La procesión de los humildes
- Escrito por La redacción
- Publicado en Poetas
Famélicos, tristes, caminan rendidos,
los veo á mi paso, con pena y horror;
avanzan medrosos cual seres vencidos
faltos de alegrías, de paz y de amor.
Hay en sus miradas tenues, misteriosas,
señales de espanto, de miedo y terror;
¡acaso en sus mentes bullen imperiosas
mil torpes ideas de horrendo furor!
Marchan indolentes, mudos, cabizbajos,
cual seres sumidos en hondo sopor;
son almas truncadas por rudos trabajos
que sólo disfrutan de amargo dolor.
Son legión inmensa de desheredados
de un mundo egoísta, funesto y traidor;
do medran y gozan los privilegiados
que odiosos, les niegan derechos y honor.
Se ve en sus semblantes, mudos, pensativos,
el ansia infinita de un ferviente amor;
que á sus corazones, del dolor cautivos,
aliente piadoso, con su sacro ardor.
Son mansos corderos de ínfimo rebaño,
que viven la viJa sin fe ni ilusión;
dóciles al mando de algún ser extraño,
de negra conciencia, de ruin corazón.
¡Pobres indigentes! Llenos de fatigas,
de horrible miseria y hartos de ayunar;
que tú, ¡oh, negra suerte!, cruel les obligas
á ser resignados ¡sufrir y callar!
Contemplan absortos las grandes riquezas,
las regias moradas que no han de habitar;
y ven de la vida sus muchas bellezas,
los muchos placeres que no han de gozar.
Acaso algún día soñaron grandezas,
que nunca en su vida podrán alcanzar;
y acaso, entre sueños, ¡humanas flaquezas!:
pensaron, dichosos, poderlas hallar.
Más no son nacidos en dorada cuna
que ostente de un noble el rico blasón;
son gentes plebeyas, sin otra fortuna
que un rudo trabajo; ¡triste condición!
En trágica noche, sobre humilde lecho,
vieron de su vida el primer fulgor;
y sobre la ondas de este mar deshecho
de la vida, marchan sín rumbo ni amor,
judíos errantes, el negro destino
furioso os empuja para andar y andar...
por entre las zarzas de áspero camino,
siempre entre negruras y siempre al azar.
Anhelan caricias que nunca han gozado,
ansian placeres que no lograrán;
presienten deleites que nunca han gustado,
sueñas con amores que nunca tendrán.
De rancios prejuicios, por necios temores,
que os dicen «espera», nunca más creed;
pues sois, aunque humildes, los trabajadores,
y os dice el destino: ¡luchad y venced!
Dichosa la hora en que al fin los hombres
hermanos é iguales se puedan llamar;
dichoso el momento, sublime, sin nombre
en que el «Pueblo Obrero» pueda al fin triunfar.
Tras lucha cruenta que hiere y sonroja
será vuestro triunfo, magno, colosal,
cuando al fin pregone la bandera roja,
flamígera, airosa, «Paz Universal».
(Vida Socialista, octubre de 1911)
La redacción
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