LA ZURDA

Las izquierdas y la autodeterminación (3). Paradojas

De tal dictamen se desprenden varias paradojas. La primera, en lo que parecía una estrategia mecánicamente opuesta a la del franquismo, que definía España como Una, Grande y Libre, era intentar fundar el nuevo régimen político sobre la previa ruptura del país existente (en vez de una grande, varias pequeñas); separar (quizá para siempre) lo que estaba en buena parte unido, y no sólo económicamente, para volverlo a juntar después con otros criterios, en teoría, más justos.

Hipótesis que era arriesgada, pues, más que conquistar el Estado burgués para ponerlo al servicio del proletariado o del pueblo insurgente, optaba por disgregarlo en pequeños estados nacionales, como si en estos micropaíses la izquierda pudiera alzarse más fácilmente con la victoria sobre el enemigo de clase y proponer después la unificación de todos ellos en una federación socialista o en una república popular democrática. Era esta una posición cercana al anarquismo, pues concebía el Estado como un ente residual, resultante del reparto territorial en democráticas taifas; una fantasmal burocracia suspendida en el espacio o ejerciendo sus funciones sobre un territorio mínimo.

Abandonada como principio, la unidad del país (España como totalidad) sería asumida, en su versión más autoritaria y centralista, por Alianza Popular, luego Partido Popular, como uno de los epígrafes más firmes de su programa, con lo cual la izquierda más radical, apostando por la independencia de los hipotéticos fragmentos, regalaba el país entero, e incluso el nombre -España-, a la gestión de la derecha. Idéntico peligro encerraba la segunda paradoja.

Colocarse a la cabeza de la defensa de los derechos de las nacionalidades y aliarse con las burguesías y pequeñas burguesías nacionalistas suponía, por una parte, fragmentar la táctica y las luchas obreras por territorios y, por otra, subordinar los intereses de clase y la unidad de los trabajadores a la estrategia de las fuerzas burguesas regionales (igual de clericales y no más progresistas que las nacionales), máxime en lugares como Cataluña y el País vasco, donde los trabajadores formaban la vanguardia de la confrontación con el franquismo y donde tales luchas, junto con las de Madrid y otras zonas industriales, mostraban un carácter anticapitalista más fuerte y un grado de organización mayor.

Alianzas difíciles de entender si se tiene en cuenta que apoyar los movimientos nacionalistas suponía aceptar los sentimientos supremacistas que discriminaban a los trabajadores foráneos, inmigrantes españoles calificados despectivamente de “maketos” en el País Vasco y de “xarnegos” en Cataluña, que soportaban así una doble opresión: de clase, por ser trabajadores, y étnica, por ser migrantes.

La tercera paradoja es aún más chocante, pues, a pesar de que los programas propugnaban la unidad de la clase, de los sindicatos y de los partidos obreros, como condiciones necesarias para alcanzar la victoria, la izquierda pareció guiarse por el principio de dividirse para adaptarse miméticamente al clima local, ya que, a las diferencias políticas que la repartían en partidos y familias políticas enfrentadas (socialistas, comunistas, leninistas, trotskistas, maoístas, etc), se sumaban las diferencias territoriales provocadas por la defensa del derecho de autodeterminación, donde a escala regional se reproducían las divisiones de las tendencias políticas. Lo cual implicaba la progresiva división de los partidos para adaptarse a la lucha nacional y regional, y después al marco de la competición electoral, hasta formar partidos independientes que mantenían con sus grupos matrices una tensa relación, que oscilaba entre la federación y la confederación. Con el paso de los años, donde el sentimiento nacionalista era más fuerte, la izquierda se fue adaptando al ambiente ideológico dominante, hasta volverse poco útil como alternativa a los partidos nacionalistas.

Hay que advertir que, tomando el conjunto de las fuerzas militantes, la izquierda radical era más comunista de sentimiento que marxista de teoría; era sobre todo revolucionaria, aun a costa de dejar de ser de izquierda, y, empapada por el clima de la época, sentía veneración por los movimientos sociales. De ahí que buscase un sujeto activo en que apoyarse para acometer los drásticos cambios sociales que portaba en sus programas, y al no hallarlo en la clase obrera o no sólo en la clase obrera, ese mismo ímpetu revolucionario llevó a buscarlo en la nación, en las oprimidas naciones en que, presuntamente, España estaba dividida, cuya lucha por liberarse podía presentar un frente lo suficientemente sólido como para desbaratar la pactada reforma de la dictadura. Así, para la izquierda radical, el País Vasco se convirtió en el último bastión desde el que intentar forzar la ruptura con el franquismo y el fortín desde donde resistir la consolidación del naciente régimen democrático, pero a costa de aceptar las premisas del nacionalismo.

El apresurado dictamen de las izquierdas sobre la cuestión nacional surgía de un conjunto de declaraciones generales, que aceptaban sin discusión el derecho de las naciones a la autodeterminación, cuyo enunciado correspondía a otra situación.

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015) y, con Ramón Cotarelo: La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).