La España diversa
- Escrito por Alberto Vila
- Publicado en Opinión
“No nos sometemos a la ley porque la hemos creado, porque ha sido querida por tantos votos, sino porque es buena, es coherente con la naturaleza de los hechos, porque es todo lo que tiene que ser, porque tenemos confianza en ella.”
Emile Durkheim
España es una sociedad multicultural. Un conjunto diverso de culturas y creencias. Entonces, le pese a quien le pese, debe ser articulada en torno a un proyecto que permita la cohesión de esa diversidad de esfuerzos y ofrezca la razón de ser de semejante tarea. Por proyecto, entonces, debemos entender a una planificación consistente en un conjunto de actividades que se encuentran interrelacionadas y coordinadas, con el fin expreso de alcanzar resultados específicos, objetivos, en el marco de las limitaciones impuestas por factores previos técnicos, económicos, sociales y políticos. Encontrar en la diversidad la unidad de acción es la tarea.
Se confunde la idea de “proyecto” con la de “presupuesto”. Este último es la instrumentación del primero. Con armar un puzle de cifras que satisfagan a unos y otros no basta. Eso no es más que regresar a un fraude axiológico. No pueden sacrificarse los valores que deben regir los actos de gobierno. Sin valores comunes no existe la unidad como país. El futuro de España se decidirá fuera de Madrid. Lo muestra la composición parlamentaria. Por tanto, un tipo de proyecto como lo es un presupuesto, sería la cuantificación económica de las expectativas de los diversos colectivos humanos que configuran esta sociedad. Un presupuesto debe facilitar la disposición de los recursos necesarios para atender las necesidades sociales. Pese a lo anterior, la gestión política en este país se ha alejado de la racionalidad necesaria para que esos esfuerzos necesarios de dicha tarea se despierten en el corazón de las personas.
Durante los años posteriores a la muerte del dictador, se concibió el relato de la Transición como proyecto político y sentimental con centro más en la figura del heredero de Franco que en la propia Constitución. Documento fallido éste, en cuanto a su cumplimiento, a pesar de ser constantemente aludido por los patriotas suizos y panameños. Los grupos de la derecha, la ultraderecha y una buena parte del neosocialismo, cómplice creado para la Transición, vivieron y crecieron merced a esa ficción hasta la eclosión del 15M. Fenómeno éste que surge como consecuencia de la toma de conciencia del engaño colectivo al que sometieron al conjunto de españoles. Esa toma de conciencia fue una reacción a la aceptación de que la existencia se basase tan sólo en la insatisfacción consumista. Trabajar sin más razón que para incentivar la frustración e incrementar los beneficios de las empresas.
Pero llegó la Pandemia. Eso lo cambió todo. Menos la ausencia de un proyecto como país. Porque proyectos existen muchos. Al menos uno por Comunidad Autónoma. Esta situación produce un escenario de múltiples confrontaciones, en muchos casos más económicas que ideológicas. En definitiva, lo trágico es la ausencia de un proyecto como país que permita la unidad de acción. La gestión de la Pandemia lo atestigua. Contradicciones. Neutralización de esfuerzos. Agravamiento de las condiciones personales y muchas víctimas. Demasiadas.
Porque por encima de todos los postureos vacíos de los petimetres del statu quo están las personas. Que son las reales afectadas por la incompetencia de los gestores. Manifestación de las precarias condiciones laborales que se mejoraron, pero no se resolvieron. Hoy es vital entender que se sigue produciendo desatención de los colectivos más vulnerables. De aquí la desesperación de unas personas que acuden a trabajar por sueldos miserables y sistemas de protección, en muchos casos, sólo previstos para evitar las sanciones de la inspección de trabajo.
Estas personas se preguntarán para qué trabajan. Sus ingresos apenas le bastan para atender alquileres y servicios. Entonces la anomia cierne en los rincones de sus pensamientos.
Recordemos que la anomia es un concepto que se refiere, de una manera general, a la ausencia de ley, normas o convenciones. De esta etimología se desprende su uso en el ámbito tanto de las ciencias sociales y como de psicología, en los cuales hace referencia a la ausencia de normas o convenciones en una sociedad o persona, o su irrespeto o degradación por un individuo o un grupo de individuos. Recordemos que Robert K. Merton consideraba que la anomia puede considerarse “una consecuencia de la disociación entre las aspiraciones culturales de una sociedad y los medios o caminos con que los individuos cuentan para alcanzarlas, lo cual supone que para lograr dichas metas los individuos deban, en ocasiones, violentar ciertas normas sociales, lo que deriva en una ruptura de la que se originan las conductas antisociales”.
Entonces, las consecuencias de la anomia van desde la inadaptación a las normas sociales, hasta la trasgresión de las leyes y las conductas antisociales. Podríamos decir que es una consecuencia a la crisis moral derivada de la corrupción generalizada y la incapacidad, real o impostada, de reprimirla. La incompetencia o complicidad de los gestores puede haber creado las condiciones para que las personas tengan sentimientos frustrantes en relación a la posible contribución individual al esfuerzo colectivo. No tienen una idea clara de la razón de vivir. No creen en estas instituciones de legitimidad bajo sospecha. No representan a España. Sólo protegen a las élites.
Que no haya un Proyecto de País para esta España diversa puede ser considerado como una victoria de los corruptos.
Alberto Vila
Economista y analista político, experto en comunicación institucional.