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Rabietas marroquíes inviables


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Ceuta y Melilla son dos Ciudades Autónomas dentro del esquema organizativo autonómico de España, de población y soberanía españolas, ubicadas en el territorio del Rif, al Norte de Marruecos. Distan entre sí por carretera casi 396 kilómetros pese a lo cual, la gente de a pie las considera ciudades contiguas. Entre las dos ciudades, de población semejante, suman 170.000 habitantes. A su vez, distan de España 28 y 273 kilómetros, respectivamente.

La Historia dice que Melilla se encuentra vinculada a España desde 1497, -antes que Navarra-, lo cual acredita su españolidad histórica; mientras Ceuta, antiguo enclave portugués, tras vínculos anteriores no formalizados, se adscribiría a la Corona de España a partir de 1640, cuando sus moradores lusitanos se negaron a reconocer al rey Juan III de Braganza y pidieron acogerse a la protección del monarca español, Felipe IV. La historia de ambas ciudades ha visto pasar secularmente por sus playas a fenicios, romanos, bizantinos, almorávides, almohades, benimerines y otomanos, así como sus numerosas devastaciones seguidas de refortificaciones vigorosas.

Ambas ciudades, junto con los peñones de Vélez de la Gomera, Alhucemas e islas Chafarinas, incorporadas posteriormente, en el siglo XVIII, configuran la presencia de España al otro lado del Estrecho de Gibraltar, que une el mar Mediterráneo con el océano Atlántico. Marcan, asimismo la frontera de la Unión Europea a la que España pertenece, con Marruecos, país septentrional del continente africano.

Pretensiones de Rabat

Distintas guerras, de gran crueldad mutua entre pobladores bereberes rifeños y tropas españolas, se libraron desde mediados del siglo XIX en el territorio del Rif donde el Marruecos septentrional se ubica hoy. Posteriormente, en torno a Ceuta y Melilla se escenifica, desde hace décadas, la pretensión de distintos monarcas marroquíes de integrarlas a la soberanía de su territorio mediante una actitud diversificada de acoso puntual, bien de intensidad baja, media o alta, no siempre explícito pero continuo. Este acecho adopta formas conflictivas que, sin llegar a la confrontación armada, tampoco se remansan en una pacificación duradera y estable. Intermitentemente surgen amagos, casi siempre políticamente inducidos desde Rabat, que se manifiestan en tensiones, fricciones y diferendos relacionados con cuestiones migratorias, fronterizas, comerciales, de suministros, drogas o relativos al contrabando…entre otros roces. Tales litigios encuentran uno de sus fundamentos básicos en el profundo desequilibrio de renta per cápita existente entre los moradores de esos enclaves y los de su contorno marroquí. Tal desajuste es uno de los más pronunciados del mundo, ya que se materializa en una proporción que llega hasta el diez a uno a favor de la renta de la población de ambas ciudades frente a los ingresos de la población rifeña.

Sobre la ambigüedad de la baja intensidad conflictiva, pero incesante, esa situación de no paz, no guerra, cabalga la serie de estratagemas medidas y graduales paulatinamente desplegada por Marruecos en torno a ambos enclaves; los analistas del Observatorio de Ceuta y Melilla, que depende del Instituto de Seguridad y Cultura, consideran que la intencionalidad de esta urdimbre de tensiones teledirigidas propende a lograr, en el largo plazo, el objetivo de acabar integrando ambas ciudades bajo soberanía marroquí, pese a que secularmente lo han sido de soberanía española. La calculada ambigüedad política, orientada a un fin lejano pero pretendidamente seguro y definitivo, es clasificada por los expertos como un formato variante del concepto de guerra híbrida, que denominan conflicto de zona gris.

Un supuesto déficit

Lo cierto es que no hay coyuntura de alteración, tránsito o inestabilidad, siquiera mínima, atisbada desde Rabat en la escena sociopolítica española, que no sea aprovechada por el Gobierno del país vecino para hacer aflorar, con mayor o menor intensidad, sus anhelos soberanistas, que encubren una soterrada pulsión anexionista. Ello engarza con la extendida percepción, por parte de la Corona alauí, de un tan persistente como supuesto déficit territorial marroquí cuya satisfacción incesantemente Marruecos reclama, pese a que tal tipo de reclamación implica transgredir marcos fijados por el Derecho Internacional y usos y costumbres concernientes a las relaciones vecinales interestatales. Ese afán ha llevado a Rabat a desplegar arriesgadas políticas expansivas o agresivas con respecto a vecinos territoriales suyos como el Sahara, Mauritania y Argelia, en ocasiones, consumadas y en otras, insatisfechas.

Caso vinculado a la obstinada actitud del Reino de Marruecos ha sido la polvareda intencionalmente levantada a propósito de la presencia en España en abril de 2021 del presidente de la República Árabe Saharaui Democrática, Brahim Ghali, para recibir en una clínica de La Rioja tratamiento médico contra un cáncer. Tal actitud de Marruecos, que reaccionó indignadamente y retiró a su embajadora en Madrid, pareció desconocer que España es un país soberano, que aplica, soberanamente pues, el Derecho Humanitario que le compete aplicar; pero, que, además y sobre todo, sigue siendo formal y legalmente, por mandato de Naciones Unidas, la potencia administradora de la descolonización del antiguo Sahara Español.

Sordera ante la autodeterminación saharaui

Marruecos, que desoyó y desoye aún hoy flagrantemente el Derecho Internacional con relación a la descolonización del Sahara, se niega de manera obstinada a realizar el referéndum de autodeterminación al que le obliga Naciones Unidas en el territorio saharaui, que invadió durante la denominada Marcha Verde, emprendida por masas aleccionadas por el monarca Hassan II en plena agonía de Franco en 1975. Hoy, el Sahara permanece militarmente ocupado -y política y socialmente sojuzgado, según denuncian sus moradores- por Marruecos, que extrae del subsuelo sahariano fosfatos de excelente calidad en cantidad enorme y de sus amplios litorales, ricas pesquerías, entre otros copiosos recursos, señaladamente minerales.

En los últimos meses se observa, por parte marroquí, una especie de actitud algo menos sinuosa y ciertamente más desafiante hacia vecinos suyos como Argelia y, desde luego, España, tras el implícito aval político de la ocupación del Sahara –y de la supuesta soberanía- por Marruecos otorgado a Rabat por el disfórico presidente estadounidense, Donald Trump. Este aval, basado en pingües intercambios para Estados Unidos, abrió nuevos desequilibrios en la sensible frontera meridional de Europa y en el Estrecho, mediante ventas desproporcionadas de armas al reino alauí, destacadamente aviones de combate de última generación y drones artillados. El gasto militar de Marruecos en 2020 alcanzó la suma de 4.800 millones de dólares, un 29% más elevado que el del año anterior y más del doble –un 54%- que el gasto por este concepto en 2011. Estas sumas superan el 4% del Producto Interior Bruto marroquí e implican el 10% de sus gastos públicos estatales. Es de señalar que Marruecos no goza de buena fama como pagador. Asimismo, Marruecos ha reintroducido el servicio militar obligatorio entre la juventud y es ya, en el continente africano, el país con mayor volumen de compra de material bélico a Estados Unidos, que se apresta a proporcionarle cohetes Patriot, entre otras armas.

Como dato geopolítico de relieve, Rabat acaba de abrir relaciones diplomáticas plenas con Israel –las informales ya existían desde tiempo atrás-, iniciativa que no se atrevió emprender Hassan II, padre del actual monarca, Mohamed VI, pese a haber sido aquel uno de los muñidores no visibles de los acuerdos palestino-israelíes de Camp David. Los vínculos entre Marruecos e Israel, que quedarán explícitos en acuerdos comerciales, de adiestramiento militar e inteligencia, pueden espolear el resurgimiento y despliegue en el propio Marruecos del terrorismo islamista radical y la animadversión de colectivos árabes que se oponen a la política israelí.

Desde la perspectiva española, la actitud hacia Marruecos siempre ha mostrado una cautela evidente. La percepción generalizada hacia la política marroquí, en las élites informadas al respecto, suele ser de cierto fastidio no desprovisto de fatalismo, como si percibieran que los gobernantes españoles se vieran obligados recurrentemente a tragarse los simbólicos sapos políticos, fronterizos y comerciales que Rabat acostumbra soltar desde la ribera sur del Mediterráneo tan de cuando en cuando, pero sin faltar a su suelta. El tratado pesquero que lleva a las aguas marroquíes a pescadores españoles, suele ser objeto de estas presiones.

Percepción mórbida

En el imaginario español tuvieron vigencia percepciones mórbidas sobre las guerras de Marruecos, que desencadenaron graves conflictos sociales en el interior de España relacionados, sobre todo, con la dirección militar de aquellos conflictos, entonces considerados injustos por las levas clasistas que las precedieron. Los hijos de los ricos podían librarse de ir a la guerra, pagando una determinada cuota. Para la Razón de Estado de una potencia post-imperial, como lo era la España desmoralizada por la pérdida de las últimas colonias de Cuba, Puerto Rico y Filipinas a finales del siglo XIX, aquellas guerras se proponían sacar músculo ante una Europa cada vez más entrometida en las luchas dinásticas y en la propia política interior española.

El llamado africanismo militar, expresión del segmento generacional castrense políticamente más intervencionista que protagonizaría la iniciativa bélica contra la República que dio paso a la Guerra civil, impuso a la configuración de la Razón de Estado desde la Corona y los poderes reales, como axioma incontestable, la permanencia española a sangre y fuego en todo el territorio del Rif. Tal obsesión resultaría a la larga muy lesiva para los intereses de España, dada la enorme dificultad administrativa, política y de control militar de aquel territorio por su fragmentación etno-tribal-; asimismo, los exponentes del africanismo concebían obstinada y acríticamente, como un compromiso ineludible, mantener a toda costa allí la presencia militar española, siempre en clave de dominación colonial, cuando ya arreciaban en el Norte africano los movimientos autonomistas, anticolonialistas e independentistas desde el arranque del siglo XX.

Durante el franquismo, la misma percepción no cambiaría hasta 1956, que marcó la salida de España del territorio del Rif y el nacimiento del reino alauí. Pero el entonces naciente Marruecos, que doblegó a sangre y fuego la resistencia rifeña contra la marroquinización del territorio septentrional berebere, pareció confundir la parte con el todo. Así, incluyó Ceuta y Melilla entre sus reivindicaciones territoriales del Rif, olvidando premeditadamente la secular vinculación de ambas ciudades y de sus respectivas poblaciones a España y a sus niveles de vida. Por cierto, el célebre líder rifeño, Abdelkrim, que combatió con denuedo la presencia militar española y francesa en el Rif, expulsado de Marruecos, moriría en el exilio egipcio, acogido por el líder anticolonialista Gamal Abdel Nasser.

Ya en la etapa contemporánea, los persistentes intentos de distintos Gobiernos españoles por rebajar las tensiones con Marruecos y llegar a acuerdos de todo tipo –paciencia estratégica lo llaman-, experimentaron procesos percibidos alternativamente como luminosos y sombríos, marcados siempre por un complejo del rey alauí de turno de reclamar, amagando, sendas plazas del litoral mediterráneo, cuando no las propias islas Canarias.

Talones de Aquiles

Esos alardes intermitentes no son políticamente realistas: los talones de Aquiles marroquíes, políticos, sociales, económicos y diplomáticos son múltiples y graves. A la conflictiva vecindad de Marruecos con casi todos sus vecinos, señaladamente Argelia, gigante energético africano y poderoso rival geopolítico y militar suyo en la zona septentrional del continente, se une el aislamiento diplomático de décadas de Rabat en la Organización para la Unidad Africana; a su exclusión, cuando no marginalidad, entre los países árabes, pese a la mano saudí que cofinancia adquisiciones de armas estadounidenses, hay que agregar una dependencia de Rabat hacia París, hoy desplazado por Washington, que fuentes internas consideran peligrosas, pues deteriora la carta de presentación de los intereses del Reino alauí ante Europa; a la extensión de la comunidad marroquí en el exilio, éxodo que obedece sobre todo a razones de precariedad económica, es preciso agregar la desconsideración, tan poco igualitaria y tan clasista, hacia las clases sociales mayoritarias y subalternas, en su mayoría juveniles, por parte de las élites del vecino país; a la privatización de la economía en manos áulicas tan distinguidas como exiguas cabe añadir el islamismo radical al acecho en el vasto y fronterizo Sahel -5.500 kilómetros de longitud por 400 de anchura…todo lo cual debería retraer obligadamente la trayectoria política exterior y las pulsiones expansivas de Marruecos hacia el mantenimiento de buenas relaciones de contigüidad con su pacífico vecino del Norte, España, vínculos mutuamente ventajosos para ambos Estados.

En España existe confianza en que el pragmatismo de la corte rabatí, manifiesto en otros ámbitos, acabe por imponerse mientras el trasnochado irredentismo soberanista de Marruecos sobre Ceuta y Melilla pase pronto a convertirse en una añeja quimera. ¿Reivindicar la “descolonización” de dos simples ciudades españolas le resulta defendible y viable a Marruecos, cuando niega desde hace 46 años la descolonización del vastísimo territorio del Sahara, 280.000 kilómetros cuadrados y 1.200 kilómetros de litoral atlántico? No parece de recibo.

Giro geopolítico

Lo inquietante es, en realidad, el giro geopolítico y geoestratégico de Estados Unidos en la zona meridional de la Unión Europea. Pese a contar con importantes bases estadounidenses en territorio español, como Rota y Morón, además de la adscripción europea y española a la OTAN, Washington parece querer convertir hoy a Marruecos en socio militar preferente en detrimento de su alianza con España, excitando una situación hasta el momento llevadera para la diplomacia española y que, a partir de ahora, puede registrar escaladas fuera de control. Washington, que no parece haber digerido aún el fin de la Guerra Fría, persiste en arriesgarse a desestabilizar el Norte de África por un inconsistente temor a que Argelia encuentre una salida al Atlántico, ¡cómo no! por “miedo a Rusia”. Parece darle igual a Washington afrentar a Francia, cabeza de Europa, robándole el contrato de los doce submarinos con Australia -66.000 millones de dólares, ni más ni menos- o enfrentarse a Alemania, que apoya a España a propósito de la descolonización del Sahara bloqueada a su antojo por Marruecos.

Blinken, secretario de Estado norteamericano, parece comenzar a percatarse del enorme enredo que se gesta en la zona y se niega a admitir los nuevos lloros y jeremíadas de Marruecos, aunque no renuncia, por el momento, al apoyo a la soberanía marroquí del expropiado Sahara, que le regaló Donald Trump para hacer negocios de armas, y ello frente a las resoluciones de Naciones Unidas a favor del referéndum de autodeterminación. Círculos críticos con Washington se preguntan cuál va a ser el próximo Estado fallido resultante de esta deriva geopolítica en el Norte de África, habida cuenta del rastro dejado por políticas estadounidenses -y locales- semejantes en países como Libia, Irak, Afganistán…e intentadas, aún sin éxito, en otros como Siria o Yemen.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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