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El PP contra el Papa Francisco


Pablo Casado y José María Aznar (d). Pablo Casado y José María Aznar (d).

El que se pica, ajos come. Así reza el refrán español. La entrada en tromba contra el Papa Francisco de José María Aznar e Isabel Ayuso suscita nuevamente la vergüenza y el sonrojo de millones de españoles y españolas, que no creen merecer el ser ahora -o haber sido- representados por sendos personajes. Y ello a causa de la ignorancia e incultura, política e histórica, que demuestran nada menos que un presidente del Gobierno de España y una presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid. La cosa es como sigue: el Papa Francisco, con motivo de los 200 años de la Independencia de México, envía una carta de apenas un folio de extensión al Presidente mexicano, López Obrador. En su texto, pide disculpas por los errores que pudieron haber dañado la evangelización en el país azteca. No hay mención alguna a España, ni nada que se le parezca. Si el analfabetismo político, histórico y cultural hubiera sido desterrado de los hábitos y prácticas de Aznar y Ayuso, habrían reparado en que el Pontífice se estaba refiriendo a las hostilidades desatadas entre la Iglesia católica y el Estado mexicano en el primer tercio del siglo XX y hasta las dos décadas siguientes.

A consecuencia del rechazo de una parte de la jerarquía del clero, con fuerte apoyo campesino, a las restricciones impuestas a las actividades eclesiásticas por una Constitución laica emitida en 1917, la confrontación cobró tal intensidad que desembocó en una muy cruenta guerra civil entre 1926 y 1929, con un número de víctimas que algunos autores han cifrado en 250.000 personas. Las secuelas de aquella contienda, conocida como la Guerra de los Cristeros, determinaron allí una enriscada conflictividad en las relaciones Iglesia-Estado, que la reciente carta del Papa Francisco se propone delicadamente contribuir a suavizar con ocasión de la fiesta estatal de México; país, por cierto, donde la grey católica ha sido y es muy abundante. La misiva papal ha de interpretarse pues en términos de cierta autocrítica, de cuño pastoral, por las actitudes eclesiales erróneas –que sin duda las hubo en aquella guerra con ribetes incluso supersticiosos, en la que miles de soldados federales, campesinos en armas y maestros laicos fueron asesinados-; mientras tanto el Papa sugería, al Estado mexicano, con finessa vaticana, tener en cuenta su gesto en tan señalada fiesta del laico Estado americano.

Pues bien; en medio de esta aproximación intencional del Pontífice para suavizar las aristas de aquel tan sangriento contencioso vivido con extrema violencia en el país de los mexicas, aparecen en escena dos políticos (?) españoles de primera línea y se pican, creyendo arrogantemente que la cosa va contra España, con lo cual ponen al descubierto, siguiendo el refrán, los ajos que comen. ¿Se sienten culpables de algo -o por algo- Aznar y Ayuso y por eso vociferan? ¿Por qué se dan por aludidos? ¿Conservan alguna mala conciencia de algún tipo? ¿O bien obedecen al irresistible animis iniuriandi en el que la dirección del Partido Popular se ha instalado desde que perdió el Gobierno por sus propios errores? ¿No será que saben de las críticas de Bergoglio a la corrupción política y al falso cristianismo que anida en los partidos clasistas, enemigos de la igualdad, discrepan tal vez de sus denuncias contra la mafia a la que el Papa se propone excomulgar o abominan de que el obispo de Roma no muestre aversión alguna a las diversas opciones sexuales?

No es posible que dos dirigentes políticos de la derecha hagan el ridículo de forma más bochornosa. Tampoco parecen saber que las guerras de religión, que ensangrentaron Europa durante tres siglos, constituyen el tipo de conflicto más dañino que acostumbra lacerar a los pueblos. Y, desde luego, desconocen que entre las guerras de religión en ámbitos cristianos–que en ocasiones, suelen llevar aparejadas otras motivaciones estrictamente económicas o políticas- la sufrida por México en la pasada centuria ha sido la más cruenta de la Historia contemporánea.

Es muy difícil encontrar una palabra diferente a la del ridículo a la hora de definir la reacción de los dos personajes precitados en esta su penúltima comparecencia pública. En este caso, parecen creerse depositarios de la esencia de la españolidad por dolerse con la leyenda negra, como si los españoles adscritos al racionalismo y al progresismo no nos hubiéramos percatado nunca de la construcción propagandística ideada por las élites de Inglaterra para vencer, en el terreno de las persuasiones, lo que no fueron capaces de lograr en el terreno de las armas ni en los océanos durante el Imperio hispánico.

Otra cosa es que el Imperio hispánico fuera un surtidor de luz y moralidad a raudales. No. No lo fue. Hubo crímenes, expolios y codicia. Toda conquista los lleva aparejados, máxime si es en clave imperial. Mas, en ninguno de los imperios conocidos, ni en el británico, ni el francés, ni el crudelísimo imperio holandés, y mucho menos en sus formas contemporáneas como el estadounidense, se extendieron los derechos metropolitanos a las comunidades indígenas, verdadero impulso al desarrollo del derecho de Gentes teorizado por pensadores españoles. Ninguno de aquellos otros imperios creó, en las tierras conquistadas, las Universidades que España fundó allí. Ni surgieron figuras de la estatura moral y crítica de Bartolomé de Las Casas, obispo de Chiapas, que pugnó con valentía por humanizar el trato con los indígenas. Ni existe parangón con las fundaciones jesuíticas en territorio guaraní donde, por su respeto a las culturas locales, se granjearon la amistad de los aborígenes. Tampoco aquellos imperios anglosajones accedieron a aceptar representación parlamentaria metropolitana de delegados procedentes de los territorios ultramarinos, como si se hiciera en las Cortes librepensadoras de Cádiz…La crítica debe necesariamente tener cabida en la reflexión sobre el encuentro, que no descubrimiento, de España con América. Pero, en el matraz analítico del historiador y del político, han de introducirse siempre los componentes ideológicos y culturales vigentes entonces y vinculados a aquella época, desterrando la histeria patriotera que lo niega todo y construye un idílico paisaje imperial, tan falso como falaz y verdaderamente antiespañol.

La leyenda negra ha sido un producto tan refinado como tóxico y eso, a estas alturas, lo sabe cualquiera, salvo esos patriotas de pulserita que entienden la libertad en clave de ingerir cerveza en terrazas hurtadas al espacio público y muy poco más, salvo las artes de hacer negocios privados con los recursos públicos, en contra de la gente honrada que les vota creyendo que son lo que nunca han sido.

Una recomendación política hacia los gerifaltes de la derecha en todas sus versiones: por su bien y el de sus votantes honrados, no conviertan al Papa Francisco en un heraldo de la leyenda negra contra España, pues gran parte de la grey cristiana reside en aquella América evangelizada por religiosos españoles y el cardenal Bergoglio, argentino de nación, no acostumbra echar piedras sobre su propio tejado. Solo les falta ahora a sus desconcertados votantes que les metan de hoz y coz en otra contienda ética, ahora contra el sucesor de Pedro en la sede de Roma.

Y una precisión a añadir. Que la mentada fabulación legendaria contra España haya impregnado algunos círculos políticos y académicos españoles durante tantos años tiene su origen, señaladamente, en el desarme ideológico que sufrió el sentido crítico impuesto en España a sangre y fuego por los numerosos espadones y prebostes reaccionarios e inquisitoriales de toda laya, a los que el señor Aznar e Isabel Ayuso y muchos de los de su cuerda ideológica admiran tanto, tanto, que, incluso, les dedican calles y plazas cuyo nomenclátor arrebatan a gentes de bien que alcanzaron su nombradía haciendo el bien común y no persiguiendo, cuando no eliminando, a sus compatriotas.

Para desmontar la leyenda negra no es necesario embestir alocadamente como la derecha-extrema-derecha acostumbra hacer. Basta con leer e instruirse, siquiera un poco en su caso, no vaya a ser que les distraiga el tiempo que tan generosamente dedican para ejercitarse en esos otros menesteres de los que suelen guiarles hasta los tribunales.

Cabe darles un consejo postrero. Antes de entrar a todos los trapos, reflexionen, por favor. Instrúyanse: es su deber no dejar a España en ridículo como país. Dejen de puentear por doquier a quienes tratan de llevar la nave del Estado por el surco constitucional democrático. Abandonen los ataques de cuernos políticos por haber perdido el Gobierno y recapaciten: dada la ignominia de la corrupción que desplegaron durante sus mandatos, con sus 900 imputados -suma y sigue-un grado mínimo de decoro del Estado español impedía que Ustedes siguieran gobernando. Y aún, por fortuna, lo impide. Admitan esa evidencia. Tienen que cursar la obligada travesía el desierto hasta que el Estado español recobre el pundonor que Ustedes, tan obscenamente, mancillaron. Y, por favor, no inviten a sus Convenciones itinerantes a políticos corruptos como Nicholas Sarkozy, quien, por cierto, tras recibir copiosas ayudas para sus campañas electorales por parte de Moammar Gadaffi, le devolvió sus dádivas induciendo arteramente el golpe de Estado que derrocó al líder árabe, salvajemente asesinado, convirtiendo así a Libia, hasta entonces un Estado próspero manque autoritario, en un Estado fallido, a mayor gloria de tan ingrato corrupto.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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