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La democracia son conductas


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Del mismo modo que la corrupción es antidemocrática. La honestidad ciudadana es democracia. Las palabras son relatos. Propósitos. Sonidos en el aire. Letras escritas. Pero, lo concreto, lo definirán las conductas y las consecuencias que estas tengan luego de proferirlas o publicarlas. En general, resulta habitual que se acepte que alguien que ejerce la política incumpla sus compromisos. Eso es un quiebre del contrato social que ese representante ha contraído con sus votantes. Los intentos de golpe de estado están más cerca que Brasil, Bolivia, Perú o los EE.UU. Es trágico que los votantes comprueben una y otra vez que son engañados por esas personas indignas que les han solicitado su confianza. La noción de compromiso parece diluirse entre los relatos que intentan justificar los quiebres entre lo dicho y lo efectuado.

En nuestro caso, el control monopólico de los recursos públicos ha sido la causa de la cooptación institucional del estado español diseñado por Franco. Es decir, que las colusiones se hayan dado a la orden del día y las presuntas prevaricaciones hayan surgido de manera oportuna según qué y a quién afecten los procesos, no resulta ni casual ni extraño.

Por tanto, si aludimos al concepto de conducta debemos referir que es la expresión de las particularidades de los sujetos, es decir la manifestación de la personalidad del individuo que la expresa. Es por ello que el concepto hace referencia a los factores visibles y externos de los individuos. Resulta más frecuente de lo que debería, el comprobar que la avaricia desmedida o la falta de empatía pueden indicar a una persona psicópata.

En nuestro sistema político y social, cada ciudadano debería cumplir con lo que se espera de él. La justicia tendría que velar por el comportamiento legal debido de los sujetos particulares. En cambio, los individuos parecen haber consensuado que el respetar los compromisos de los cargos, sean electos, por designación o por los méritos de concursos y oposiciones, sólo deben atender a los grupos de origen en lugar de responder al interés general. Las camarillas exigen esas conductas proclives al fraude, aunque este signifique que el sistema democrático se degrade sin remedio en la oscuridad de la historia que lo vio nacer. Es así que la impunidad sea una bofetada que el ciudadano de a pie soporte en su vida cotidiana.

De este modo, se califica de ingenuo al comportamiento honesto, mientras que al corrupto se le premia con las ventajas de seguir medrando gracias a las cadenas de favores asentados en las tramas de corrupción. Así, pueden morir cientos de viajeros por las negligencias de los gestores. Dejar sucumbir en la soledad de sus cuartos a miles de dependientes y mayores, sin que los representantes de la ley hagan lo que deben: proteger a los vulnerables. Esas conductas son reprobables porque desertan de sus obligaciones. La consecuencia es que los responsables confesos de esas muertes sigan eludiendo el responder por sus actos.

Para agravar más la situación, el control de los medios hace inviable que el periodismo cumpla con el principal cometido que lo distingue: buscar la verdad. Ello, más allá de las servidumbres que lo han encadenado a las tramas económicas y políticas que se lucran del sufrimiento de los débiles, es una verdadera tragedia.

La utilización de los cargos para el beneficio de los grupos de origen se observa en las conductas de magistrados, fiscales, parlamentarios y funcionarios. La confrontación entre legalidad y legitimidad es el escenario de esta pugna. Los corruptos y sus cómplices procuran hacerse con el control de los poderes públicos con el único propósito de seguir saqueando a los ciudadanos honestos como han hecho hasta ahora. En las próximas elecciones habrá oportunidad de corregir esta situación. No la desperdicies.

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.

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