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Suicidio o diplomacia


(Tiempo de lectura: 6 - 11 minutos)

Permítanme hoy escribir sobre un tema controvertido, a veces muy doloroso, pero siempre relevante: el suicidio. “La noticia de un suicidio tiene un efecto multiplicador”. Con este axioma fuimos educados decenas de periodistas de generaciones anteriores a la actual. Se evitaba difundir este tipo de noticia pues, cuando se publicaba, según se decía en las Redacciones, el número de personas que se quitaba la vida se ampliaba casi inmediatamente. Sobre todo, entre adolescentes; y, más precisamente, en épocas cercanas a los albores de la primavera. Ahora, aquel tabú se esquiva poco a poco, aún con cierta reserva; pero cuando el suicidio concierne a una personalidad o individuo con proyección pública, sí suele publicarse.

¿Era tal el efecto multiplicador? ¿Dónde residía el resorte que ampliaba el número de suicidas? De confirmarse tal efecto, con certeza residiría en la mímesis, en la incitación a la emulación. Por la cabeza del futuro suicida parecían transitar dos ideas fijas: una, la de que había alguien que se había atrevido a dar el paso antes y abría camino a imitarlo. Y la otra idea se trocaba, también, en obsesión; consistía en creer que el propio suicida contemplaría el impacto de su autodestrucción en el rostro mismo de aquellas personas a las cuales deseaba atraer la atención hacia su muerte: casi siempre hay un destinatario, real o figurado, de cada suicidio. Esta segunda idea ya formó parte del imaginario del Romanticismo, lleno de atribulados personajes, poetas, dramaturgos y novelistas que, en escritos y anhelos, se proponen asistir como observadores a su propio funeral.

Hay una variante, no estrictamente suicida, sino de signo criminal, que se refiere a aquellos maltratadores que se vengan de un cónyuge, casi siempre esposa o compañera, matándola a ella o bien a sus hijos, para darse muerte después. Y lo hacen en vez de anteponer su propia aniquilación, que evitaría el múltiple fatal desenlace. Es la variante más aterradora de la conducta suicida, pues trasciende la esfera de la intimidad de quien lo protagoniza y esparce en derredor suyo tan letal designio.

Caben, desde luego, distintos planos en el suicidio. El más cercano suele ser el individual, pues acostumbra conmovernos hondamente: casi siempre nos dibuja en el ánimo una mueca de desolada perplejidad. Y ello porque resulta muy difícil admitir que hayan existido presiones o dolencias de tanta envergadura sobre el suicida en potencia como para determinarle a emprender un camino irreversible, sin retorno.

Aleccionados por ciertas pulsiones que creemos no solo convencionales, sino naturales, así como por los discursos religiosos -y la moralidad agregada que predican-, admitimos, generalmente, que la vida es un don supremo. Lo asignamos, como tal valor, al Derecho Natural. Es el mensaje del pensador Emmanuel Kant, abanderado de la Ilustración, el que señala la posibilidad de que el fin de la Naturaleza sea la felicidad de los seres humanos racionales.

Sin embargo, esto entra en contradicción con el aserto según el cual, solo cabría entender el suicidio, despejar la angustia, la culpa y el evidente sufrimiento que suele acarrear si lo considerásemos como expresión suprema del libre albedrío personal. Únicamente bajo esta mirada la autodestrucción de un ser humano por voluntad propia mitigaría su estremecedor efecto.

Otro plano del suicidio es el que concierne a los Estados. ¿Hay Estados que se suicidan? ¿Los ha habido en la Historia? Un matiz importante: una abstracción tan amplia como la que implica el Estado, constructo complejo donde los haya, ha de ser trascrito a la escala política y social. La pregunta será pues, otra: ¿hay sociedades que se suicidan? Sí, parece que las hay. ¿Cuándo sobreviene tal trance? Dejando aparte las luchas de liberación, sobreviene parcialmente en las guerras civiles, puertas adentro de un Estado; en ellas, las sociedades escindidas, los bandos en liza, asumen el riesgo real de, al menos, la destrucción de uno de ellos. ¿Quién o quiénes son responsables de protagonizar las guerras civiles que llevan al matadero a decenas de miles de personas? La respuesta está en la historia. Pero, a veces, su inducción se aproxima demasiado peligrosamente a nuestra actualidad.

Riesgos

Por extensión, y a diferencia de las intra-estatales, las guerras interestatales implican riesgos añadidos. Uno de los dos Estados en liza puede perecer en el conflicto armado. Pero surge un factor agregado: la destrucción mutua, la de los dos Estados concernidos, señaladamente si son grandes potencias, quedará asegurada si entran en escena las armas nucleares, como sería el caso si estalla hoy una guerra entre ellas y la contienda se descontrola, intencionalmente o por vía accidental –no olvidemos esta posibilidad real-. Recordemos que las armas de tecnología nuclear tienen hoy potenciales en megatones muy superiores al poder destructivo del que alcanzaron las bombas atómicas lanzadas por la aviación estadounidense sobre las ciudades superpobladas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945: allí causaron instantáneamente al menos 180.000 muertes y una estela letal de muerte y enfermedades prolongada durante décadas. Por ello, resulta inimaginable la mortandad que los acrecidos arsenales nucleares, una vez activados, podrían provocar hoy. El delirio destructor de los diseñadores, fabricantes y vendedores de armas ha llegado a extremos inconcebibles, como los de la ideación, fabricación estandarizada y mercadeo de bombas atómicas, de altísimo poder destructivo, que previas costosísimas investigaciones, pueden ya transportarse, incluso, en una mera mochila.

Los Estados, sobre todo las grandes potencias, no pueden regirse por la arrogancia y desplegar sus arsenales por doquier para intimidar a sus adversarios o alardear de poderío: juegan con el suicidio. La Guerra Fría terminó sin que sobreviniera el enfrentamiento abierto entre la Unión Soviética y Estados Unidos. Su final, hace ahora 30 años, permitió a la Humanidad respirar aliviada, porque aquella contienda se había basado en el equilibrio del terror termonuclear, en la destrucción mutua asegurada. Un horizonte de paz se abría a los ojos de una parte notoria de la Humanidad, la de los llamados Primer y Segundo Mundo.

Sin embargo, no se cumplieron los compromisos consecutivos para la desactivación plena de aquella pugna entre dos mundos, el capitalista y el soviético. Estados Unidos mantiene aún hoy en numerosos Estados casi 900 bases militares –algunas de las más importantes, en España-. Tales incumplimientos, tras la consunción de la URSS y el fin formal de la Guerra Fría, hicieron que se perdiera la oportunidad de incorporar Rusia a Europa, a diferencia de lo que hiciera la diplomacia de Metternich con Francia tras la derrota de Napoleón: rescató a Francia y la reintegró a la dinámica continental, lo cual inauguró 55 años de paz franco-alemana. Así lo recuerdan avezados diplomáticos, si bien cabe puntualizarles que los procesos revolucionarios internos prosiguieron en 1820, 1830 y 1848.

¿Por qué hay gobernantes comprometidos hoy en prolongar la Guerra Fría o reeditarla? ¿Qué es lo que ganan? ¿Quiénes van a pagar el precio de su atolondrada irresponsabilidad? [email protected] [email protected] ¿Por qué hemos de vivir siempre abocados a la angustia? ¿Son más importantes los negocios de los fabricantes de armamento o el orgullo personal de determinados líderes mundiales, que la vida social misma? ¿Hemos de abonar con nuestra sangre y la de nuestros hijos el precio del delirio de gobernantes que se creen indemnes a los efectos de la guerra, e, incluso, a los de sus propias bombas nucleares? ¿Qué tipo de juego macabro es éste?

Ahora resulta que Ucrania quiere tener armas nucleares en la frontera con Rusia. ¿Quién las quiere en Ucrania? ¿Dónde se dice que las quiera? ¿Ha habido algún referéndum al respecto o se trata tan solo del capricho de algunos círculos de poder, locales o foráneos? ¿Tienen esos círculos la potestad de imponer a Europa un nuevo trance bélico de alcance inimaginable, pese a los 100 millones de muertes causadas en territorio continental europeo durante las dos Guerras Mundiales? Veamos una analogía simple: ¿puede México ponerle armas nucleares –facilitadas por Rusia- a Estados Unidos en la frontera de Tijuana, por ejemplo? No. Nadie en su sano juicio se lo plantea.

Antes de integrarse en la URSS, Ucrania vivió quizá los peores años de su historia, con un pasado de una dramaticidad vertiginosa y terrible, donde polacos, rumanos, húngaros, incluso suecos y alemanes, le amargaron la vida secularmente. Hoy es vecina de Rusia, de la cual se desgajó -con la aquiescencia, formal, de Moscú- tras la implosión de la URSS en 1990, cuya Constitución de 1924, de cuño leninista, admitía la autodeterminación ucraniana ahora ejercida. Hay una evidente pulsión unióneuropeísta en Ucrania, pero, al parecer, no se le permite integrarse en la Unión Europea sin hacerlo a la OTAN y es ahí donde la Federación Rusa alza sonoramente la voz. Cabe exigir a los dirigentes de Kiev, que derrocaron a su predecesor Viktor Yanukovich, entre otras razones, por no querer enemistarse con Moscú, que asuman las consecuencias de sus decisiones; pero no conviene olvidar que los moradores de aquel país sureuropeo, junto con rusos y bielorrusos, comparten una cultura, una etnicidad y una historia eslavas y comunes.

La Federación Rusa, por su parte, interpreta que existe un cerco militar instalado por inducción estadounidense -léase OTAN-, en su antiguo glacis de seguridad –desde los países bálticos hasta Ucrania- y que es una amenaza a su integridad. Moscú dice que no puede retroceder más: ya perdió 15 repúblicas –por cierto, Putin solo reconoce 12 de ellas, quizá por excluir a las repúblicas bálticas- al desintegrarse la URSS; la Federación Rusa no se propone desprenderse de ninguna más. Pero, precisamente ahí, choca con el sueño –de delirio lo tildarían algunos- de ciertos consejeros áulicos del poder estadounidense, aún muy escuchados, como lo fue el polaco Zibgniew Brzezinski o el propio Henry Kissinger, comprometidos en crear, sobre el actual territorio federal ruso, dos repúblicas distintas en Siberia y el Lejano Oriente, ya lejos de la órbita de Moscú, que se vería limitado a mantenerse en una sola república europea. Vamos, algo parecido a desgajar, por ejemplo, Texas y California de Estados Unidos.

150 millones de habitantes, recursos energéticos casi ilimitados y una federación multiconfesional y multiétnica en el Estado más extenso de la Tierra, la actual Federación Rusa, ¿va a emprender la vía de su desintegración estatal por inducción ajena? No parece realista, ni posible. Inducirla desde el exterior es jugar con un fuego potencialmente aniquilador.

Así están las cosas. ¿Qué tiene que ver el suicidio con todo lo relatado luego? Pues, simplemente, que si hay Estados dispuestos a inducir a otros a suicidarse, que no nos arrastren consigo como ahora parece que pergeñan a espaldas de los intereses del conjunto de Europa. Quienes juegan hoy juegos más peligrosos son algunos regímenes centroeuropeos donde, precisamente, el Ejército Rojo derrotó al nazi-fascismo, que poco a poco alza ahora el vuelo allí, envuelto en reciclados discursos cuajados de xenofobia, racismo y negacionismo. Qué curioso.

Lo nuevo de la situación es que el gran aliado trasatlántico, Estados Unidos, que entonces, hace 77 años, valientemente contribuyó a derrotar a las huestes hitleriana y fascista –y lo consiguió a partir de la inicial victoria soviética contra la Wehrmacht en Stalingrado- hoy muestra su apoyo a la reacción antidemocrática que aquellos regímenes encarnan. Y lo hace porque le conviene azuzarlos contra Rusia. No ha abandonado el sueño de fragmentar Rusia hasta la irrelevancia, denuncia Vladimir Putin, al que se le ha creado intencionadamente la imagen de un Stalin redivivo. Error. “De prudente, calculador y cauteloso” lo definen analistas militares españoles.

Washington, el autoproclamado gran paladín de la democracia mundial, ha visto abruptamente erosionada la legitimidad que un día adquirió por muy graves problemas internos que no acierta a resolver. Hoy, en una decadencia que se adivina cada vez más evidente, algunos de sus círculos de poder parecen perseguir que los europeos occidentales y orientales nos enfrentemos entre nosotros, que nos suicidemos, vaya, a mayor gloria de su declinante hegemonía intercontinental.

No. La hora de la diplomacia ha sonado. Es la única vía transitable hacia el arreglo para resolver los problemas y fricciones de convivencia interestatal que, desde luego, existen en Europa Oriental y que nos afectan a todos. Déjense de Guerras Frías reeditadas. Abran paso al diálogo. Y si deciden suicidarse, no nos maten a nosotros primero, como suelen hacer los maltratadores. Empiecen por matarse Ustedes mismos. Luego, ya veremos nosotros cómo actuar sensatamente.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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