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Alto al miedo


Cuando Lucas Mallada escribía sobre los males de la Patria – también Matria podríamos llamarla hoy - no incluía el miedo como uno de sus principales flagelos. Pero lo es. Si hay una línea que recorre transversalmente la historia reciente de nuestro país es la que dibuja el miedo con su zigzagueante trazo. ¿Miedo a qué, a quién, por qué? El miedo paraliza la vida en España: impide la naturalidad, avinagra los ánimos, emponzoña las relaciones y acaba por matar cualquier tipo de entusiasmo creativo. Para consumar su corrosiva meta, el miedo ceba la incomprensión e inyecta poco a poco y por doquier el veneno del odio; termina por destruir todo atisbo de humanidad, de seguridad y de empatía. Urge desterrar el miedo de las relaciones interpersonales, sociales y políticas en este país. Tarea nada fácil, pero posible.

¿Qué antídoto cabe emplear para desterrar el miedo? La razón. La admisión de que existe una otreidad frente al mecanicismo de lo negro y lo blanco, lo rojo y lo azul, de lo mío y lo ajeno. Cuando preguntaron a Sócrates qué era lo que no siendo grande tampoco es pequeño, el filósofo griego respondió: es lo otro, lo diverso. Aquella sentencia implicaba que el mundo de las contradicciones tajantes, de los opuestos absolutos, en definitiva, el mundo de la guerra, podía verse sustancialmente transformado por un concepto nuevo que ya algunos pensadores persas habían columbrado. El genio de Grecia fue capaz de incorporarlo a su ideario, dando así un empuje extraordinario al proceso civilizador, mientras abría paso a la paz entre pueblos y al entendimiento mutuo.

Cuando se observa la conducta del sector social conservador en la escena española, bajo una apariencia de dignidad irritada, de sufrir una usurpación injusta, de superioridad humillada, se esconde un miedo profundo, visceral, óntico. Hay un sentir culposo que convierte ese miedo en una carga insufrible. ¿A qué o a quién teme el conservadurismo aquí y ahora? ¿Muestra temor, quizás, a ser expropiado? ¿Por quién? ¿Por un progresismo que gobierna en una dificilísima coalición, necesitado de paz social y adversarios tranquilos -hoy inexistentes-; que ha topado con retos políticamente colosales que abarcan desde la pandemia y las nevadas abrumadoras hasta el desaforado drama que vomita desde hace meses el volcán palmeño; desde el alocado auge de precios de los carburantes hasta las onerosas subidas del precio del fluido eléctrico; desde la hostilidad perenne y sinuosa del vecino marroquí hasta la entrega de poderosas armas desde arsenales del “amigo nuestro” (¿) estadounidense; desde el deterioro de la Corona hasta la bronca de la Policía en la calle? ¿Es de temer un Gobierno que trata de vadear todos estos desafíos casi simultáneamente, que poco a poco los va sorteando como le dejan sus acechantes y que apenas tiene tiempo de asustar a sus adversarios o de atajar las consecutivas celadas que sus rivales le tienden?

No. Lo que teme el conservadurismo es, en el fondo, a sí mismo. Teme, porque lo sabe, su propio desconcierto. Conoce como imposible que el discurso de sus actuales líderes les permita averiguar realmente de qué va esto de la Política española y que no dejen de perder posiciones. Sabe que han extraviado el sensato sentido común que sirve para vivir en paz. Confirma que ellos, sus portavoces, parecen desconocer las leyes propias de la acción política, las de toda la vida, que no guardan apenas relación con los afectos políticos de cada cual. Masculla indignación porque cree que el progresismo se ha apropiado de la ética social, de la moral pública. El conservadurismo contempla dolorido, porque sus portavoces demuestran desconocer, que el pacto, el acuerdo y el diálogo forman parte de la vida sociopolítica y que, sin esos tres instrumentos, ese vivir en sociedad resulta inviable. Y, en consecuencia, se asusta a medida que sus actos les acercan al vórtice de un precipicio sin fondo.

¿Qué teme el progresismo del conservadurismo? Teme que si los portavoces del conservadurismo regresan al poder, puedan emprender una suerte caza de brujas que lleve a la cárcel a líderes políticos, sindicales, feministas y sociales; teme que de un plumazo suprima libertades democráticas que tanto costó al progresismo conquistar. Temen una involución preconstitucional que retrotraiga a España hacia el tardofranquismo. Y sabe que si no innova la teoría que durante años alumbró su discurso y sus actos, no le va a servir para encarar los actuales desafíos, de escala colosal. Teme aquello que considera mediocridad conservadora, la falta de audacia innovadora, la emocionalidad compulsiva, la reacción airada.

Progresistas y conservadores parecen abocados al choque frontal, de pechos. En el fondo, unos y otros temen al conflicto, al miedo mismo: son fobófobos; pero no lo reconocen. Y parecen instalados en el paralizante temor perpetuo, pero lo ocultan con alardes. Entre tanto, el país cabecea para respirar, mientras sobre la arena política se proyectan problemas a diario y de envergadura creciente, cuya solución no se encuentra únicamente en la política, sino también en nosotros mismos, la ciudadanía.

A falta de un centrismo que, tras jugar un papel destacado en la Transición, perdió el norte y se alineó con su propio suicidio político, la clave para solucionar el desencuentro enunciado sería admitir mutuamente la otreidad socrática, la existencia y contigüidad de otras formas de amar a España distintas de las que conservadores y progresistas preconizan. E interiorizar la convicción, avalada por la certeza, de que se trataría de dos segmentos de una misma línea: así, la España entendida desde el sentimiento encarnaría, a grandes rasgos, en los postulados de la derecha conservadora. Y la España entendida desde la razón, enraizaría a su vez en los postulados de la izquierda progresista. Sentimiento y razón forman una ecuación imbatible, ¿por qué no atenernos a su armonía?

Se objetará que esta fórmula de concordia forma parte del buenismo o de la ingenuidad; pero yerran quienes así piensan. No toda relación política debe necesariamente implicar una causalidad. En política, no toda distinción ideológica, conservadora o progresista, ha de llevar aparejado el conflicto con el diferente, ni tampoco implicar la hegemonía de una sobre la otra. Caben las relaciones horizontales, no solo las verticales cuya existencia antagónica comprobamos, desgraciadamente, a diario.

La diversidad, la otreidad es un paraje grato, desde el cual la creatividad, la libertad y el respeto fluyen con pujanza. Recordemos que la Naturaleza señala que la genética, la transmisión vertical de información desde el antecedente al descendiente, por sí misma resulta incompleta para explicar los fenómenos -no solo los biológicos-, que necesitan de la sinapsis, la información horizontal por contigüidad, para completar el proceso. A la diacronía, a la historia, a la secuencia, es necesario agregar la sincronía y la simultaneidad, para comprender globalmente esos y tantos otros procesos. De su fértil coyunda emerge esa otreidad creativa, el gozo ético, estético, mutuo. Traslademos pues esta enseñanza hacia las relaciones sociales, incluso a las relaciones internacionales y globales. Pero comencemos por nuestro aquí común.

El conflicto no desaparecerá, ni los antagonismos, ni los intereses enfrentados de las distintas clases sociales, que tampoco van a desaparecer. Pero hoy, la magnitud de los retos que la humanidad afronta, exige de una tregua, ya que adquiere una insólita envergadura macro-cósmica y microscópica -cambios climáticos y pandemias-, respectivamente. Es pues llegada la hora de encarar los verdaderos desafíos hombro con hombro, dejando a un lado los enfrentamientos por la hegemonía nacional, internacional o global. El enemigo principal no es ya el vecino, ni el rival ideológico, ni el otro, sino que con el otro, con el rival y con el vecino estamos obligados a unir esfuerzos para superar el dual reto mortal que la Humanidad libra hoy en desventaja. Y tal conjunción exige erradicar el miedo. Es preciso confiar en que el otro, la otra, son capaces de atribuirnos un saber sobre él o ella que les permite confiar y entregarse; es necesario persuadirse de que ese otro/otra registra en su pecho el mismo latido de un corazón como el nuestro, latido que se acelera emocionado cuando la empatía los baña a ambos, haciendo surgir la luz de la inteligencia y la brisa fresca de la felicidad. Invoquemos pues la sensatez de la razón, la benevolencia del sentimiento y la sonrisa cómplice de la otreidad, que harán descender, sobre [email protected] [email protected], el grato manto de su amparo y el empuje potente de su fuerza.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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