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Alto a la guerra


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

El engaño siempre pasa factura. También en Geopolítica. Y con efectos casi siempre indeseados. Rusia se siente engañada por Estados Unidos. Así lo acaba de poner de manifiesto el presidente ruso Vladimir Putin en una conferencia de Prensa en la capital moscovita. Cuando Moscú se avino a desprenderse de quince repúblicas de la antigua Unión Soviética y a desmantelar con sus aliados euro-orientales el acuerdo político-militar llamado Pacto de Varsovia, lo hizo con la promesa de que la OTAN se disolvería y que nunca se llevarían armas nucleares a las fronteras occidentales del extenso país eslavo. Ninguno de los dos compromisos se ha visto cumplido por Washington.

Independientemente de la ingenuidad política que implica pensar en que quien te devora va a dejarte respirar, hay un principio que rige la convivencia de las naciones desde remotos tiempos. Ha contribuido a paliar la guerra de todos contra todos, señaladamente la de los poderosos contra los débiles. Los latinos lo enunciaron así: “pacta sunt servanda”. O lo que es lo mismo, “los pactos se respetan”. Cuando lo acordado formal y solemnemente se contraviene, las bases de un conflicto están echadas. Eso es lo que sucede hoy en la arena europea oriental, donde se están produciendo inquietantes concentraciones de tropas y de armas en áreas fronterizas desde meses atrás. El estallido de la pandemia impidió la celebración de las maniobras militares más importantes de la historia de la OTAN en países limítrofes de Rusia. Hoy, Moscú ha movilizado decenas de miles de efectivos militares a lo largo de su frontera ucraniana, gesto copiado por el ejército de Ucrania. Todo ello revela el riesgo potencial de una guerra de alcance insospechado en aquel extremo de Europa. Ahora, las distancias internacionales son tan exiguas que esa posible contienda, según temen muchos, puede poner en ignición a todo el continente.

Ucrania, la principal república desgajada de la URSS –y su principal granero-, con la oposición rotunda de Rusia pero aleccionada por importantes vectores de poder de Washington y de Londres, amaga con integrarse en la OTAN, una alianza político-militar surgida en 1949, 73 años atrás, para enfrentarse a la hoy extinta Unión Soviética. El comunismo ya no es la doctrina oficial, ni la ideología del Estado ruso. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿No era el comunismo la razón que legitimaba la existencia de una alianza militar como la OTAN? Si desapareció aquella motivación que la justificaba, ¿qué es lo que explica su intento de llevar destacamentos militares y armas nucleares tácticas a la frontera con una Rusia donde el comunismo ha dejado de ser la filosofía y la ideología oficial?

Independientemente de las simpatías que puede concitar el presidente Putin –sometido a reiterados ataques desde un Occidente que sigue siendo capitalista y pese a que el líder ruso asegura disponer de un sistema semejante en su país- en este aspecto de la rotura de los pactos parece evidente que lleva razón.

Hostigar a Rusia llevando a la OTAN a casi todos los países del antiguo pacto de Varsovia implica poner a Europa en el disparadero. Los analistas más avezados se plantean, con fundamento, si esa hostilidad contra Rusia, hoy por vía de Ucrania, no se tratará de un ardid de determinados poderes fácticos estadounidenses encaminado a distraer la atención del pueblo norteamericano sobre el espinoso drama político interior, aún hoy abierto por buena parte del Partido Republicano, que llevó al gran país transatlántico, ahora hace solo un año, al borde de una conflagración civil. Analistas políticos y autoridades intelectuales como Noam Chomsky hablan de que Estados Unidos sufre hoy un golpe de Estado, aún, blando. En nuestras retinas quedó grabada la violenta irrupción, tiros mediante, de varios centenares de enloquecidos seguidores de Donald Trump en la sede parlamentaria de Washington para impedir la nominación de Joe Biden como ganador de las elecciones presidenciales de noviembre de 2020. Todo ello ocurría en el capitolio de Washington, denominado templo de la democracia mundial. Malos tiempos para la democracia, cuando el menos malo de los sistemas políticos parece haber dejado de interesar a buena parte de los poderes fácticos, señaladamente los económicos abducidos por el neoliberalismo más extremo, que rigen la principal potencia militar y política mundial.

Ideas europeas propias

Europa debe tener ideas propias sobre la defensa y la seguridad continentales. En su día, en los años 90 del siglo XX, Alemania se opuso a que Ucrania se desgajara de la URSS –fue Lenín quien, en 1922, dio carta de naturaleza al país eslavo sureño y en 1924 le reconoció constitucionalmente el derecho de autodeterminación que hoy exhibe. Berlín no quería entonces –ni tampoco desea ahora- tener a su espalda dos potencias nucleares, la rusa y la ucraniana. Por eso, tampoco ve con buenos ojos, aunque hacia afuera lo diga con la boca chica, que Kiev se dote de más armas de las que en su día tuvo. Además, Alemania precisa apremiantemente el gas ruso, cuya fluidez se ve ralentizada por innúmeros problemas y zancadillas, boicoteos incluidos, planteados desde Estados Unidos para erosionar el ascendiente que Rusia conserva sobre Europa, dada su potencialidad energética y su entidad estatal y militar.

Francia, por boca del presidente Emmanuel Macron, certificó meses atrás que la OTAN se hallaba en “muerte clínica”. En una maniobra artera, París tuvo que tragarse el pasado verano el contrato ínsito en un pacto suscrito con Australia y denunciado sorpresivamente por Canberra para fabricarle una flota de submarinos, cuya contrata fue a parar a manos de contratistas oficiales norteamericanos, por la bonita suma de 66.000 millones de dólares. Además, Francia quedaba fuera del acuerdo denominado AUKUS, trenzado por Washington con el Reino Unido y Australia, a espaldas de París, para vigilar de cerca a China, también en su disputado mar territorial. Y eso pese a que Francia dispone de ascendiente geopolítico en el Pacífico.

Por consiguiente, las dos principales potencias continentales europeas, a pesar de permanecer adscritas a la OTAN (Alemania aloja aún miles de soldados estadounidenses, 77 años después de finalizada la derrota del hitlerismo), dados sus intereses específicos cada vez más alejados de los de Estados Unidos, saben que los conflictos con Rusia, inducidos o no por Washington, les resultan altamente contraproducentes. Ergo, confían en que las negociaciones, ahora emprendidas aunque con magros resultados todavía, desbloquearán la situación y harán que las espadas, aún hoy en alto, bajen a tierra y una prórroga de la paz se abra paso de nuevo. Todo ello da a la próxima cumbre de la OTAN en junio de este año en Madrid, una importancia tan grande como, a juicio de distintos analistas, para despejar –o no- la duda de si, aunque treinta años más tarde, se cumple aquel compromiso de disolución de la alianza político-militar teledirigida desde Washington y Estados Unidos.

Putin, por su parte, también tiene problemas. Aunque de distinta naturaleza e importancia a los que Washington encara. Las presiones estatales internas en Moscú, señaladamente militares, le obligan a poner pie en pared y negarse a admitir retroceder una sola pulgada más en su frontera occidental con Ucrania, donde ya se reservó la salida al Mar Negro durante la denominada crisis de Crimea. “Bastante tuvimos con perder hasta 15 repúblicas”, parecen decirle los altos mandos militares. Las relaciones del Kremlin con su oposición son tortuosas, pero la sangre no llega al río, según los comentaristas. De cara a la galería, Putin ha hecho un alarde de fuerza y ascendiente político sobre su antigua y energéticamente tan rica república centroasiática, Kazajstán, en una finta de despliegue militar efímero allí, que ha revelado su inoportunidad y su cancelación anunciada. La causa inicial fueron disturbios obreros legítimos contra el alza del precio de los carburantes, aunque las movilizaciones fueran presumiblemente co-inducidas y, en todo caso, aprovechadas por los adversarios geopolíticos de Moscú para meterle el dedo en el ojo siempre que la ocasión se presenta. También en Bielorrusia, aliada entrañada de Moscú, su apuesta por un liderazgo político autoritario a la antigua usanza, se ve cuajada de riesgos e implicaciones políticas adversas para el líder ruso.

Como se ve, la guerra no conviene a casi nadie con dos dedos de frente. Y mucho menos a los habitantes de Europa. Por ello decir ahora, Alto a la guerra, resume los anhelos de los moradores con memoria de este continente, cuya historia señala las mortandades millonarias y desastres apocalípticos que no se evitaron cuando, aún, había tiempo para impedirlos.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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