pulmonar. Su salud se agravó rápidamente, y entró en una especia de coma. Los doctores (quizá por ser el mayor varón presente) me citaron a una reunión, y en ella me dijeron; podemos aplicar a su padre un coctel de pastillas, que puede que le saque del coma, pero queremos advertirle, que también pude matarle ipso facto. Contesté que adelante. Se lo dije a mi madre y estuvo de acuerdo. Pero añadió: en ese caso me gustaría que antes le visitara un cura. Le replique, que eso a papá no le gustaría. Pero ella insistió, apoyándose en que él de todos modos no se enteraría. Vino el cura y yo me salí de la habitación, de modo que no sé que haría o diría. El caso fue, que el coctel de medicinas funcionó, y al cabo de unas horas, mi padre recobró ya algo de consciencia. Lo primero que preguntó fue: ¿he visto por aquí a un cura? Nadie respondió, ni tampoco él insistió. Vivió diez años más. Y cuando falleció, me cuidé muy mucho, de que ningún cura apareciera por la UCI, no fuera ser que…
Después de cenar, mi padre leía un par de horas a sus clásicos: los griegos y los de la generación del 89 y aledaños: Ganivet, Baroja, Azorin, Unamuno, Pérez de Ayala… pero también algún que otro libro de temática política, en mi biblioteca aún figura un libro, sobre “El New Deal” de Franklin D. Roosvelt. Mi padre era intensamente agnóstico. Políticamente un republicano de Azaña, aunque estaba afiliado a la UGT. Pero nunca hizo el menor intento de adoctrinarnos, aunque era imposible no escuchar sus análisis, de las noticias del día en la prensa o en la radio. Recuerdo verle leer las obras completas de Unamuno, en una de esas ediciones en el llamado papel biblia. Pero aparte, en dos tomos distintos, tenía Del sentimiento trágico de la vida (1912) y La agonía del cristianismo (1925), con señales de haber sido muy manoseados.
Mi padre murió a los 80 años, a causa del enfisema pulmonar. Por lo que todavía pudo conocer a sus nueve nietos.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.