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Lo que llamábamos información se ha convertido en el museo de los bulos


(Tiempo de lectura: 6 - 11 minutos)

«La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.

Agamenón: -Conforme.

El porquero: -No me convence.»

Antonio Machado,

Juan de Mairena

De un tiempo a esta parte se habla insistentemente de post-verdad. Los neologismos no están mal, mas de cuando en cuando, hay que llamar al pan, pan y al vino, vino.

Se han impuesto mediáticamente la mentira, la tergiversación y manipulación o las medias verdades que incluso, viene a ser peor. Naturalmente, aunque hay quienes no lo perciben así, esto supone un grave riesgo para la democracia.

Las redes sociales y las técnicas de comunicación y de transmisión de información, cada día son más sofisticadas… y, al mismo tiempo, más ineficaces. Las fake news pueden considerarse, sin exageración, como una pandemia que nos atonta, nos desconcierta, nos hace más simplistas… y, de vez en cuando, hasta comulgar con ruedas de molino.

Quizás no nos hemos parado a valorar con serenidad los riesgos, que no son pocos. Es más, los hemos infravalorado. Entre unas cosas y otras, mucha de la información que recibimos es defectuosa y las noticias llegan hasta nosotros interesadamente manipuladas.

No se trata de hacer predicciones apocalípticas tan al uso, mucho menos, de recurrir al ‘cualquier tiempo pasado fue mejor’. Un poco de escepticismo siempre es saludable y hay razones más que justificadas para adoptar precauciones y, sin que surja un miedo generalizado, tener un cierto respeto ante un fenómeno tóxico que se agiganta de día en día es, desde luego, aconsejable.

Conviene no olvidar que hay instituciones, colectivos y personas sin escrúpulos que arrojan ‘basura’, conscientemente de que lo hacen, para desinformarnos, para confundirnos. Hay además, determinados partidos, que su verdadera razón de ser, no es otra que deslegitimar la democracia. Cada día procuran tirar más y más de la cuerda y desestabilizar todo lo que pueden… para crear un caldo de cultivo que propicie sus intentos involucionistas.

Hace tiempo que no se utilizan los términos ‘valor de cambio’ y ‘valor de uso’. Podemos encontrar la razón en que han caído en cierto descrédito mas también, en que hoy todo es de usar y tirar. Estos conceptos de la economía clásica aparentemente parecen superados por el capitalismo especulativo, que se expande, acompañado de una jerga terminológica indescifrable… por supuesto, en inglés.

Ha habido y hay análisis certeros inteligentes y rigurosos, más no gozan de excesivas simpatías y se prefieren las fórmulas más simplistas. Por poner solo un ejemplo citaré a David Weinberger, catedrático de Harvard y autor del Manifiesto Cluetrain, que con sutileza y conocimiento de causa nos alertó sobre the power of the new digital disorder.

Aunque caiga en saco roto, es alentador un análisis serio de estas teorías que contrastan con las fórmulas estereotipadas y ‘las recetas al uso que –por otra parte- tiene muy poco o nada de nuevas.

Verdad y falsedad en muchos aspectos son ya intercambiables. Cada día nos tropezamos con una serie de conceptos híbridos y mestizos. No es menos cierto que casi siempre, la ausencia de una alternativa viene acompañada de un desorden notorio, que en el peor de los casos nos sitúa al borde del abismo. Si observáramos con un poco más de detenimiento y agudeza veríamos como se agrieta y fragmenta lo que hasta ayer considerábamos imperecedero.

Quienes han propiciado todo esto, han logrado que se difumine y oculte, lo que podríamos denominar la faz empírica de los hechos. Hasta tal punto hemos llegado que lo que podríamos llamar, en sentido figurado, el rostro de la verdad de los hechos, no es ya unívoco sino equivoco. Se pueden forjar miles a diario, a gusto del emisor y de sus intereses.

Los virus de la desinformación, la tergiversación y la mentira invaden casi todos los campos. Desde la política a la economía, sin olvidarnos de la historia. Penetra cada día en nuevos espacios como en el de la medicina y la salud, donde ha provocado que una ‘plaga de negacionistas’ afirmen, sin la menor base científica, que las vacunas provocan autismo o que nos inoculan junto a ellas chips que sirven para controlarnos ¡como si no estuviéramos ya suficientemente controlados! Rizando el rizo, llega a sostenerse que son planes de los gobiernos para esterilizar a la mayor parte de la población.

Las noticias falsas son tan antiguas como el mundo. Lo que ha variado son los canales para transmitirlas, que han crecido en proporción geométrica… y desbordan todo intento de contenerlas.

En su imaginario Jorge Luis Borges, creó una biblioteca que venía a ser una alegoría del mundo… hoy los bulos interesados son un material infecto que se podría exhibir en las salas de un ‘Museo del Bulo’ que vendría a ser como una metáfora siniestra de nuestro tiempo.

La mayoría de los bulos no son gratuitos ni espontáneos, muy al contrario, suelen ser interesados y cuidadosamente planificados. En la Edad Media, la iglesia católica para afianzar y extender su poder falsificó y puso en circulación ‘la Donación de Constantino’. Quienes se tragaron el anzuelo, la dieron por buena y creyeron las mentiras que contenía… lógicamente contribuyeron al incremento de la riqueza y el poder de la iglesia,

Otras veces, los bulos han sido causa de odio, matanzas y hasta exterminio. Pensemos en ‘los Protocolos de los sabios de Sion’ que fue urdido por los zares de Rusia y que posteriormente fue aprovechado por Adolf Hitler y sus secuaces nazis pretendiendo legitimar sus furibundos ataques antisemitas. La finalidad no era otra que justificar la eliminación de los judíos, la solución final, y los campos de concentración con cientos de miles… millones de muertos.

Internet ‘ha revolucionado’ la difusión de los mensajes. Esto tiene, como el dios Jano dos caras, una que bien empleada podría contribuir a extender la información, los contenidos y, por tanto a democratizar el conocimiento… y otra obscura que incrementa los ya notables instrumentos de manipulación poniendo en circulación, noticias falsas.

Por llamar a las cosas por su nombre, a las fake news habría que definirlas como noticias inventadas, con sus secuelas de desinformación, transmisión incorrecta de datos y un uso interesado y dañino de los hechos.

La época de la post-verdad está ahí. ¿Podemos hacer algo para minimizar su impacto? La respuesta no puede, ni debe ser pesimista. Aprendamos a decodificar, críticamente, las noticias identificando lo que tienen de tóxico y recurriendo a medios de comunicación, fiables, veraces y contrastados.

El daño que hacen es hiriente y ostensible. La proliferación de bulos crea receptores progresivamente más simplistas y dispuestos a creer cualquier cosa por absurda que sea. Desde que el hombre no ha puesto el pie en la luna y todo es un burdo complot… hasta que los atentados del 11S fueron organizados y orquestados por el gobierno de los Estados Unidos.

Tienen algo en común. Son respuestas simplistas y enormemente crédulas a hechos complejos. Hasta ese punto, hemos llegado. Se ha retrocedido siglos en pocos lustros, ha perdido credibilidad la ciencia y paralelamente, la han ganado las supersticiones y diversas teorías que se basan en el más rancio irracionalismo y que están emparentadas, las más de las veces con el fanatismo religioso. Con todo, la que probablemente sea más absurda y más inverosímil es la de aquellos que siguen afirmando, contra toda evidencia, que la Tierra no es redonda sino plana.

Cuanto más hablamos de libertad, más la banalizamos. Por doquier, estamos amenazados por ‘agujeros negros’ en los que podemos caer. Vivimos aprisionados por verjas invisibles, nos vemos conducidos al desamparo y a una atmósfera viciosa, contaminada y contagiosa.

Son muchas las adversidades a las que hay que hacer frente. Vale más que advirtamos, más temprano que tarde, que cada uno y cada una, debe tomar conciencia de lo que tiene que hacer.

No hacen falta héroes. Solo es preciso no dejarse llevar por la corriente que conduce al vacio. Hay quienes quieren hacer de este presente incierto un ‘tiempo cancelado’. Si no reaccionamos a tiempo, será así.

Todo es líquido, cambiante, susceptible de reconversión, volátil. Casi todo es a su vez reemplazable. Hoy es más fácil que nunca tirar la piedra y esconder la mano, es decir, enmascararse en el anonimato para cometer infamias, delitos, tropelías. Hay imposturas que no dejan huella y, a eso, nos hemos acostumbrado a denominarlo ‘impunidad’.

La hipertrofia de información no discriminada es un cáncer. No hay que dejarse llevar por el derrotismo. No es infrecuente que se hallen respuestas inteligentes y consuelo leyendo, por ejemplo al pensador Cornelius Castoriadis, quien durante mucho tiempo, a través de las páginas de la revista Socialismo o barbarie, no cejaba de hacer reflexiones filosóficas de calado.

Para él, el desarrollo sostenible es el que armoniza al ser humano con su entorno y a los hombres entre sí. Uno de los planteamientos que más me impresionaron es que deberíamos comportarnos como los campesinos de otro tiempo, que plantaban olivares para que los disfrutaran las generaciones venideras, ya que ellos nunca verían el fruto de su trabajo. Laborar en beneficio de otros, incluso de los que no han nacido es apostar por el futuro.

Hemos sacrificado demasiadas cosas en el altar de la inmediatez. Solo pensamos en nosotros mismos y nuestro horizonte se cierra en el aquí y en el ahora. Para salir de la crisis económica en que nos ha sumido la pandemia pocos recuerdan ya las medidas y planteamientos defendidos por John Maynard Keynes.

Para poner en práctica sus postulados decididos, valientes y encaminados a una redistribución más justa de la riqueza, habría que apostar por un cambio de paradigma que dejara, de una vez por todas, atrás las políticas neoliberales. Aunque se pretenda negarlo, solo han traído un incremento de la desigualdad, un abismo creciente entre ricos y pobres y amenazas, cada vez más fuertes sobre el futuro del planeta,

Un filosofo actual Peter Sloterdijk, con amargura pero con un claro sentido anticipador y crítico ante tanto retroceso como se experimenta en la realidad, hace años puso en circulación el concepto ‘provincialismo global’. Estimo que sería más que oportuno, releer su trilogía Esferas y, apostar como él hace por un nuevo paradigma. No hay que alegrarse ni de que la economía haya desbordado la política, ni que hayan perdido toda su referencia las ‘guías morales’.

Tampoco deberíamos arrojar al siniestro cajón del olvido las ideas y observaciones del sociólogo Robert Nisbet, fallecido en 1996, a finales del siglo pasado y que nos advertía –con años de adelanto- el peligro que suponía la deslegitimación de la ciencia y el cultivo exasperante de un individualismo irracionalista y hedonista.

Hemos recorrido, a velocidad de vértigo, la senda que nos ha llevado colectivamente, de la complejidad a la simplificación más burda. Es más, cualquier observación moral –aunque no se explicite hipócritamente- es un estorbo para los desmanes de algunos.

A veces pienso que llevamos sobre los hombros la pesada carga de una ‘hipoteca colectiva’ y que además nos desplazamos a lomos del caballo de Troya con la destrucción en su vientre, que aguarda su turno para hacerse presente.

Creo que los mecanismos para disminuir y, no digamos, eliminar la mentira- programada de nuestras vidas hay que conocerlos y emplearlos adecuadamente. No podemos seguir negando la importancia de verificar los hechos. Nos va mucho en ello. Hay que comprobar incesantemente, investigar y tomar precauciones antes de dar validez a bulos, intoxicaciones y burdas manipulaciones.

La desinformación es un veneno que en el mejor de los casos intoxica y hace perder una perspectiva serena… y en el peor, mata. No debemos tolerar que nos coja desprevenidos ya que atacan por nuestro flanco más débil, por el lado emocional.

La calumnia y el odio son repugnantes y más cuando se vierten desde el anonimato con la intención de deslegitimar y crispar la convivencia social. Es particularmente repulsivo, cuando tiene lugar un auténtico linchamiento a periodistas o intelectuales que han cumplido con su deber de enfrentarse a tanta manipulación y tanta infamia.

No es posible recoger el agua derramada. Se arruinan reputaciones, no se pide perdón nunca o casi nunca y, cuando se hace tiene un efecto propagador infinitamente inferior a la mentira, a la manipulación interesada, a la post-verdad en definitiva.

Cuando llega final de cada año no es infrecuente hacer balance, Con mejor o peor fortuna es lo que he pretendido. Las fake news y el imperio de la post-verdad, me asquean y creo que está teniendo y –si no le ponemos remedio, tendrá en el futuro- efectos nocivos y devastadores para todos, incluidos los que no le dan importancia.

El espacio en el que nos movemos puede convertirse –por obra y gracia de esta pesadilla colectiva- en un museo donde los bulos corran parejos con los horrores.

Es esta una invitación a reaccionar y a tomar conciencia de la inmensa tarea que tenemos delante.

El tic, tac del reloj es un aviso de que cada vez resta menos tiempo o un espejismo que busca atraparnos en ‘una burbuja desintegradora’.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.

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