Nocturno
- Escrito por Julio Aurelio Martínez
- Publicado en Poetas
El cafetín se halla envuelto
en confusa niebla;
vese un rayo rojizo que sale
de entre la caldera.
Y un fornido mozo
en pie, junto á ella,
con delantal sucio,
y teniendo al aire sus brazos de atleta,
arroja al aceite
la masa ya hecha.
Y por el local dispersos
y sentados á las mesas,
gritan y charlan y ríen
gentes de picara cepa.
Allí pobres harapientos,
junto á chicos que venden la prensa,
se dicen sus alegrías
y confían otros sus míseras penas.
Más allá dos viejecitas,
en voz baja secretean.
Y oprimen todos entre sus manos
un vaso tosco que humea,
que de vez en vez, con ansia,
á la boca llevan.
trentes miserables
y en el fondo buenas;
seres infelices
en quienes el hambre, con sana, se ceba.
Luego, de repente,
vese abrir la puerta.
Y dos figuras avanzan
y, una vez dentro, se sientan.
Ella es una mujer joven,
de cara morena.
Y viene muy adornada
con rutilantes peinetas,
y un mantón escocés cubre su cuerpo:
es una ramera.
El es un tipo achulado,
de faz canallesca.
Trae como abrigo un pañuelo. Y se toca
con una gorra de seda;
y una onda cae por su frente.
Es el chulo de ella.
Muy cercanos la una del otro
amantes se miran y quedos conversan.
Mas viene un momento
en que, pronto, las tornas se truecan,
y lo que fué dulce paz,
ahora se convierte en guerra.
El la recrimina;
y de entre sus labios sale una blasfemia.
Ella, mansamente,
le suplica, le implora, le ruega.
Mujer desgraciada,
á quien el destino constituyó en sierva.
De pronto, la mano del macho,
canalla y perversa,
cruza el rostro de la infortunada
con brutal fiereza.
Mas ella lo sufre
sin que de su boca se escape una queja.
Sólo al pensar su desdicha
rompe á llorar con tristeza.
Y, anegada en lágrimas,
cae de bruces, afligida, en el mármol de la mesa.
(Vida Socialista, n.º 8, febrero de 1910)