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Llamarse a engaño


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Cualquier observador de lo que sucede a su alrededor en el día a día no puede dejar de sorprenderse por la increíble capacidad que tenemos los seres humanos (sin intención peyorativa: no hay nada más salvaje y animal que el ser humano) para engañarnos. En definitiva, engañarnos sobre los demás y mentirnos sobre nuestras propias intenciones. Lo contrario es casi convencional; eso de mentir a los demás y engañar sobre nuestras intenciones ya tiene la respuesta automática (según las inteligencias artificiales más avanzadas) de “a otro perro con ese hueso”; lo interesante es cuando siendo un hueso de similares características (una frase adorable, a que sí) el perro decide roerlo. Y no se raya por ser el hueso que ya royó.

Un ejemplo. El partido Ciudadanos subió como la espuma cuando muchos votantes conservadores se sintieron llamados a engaño por el PP y su entramado de tramas. Ahí estaba él y su partido de serie B, que permitía engañarse con que era lo mismo pero diferente. La cosa duró lo que se tarda en gastar un duro. Al revelarse como una secuela del PP o peor aún, mimos que imitan los gestos y movimientos de otros como si fuesen un espejo, los llamados a engaño con el PP se sintieron llamados a engaño con Ciudadanos y una de dos, se han vuelto a llamar a engaño con el PP o se van a llamar a engaño con Vox. Después de lo visto ¿qué cabe esperar de los partidos conservadores en España? ¿Alguien puede llamarse a engaño? Pues ya le digo que sí, que cómo no, que por supuesto. Aunque al final, de verdad de la buena, nadie se llama a engaño. Es solo que la vida engañada es más simple, más fácil, más asequible a cualquier bolsillo o inteligencia.

Ya lo dijo Manrique, si bien de forma incompleta: “Los placeres y dulzores/ de esta vida trabajada/ que tenemos, / no son sino corredores, / y la muerte, la celada/ en que caemos./ No mirando nuestro daño,/ corremos a rienda suelta/ sin parar;/ desque vemos el engaño/ y queremos dar la vuelta,/ no hay lugar”. Ahora no querido Jorge; ahora la vuelta que se desea dar no es a deshacer lo andado ya desengañado, sino a volver a engañarse hasta apurar el final. Y hoy en día hay lugar y oferta de sobra gracias al deseo. Un deseo que se trasforma. Por mucho tiempo la violencia del deseo ha sido la fuerza motriz de la forma capitalista de consumo.

Un deseo intenso promocionado y legitimador, en el que ser y tener eran las dos caras de la misma moneda. Ahora que llega la crisis de lo que puede decirse que fue un sueño (la utopía del consumo imparable, destructor de mundos y culturas para allanar el paso al futuro) empiezan a despertar las sociedades en otro sueño donde rige el deseo de violencia. La xenofobia, el racismo, la crueldad, la exclusión, el individualismo feroz y radical (donde los estilos de vida mutan en vidas con diferentes estilos de violencia) se configura como el presente más inmediato. Un deseo de violencia que algunos, nuevamente, buscan como impulso hacia el poder. Para entender la lógica de Vox y de los nuevos partidos extremistas de derecha en la Unión Europea toca releer a Georges Sorel. La violencia (en todas sus formas, verbal, física, cultural, etc.) y el poder vuelven a iniciar una dinámica espiral, la misma que en la primera mitad del siglo XX alimentó los tornados que asolaron el mundo.

Una vez se aprende a mirar con desdén la muerte y el dolor ajeno (y el mediterráneo es ya por sí solo un espléndido muestrario), se continúa insensibilizándose con el dolor que nos rodea para finalmente encontrar normal provocarlo. Un camino que emerge coralino y va tomando forma bajo nuestros pies, conduciendo desde la violencia del deseo al deseo de violencia. Una violencia que explota por cualquier motivo, sin proporcionalidad ni organización. Basta la convocatoria. Como el grito de Tarzán, una llamada en redes convoca a miles de desconocidos a atacar en estampida una discoteca o provocar cualquier otro incendio. Da igual el qué, lo que importa es el cómo. La violencia se convierte en una forma de expresión. En palabras de McLuhan, el medio es el mensaje y aquí la violencia lo es. Se extiende y crece bajo la superficie de lo convencional.

Toca una advertencia a los caminantes: se debe tener cuidado con lo deseado no sea que se vuelva realidad. La violencia del deseo esclavizó literalmente a generaciones enteras endeudadas de por vida, sometidas financieramente. Definió una forma de vida. El deseo de violencia (contra los demás) tampoco protege de las consecuencias. También definirá una forma de vida. Por ello no cabe llamarse a engaño. Desear la violencia es como escupir hacia el cielo. Se dará de cara con ella. Siempre habrá alguien para quien usted forme parte de “los otros”.

Catedrático de Sociología Matemática.

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