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El argumento en defensa de la Monarquía frente al desprestigio de reyes o dinastías: el ejemplo de 1868


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

En estos tiempos vivimos un claro resurgir del pensamiento y sentimiento republicanos en España, especialmente al calor de las noticias que desde hace unos años se han generado en relación con el actual “rey emérito”, así como con otros familiares más o menos cercanos. Los defensores de la Monarquía exponen que hay que desligar el comportamiento personal de un monarca de la institución en general, y plantean los beneficios que para el país supone que siga siendo España una Monarquía parlamentaria. Ese argumento se basa en la supuesta figura neutral en la jefatura del Estado en relación con las distintas fuerzas políticas. Así pues, en conclusión, la institución estaría por encima de los que la encabezan en un momento determinado, frente a los que consideran, además de otros argumentos basados en la crítica a la tradición y en la supuesta contradicción que supone que la más alta magistratura de un Estado democrático sea hereditaria, que es imposible disociar el comportamiento de la persona con la institución.

Bien, no es la primera vez que este debate se plantea en la Historia de España. En el Sexenio Democrático se produjo claramente, y aún es más, el primer republicanismo en tiempos de Fernando VII nacería, seguramente, más que por la defensa de una sistema político sin jefaturas hereditarias, al calor de la crítica por el comportamiento y proceder del considerado por algunos, pero no todos, como “El Deseado”.

El Manifiesto del 25 de octubre de 1868 del Gobierno Provisional formado después del triunfo de la Revolución Gloriosa de septiembre plantea claramente la cuestión. Este artículo, por lo tanto, pretende ofrecer las claves del argumento sobre la defensa de la institución monárquica por parte, precisamente, de los que habían encabezado una Revolución contra Isabel II.

El Manifiesto defendía que debía ser el pueblo español, el que procediese, una vez derribada la reina y, en principio, un sistema político considerado como corrupto, a establecer “la forma de Gobierno que más en armonía esté con sus condiciones esenciales y sus necesidades ciertas”, pero que, además, no generase desconfianza en Europa por razón de la solidaridad de intereses que ligaba a los pueblos del Viejo Continente, de decir, que el factor internacional debía contar, un aspecto que, aunque aquí no tratemos, no dejar de ser interesante e interpretable.

Ahora bien, una vez proclamada la potestad del país para decidir su sistema político, como, en realidad, no podía dejar de hacerse si se estaban proclamando libertades y derechos frente a las restricciones y manipulaciones sobre los mismos del pasado, el Gobierno Provisional planteaba más que advertencias, digamos que posicionamientos favorables a la solución monárquica. El Gobierno Provisional, a pesar de la prudencia que proclamaba, parecía descubrir en medio de la “agitación entusiasta y provechosa producida por el movimiento revolucionario” cual era la que consideraba la “verdadera tendencia de la voluntad nacional”, es decir, se estaba erigiendo, con un lenguaje, eso sí, muy prudente, en intérprete de dicha voluntad. Se decía, aunque esto es una interpretación del Gobierno Provisional, que las Juntas habían proclamados los principios de la nueva organización política pero habían guardado silencio sobre la institución monárquica, sin ponerse de acuerdo de antemano y por prudencia. No habrían confundido, y aquí está el meollo de la argumentación, “las personas con las cosas, ni el desprestigio de una dinastía con la alta magistratura que simboliza”, y eso a pesar de la perturbación y el apasionamiento generados. Por lo tanto, el Gobierno Provisional, en su justificación, procedía a tener en cuenta ese supuesto silencio como un dato fundamental.

Pero el propio Gobierno Provisional no podía eludir que se habían levantado voces a favor de la República, y empleando, en muchas ocasiones, el ejemplo norteamericano. Pero, de nuevo, se veía claramente la postura del Gobierno, al responder que por mucha importancia se concediera a las opiniones del republicanismo, no tenía tanta como la demostrada en la reserva de las Juntas. Pero, además se argumentaba que podía entenderse que un pueblo joven, libre de ”todo compromiso interior y de todo vínculo internacional” pudiera constituirse en entera independencia, pero ese no sería el caso de pueblos, en alusión clara a España, insertos en la comunidad de naciones, para cambiar su sistema de forma radical (de nuevo, la alusión internacional, como vemos). El fracaso de estas tentativas en otros países europeos por vías revolucionarias debía motivar a la meditación de la opinión pública. Es evidente que el Gobierno Provisional estaba intentando influir claramente a favor de la solución monárquica con distintos argumentos, pero incidiendo en que había que separar la institución de los que la habían ejercido, en su opinión, de mala manera, en clara alusión a Isabel II, ya apartada del poder.

En todo caso, la prudencia adornaba el verdadero sentimiento del Gobierno, seguramente porque se estaba todavía en plena efervescencia revolucionaria, por lo que se terminaba esta cuestión en el Manifiesto con la promesa de que, en todo caso, se respetaría la voluntad general.

El Manifiesto entero se puede consultar en la Gaceta de Madrid, del 26 de octubre de 1868

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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