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2022: nuevos propósitos para mejorar la convivencia


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Comenzamos los años con nuevos propósitos y con esperanza, que es lo último que se pierde (o eso dicen). Pero creo que no somos conscientes de que nuestras actitudes, nuestros modos de enfrentarnos a los problemas y a las situaciones sociales (no solo a las personales), provocan también desenlaces diferentes.

El año 2022 comienza, como todos, con luces y sombras. Seguimos con el coronavirus, con la sexta ola de contagios desbocada, pero con la ciencia avanzando rápida. Con problemas en la economía, pero con indicadores claramente favorables, como el récord de cotizantes, la creación de empleo, el número de parados más bajo desde 2007, y el Pacto por la Reforma Laboral.

Podemos decir que el 2022, con sus dificultades (que las hay y muchas), se enfrenta de forma optimista y con claros aspectos de mejora.

Aunque el negacionismo se extiende no solo por convicción sino por interés. Y eso es lo que más me preocupa: el clima social de confrontación y radicalismo alimentado por la mentira intencionada.

Ya sé que siempre ha existido la mentira o más bien la verdad manipulada o las medias verdades. Tampoco es nueva la polarización y la confrontación social. Sin embargo, la polarización es cada vez más extrema y, muchas veces, irracional. El periódico El País elaboró un reportaje sobre la mentira instalada en el Parlamento.

Grandes titulares, mentiras gruesas, que repetidas una y otra vez acaban calando en la gente, sobre todo, porque resulta difícil contrarrestar permanentemente los bulos. Podrán ustedes decirme que esto es, más o menos, lo de siempre: unos contra otros.

Pero no exactamente es lo de siempre. Porque a ello se suman dos nuevos fenómenos: la censura cultural y el anonimato de las redes sociales. Dos fenómenos que están polarizando a la sociedad, que están censurando el libre pensamiento (el respetuoso, crítico, profundo, dialogante, y dispuesto a escuchar al “otro), y alimentando una agresividad rabiosa. Dos posiciones contrapuestas, enfrentadas, desde dos polos extremos que ambos pretenden afianzarse en base a la democracia. Una democracia que están asfixiando y debilitando.

Las redes sociales permiten la opinión poco fundamentada, el insulto fácil y gratuito, el enfado exponencial, las rabietas hechas proclamas, e incluso el anonimato. Y nos hemos creído que eso forma parte de la democracia, que, como todos tenemos derecho a opinar, las redes nos hacen más democráticos. ¿En serio?

Las redes nos están haciendo más transparentes, pero lamentablemente en nuestra propia miseria. Resulta tan fácil escribir un mensaje insultante, que sirva de desahogo o de burla, y además creer que uno ha hecho algo grande. No hay frase que más me indigna que: “yo digo las cosas claritas”, y eso permite ser grosero, insultante, maleducado, y utilizar un alias o un anónimo para no dar la cara.

Por otra parte, se instala lo “políticamente correcto” en tal exceso que hemos perdido hasta el sentido del humor. Ya no se puede comentar ni pronunciarnos sobre cuestiones de identidad (religiosa, sexual, étnica, etc) porque supone un grave “apropiacionismo cultural”, y lo que no está prohibido casi es obligatorio. Estamos imponiendo tales limitaciones que encorsetamos el pensamiento libre y el debate plural. Y esta represión, que la vemos con furor en EEUU, viene por parte de una generación de izquierdas que se considera tan excesivamente democrática que pretende aniquilar libros porque hablan de la esclavitud, borrar películas porque son discriminatorias, o prohibir la representación de determinados papeles escénicos. Borrar la historia no nos hará mejores sino más incultos.

Es una defensa de la identidad sin historia, sin circunstancias, aislada y solitaria, que juzga desde su propia y única perspectiva. Habrá que preguntarse cómo nos juzgarán a nosotros dentro de 50 años.

Decía hace poco Santiago Alba Rico, el filósofo y guionista de aquel magnífico programa “Los electroduendes y la bruja Avería”, que «La combinación de leyes represivas y de tenazas políticamente correctas ha contraído enormemente el ámbito de la libertad de expresión, que hay que defender con uñas y dientes, incluso o sobre todo para quienes dicen cosas que preferiríamos no escuchar».

Y ambas posiciones, la censura y el insulto, se realizan desde la rabia, desde la exigencia, desde el permanente enfado, desde la posición de tener la razón en exclusiva, desde el impedimento de escuchar al otro.

Hay algo peor que “la masa” en que nos convertimos las personas cuando no nos escuchamos ni nos respetamos. Es la jauría social.

Los deberes que tenemos para el 2022 también nos implican a nosotros, a la ciudadanía, a entender que la libertad no significa “hacer lo que me dé la gana o tomar cañas en Madrid”, que la libertad de expresión “no es el insulto permanente”, que debatir no quiere decir “apropiarse de nada”. Y que también somos responsables de nuestras actitudes y comportamientos.

Doctora en Filosofía por la Universidad de Valencia.

Tutora de Sociología en la UNED (Valencia)

Miembro del consejo de redacción de la revista Temas para el Debate, y crítica de libros de la revista Sistema.

Articulista en la revista digital Sistema Digital.

Miembro de las asociaciones literarias Concilyarte y Clave.

Ha codirigido cursos de la UIMP (Valencia)

Miembro de varias ONG Greenpeace, Médicos Sin Fronteras, Cruz Roja, Amnistía Internacional y Fundación Hugo Zárate.

Coordinadora de actos culturales: mesas redondas, presentaciones de libros, encuentros literarios y exposiciones.

Varias publicaciones: artículos de prensa, críticas de libros, artículos de reflexión filosófica, antologías poéticas, novela y ensayo.

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