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Atención a Europa


© Fito Vázquez © Fito Vázquez

Europa merece atención. No solemos dársela. O si se la damos, la atención se carga de reproches. Algunos, son fundamentados: lenguaje institucional, frío, aséptico, plano y sin alma. Burocracia; exceso de legislación; elefantiasis administrativa; corporativismo funcionarial; pusilanimidad ante quienes, desde fronteras no europeas, nos quieren hacer comulgar con ruedas de molino y proyectan sobre [email protected] problemas ajenos, mientras nos imponen amistades y enemistades que no nos interesa asumir. Siglos de Civilización y de Cultura nos permiten saber que los europeos nos valemos por nosotros mismos para elegir a nuestros amigos y a nuestros adversarios. No necesitamos que nadie nos diga quienes son y dónde están.

Pero otros reproches no tienen base alguna. Para ser justos, habrá que recordar en unas pocas pinceladas el laborioso proceso unitario continental. Olvidamos que dos de los Estados vertebrales de Europa, Francia y Alemania, protagonizaron, enfrentados, tres atroces guerras, dos de ellas de alcance mundial, por rivalidades que la Unión Europea ha intentado superar –y lo ha conseguido- desde el primer día de su constitución. Y lo hizo buscando un marco de acuerdo basado en la supuesta objetividad aséptica que brindaban formalmente la Economía y el Comercio, primero del carbón y del acero y luego, de todo lo demás.

Desconocemos casi por completo las dificultades que implicó -y ha de implicar hoy- poner de acuerdo hasta 27 Estados –el Estado 28, el Pepito grillo británico se ha dado de baja- cada uno de los cuales esgrime su soberanía, sus intereses, su cultura, sus particulares causas y afrentas históricas, como poco. El arraigo de la idea nacional, incluso la idea regional, es demasiado hondo en cada rincón de Europa como para erradicarlo de un mero plumazo. Todo ello complejiza y explica la burocratización, al máximo, de la gestión de las cuestiones europeas. Y aun así, la idea euro-unitaria avanza y crece, con retrocesos que no impiden su progresión. El vínculo económico fue y es muy potente.

Pero la Economía no es una Ciencia exacta, como las Matemáticas. En esta, el sujeto, el ser humano, y el objeto, por ejemplo el triángulo isósceles, son de naturaleza distinta, permanecen separados. Pero en el caso de la Economía, se trata más bien de una Ciencia social, no lejos de las Ciencias humanísticas, en las cuales, a diferencia de la precitada, el objeto y el sujeto de su actividad, coinciden: la Economía vendría a ser, a grandes rasgos, un saber con el que el ser humano conoce aspectos decisivos sobre los recursos que facilitan la vida, la forma de producirlos, administrarlos y distribuirlos entre otros seres humanos…

Afinidades neutras

En su origen, tras concluir la Segunda Guerra mundial, resultaba apremiante buscar un escenario donde los Estados europeos eliminaran sus aristas y mostraran ciertas afinidades, coincidencias o intereses lo más neutros posibles. Y el escenario elegido lo fue el económico-comercial. Con el discurrir del tiempo, aquel primer impulso, tal vez por la incertidumbre o la inseguridad que el propio proyecto comunitario europeo suscitaba entre sus miembros pioneros, perpetuó durante décadas un modelo, digamos, positivista de afinidad con un lenguaje propio. La Europa concebida como mera unión económico-financiera retardó el anhelo de una Europa social, afán que hoy se ha convertido en la más consistente fuente de legitimidad para el proyecto unitario.

La consecuencia de aquella primacía economicista, en clave competitivo- conflictiva, proyectó sobre la imagen de Europa una impronta abstracta, distante, meramente técnica, como si se tratara de evitar en su actividad y en su lenguaje cualquier tipo de juicio de valor que pudiera poner en peligro los difíciles equilibrios conseguidos.

Tal dificultad objetiva, explícita en la necesidad de un lenguaje aséptico pensado en no herir a nadie –el mismo que acostumbra emplear Naciones Unidas con igual propósito- sería aprovechado por los aprovechados de siempre para tratar de convertir la Unión Europea en un negocio propio, privado, suyo. Así, el proyecto unitario europeo se vio paulatinamente desvirtuado e infectado por doctrinas económicas profundamente desigualitarias y asociales, como el actual neoliberalismo. Este, lejos de contribuir a fortificar la cohesión social interna de los Estados miembros, de cohonestar los intereses estatales tan dispares de los miembros de la Unión con los intereses de otras entidades privadas para satisfacerlos con equidad, alentaron el surgimiento de compañías multinacionales fuera de todo control, que situaron la hegemonía del discurso dominante europeo en manos privadas. El espíritu democrático desde el cual se pretendió alumbrar la unión continental se ha visto paulatinamente deteriorado. Surgió así un intento de abducción de la idea europea con miras a transformarla en un dispositivo de poder fuera del control democrático al que los Estados europeos sí estaban sometidos por sus sistemas de representación y de división de poderes.

Afortunadamente, frente a tal proceso de erosión, la idea de Europa prevaleció sobre la base de mantener en el continente un espacio de libertades envidiable, que abría paso a una prosperidad en pugna casi a diario con los intereses privatizados de corporaciones que nadie elige pero que acumulan un poder desenfrenado.

La afección española

En España, lacerada por siglos de aislamiento en manos de espadones -o de injerencia, por parte de algunas potencias europeas- la idea de Europa prendió de tal manera en el tercer cuarto del siglo XX que aún hoy, pese a todos los problemas en presencia, arraiga en la conciencia de la gente y se constituye en uno de los más importantes viveros del europeísmo. Pero esa dote puede agotarse a medida que la idea de una Europa social, de los ciudadanos, pase a manos de una Europa de las multinacionales, que cuentan, incluso, con paraísos fiscales propios.

La idea de una Europa social, unida por lazos democráticos de paz, justicia y libertad, estatalmente igualitaria, que no uniforme, es demasiado bella como para desecharla y abandonarla en manos de irresponsables, que los hay por doquier. Pero esa idea no puede permanecer inactiva y pasivamente instalada en las mentes de muchos de nosotros, como si de una cáscara hueca se tratara.

Es preciso activar esa poderosa idea de la cual nació la Unión Europea, desde la altura moral de quienes un día se juramentaron para que no volviera a ser nunca campo de sangrientos combates signados por el supremacismo nacionalista, la rivalidad chovinista o por las demás formas de totalitarismo. La contribución de Europa a la civilización, al pensamiento y a la racionalidad ha sido un tributo innegable en mayor medida que las lacras y servidumbres que trayectorias históricas abyectas, como el colonialismo y el imperialismo, impusieron, también desde aquí, a otros pueblos de nuestro vecindario o en el espacio transoceánico.

Estos días, Madrid ha sido escenario de unas II Conversaciones sobre Europa que en su segunda edición han congregado en la fundación Carlos de Amberes a personalidades españolas y europeas, así como representantes de la Unión Europea, para analizar los problemas y proponer soluciones a la actual situación, en verdad comprometida, por la que atraviesa. El evento, convocado por la Asociación de Periodistas Europeos, ha perseguido fortalecer el proyecto de integración europeo y consolidar sus valores permanentes.

En los diálogos habidos han salido al paso cuestiones de concepto y de praxis, todo ello en un contexto previo a la Conferencia sobre el Futuro de Europa. Se han abordado asuntos tales como los valores y amenazas sobre la sociedad europea; la libertad de Prensa y el derecho a la información; el sentimiento europeo en España; las claves para el fortalecimiento del proyecto unitario continental y los movimientos políticos y sociales en Europa Central.

De la autonomía europea

Numerosas ideas han aflorado con fuerza y, entre ellas, quizá la más innovadora ha sido aquella que asocia el futuro de la Unión a un fortalecimiento de la autonomía política y económica de Europa, extensible al área de la defensa, como la realidad permite ver cristalizar como prioridad suprema. Tal realidad acaba de verse estremecida por dos acontecimientos de gran alcance. El primero de ellos, mediado el mes de agosto, la retirada de las tropas occidentales de Afganistán, en clave ominosa, que ha dejado el estratégico país centroasiático en manos de los talibanes, aquellos fundamentalistas contra cuyo apartamiento del poder en Kabul se justificó la ocupación militar estadounidense y de la OTAN durante dos décadas, con un terrible saldo de decenas de miles de muertos y un país al pairo.

Debe recordarse que la denominada Alianza Atlántica ha sido el paraguas defensivo instalado en Europa Occidental desde Washington y que la retirada de Afganistán arrastra consigo el desprestigio de un tremendo error geoestratégico del socio prioritario de la OTAN, error que involucra a nuestro continente. El seguidismo europeo en cuanto a ocupaciones militares inducidas, con el supuesto propósito de establecer democracias a cañonazos –Libia es el ejemplo más sangrante-, ha resultado ser un trágico fiasco, como en su día, también en Afganistán, lo sería imponer de igual modo regímenes comunistas. Desde aquí se espera que los Estados europeos integrados en la Alianza tomen nota de este fracaso, todo un modelo de actuación fallida e impropia en escenarios extra-continentales.

El otro acontecimiento que ha agitado las aguas europeas lo ha sido la rescisión del contrato suscrito entre Australia y Francia para la construcción de 12 submarinos convencionales, que ahora serán fabricados por Estados Unidos con componentes de propulsión nuclear. Y ello, dentro de un pacto, en el que figura asimismo el Reino Unido, que tiene todos los tintes de albergar un vector ofensivo, con mimbres nucleares, contra China, país que parece ir ocupando para Washington el papel del nuevo malo de la película en una inquietante segunda versión de la Guerra Fría, hipótesis negada por el presidente Josep Biden.

La afrenta a París por parte de Canberra –y de Washington- ha abierto una brecha profunda en las relaciones transoceánicas de Europa, entre las cuales la OTAN figura como vínculo, hasta ahora, prioritario. Tal vez sea, según comentan algunos, el precio a pagar por Emmanuel Macron quien no hace mucho, aún Estados Unidos bajo el mandato presidencial de Donald Trump, se atrevió a diagnosticar que “la OTAN se halla en muerte cerebral”.

Nuestro vecino oriental

El caso es que Europa asiste impotente a la imposición ajena de China como enemigo prioritario, cuando Europa y China comparten la misma vecindad continental dentro de ese corazón del Planeta que compone Eurasia. La prudencia exige relacionarse bien con todo tipo de vecindario. Es éste un axioma de las relaciones internacionales. Y China es nuestro vecino oriental. Entendernos es y será beneficioso para ambos. El poder de compra de Europa se complementa muy bien con el poder de venta de China. Muchos otros lazos, comerciales, diplomáticos y culturales nos conectan desde que Marco Polo se adentrara en aquellas tierras o los juncos chinos fondearan en las costas portuguesas seis siglos atrás.

Pero hoy, las necesidades que se autoimpone Estados Unidos en su competición con el gigante asiático –ante el cual Washington parece haber perdido el pie en la carrera tecnológica- adopta un sesgo conflictivo, con perfiles bélicos y ribetes nucleares, que no conviene en absoluto asumir desde los intereses de Europa. Hay, aún por aquí, belicistas nostálgicos que han visto en el episodio de la rescisión del contrato de los submarinos la exclusión europea de una nueva –y pingüe- carrera armamentística; pero, afortunadamente, se trata de un sector en retroceso. Y ello porque el panorama europeo se habrá de sustanciar en una clave pacífica, con relaciones de buena vecindad a un lado y al otro del Océano. Solo este modelo igualitario, propiamente social, de Europa, va a permitir que nuestro continente se convierta en una fuerza arbitral a escala planetaria, porque presenta condiciones idóneas para sumirlo. La etapa de los imperialismos ha concluido. Es la lección que los hechos nos ponen de relieve. Europa, que fue matriz de algunos de los más letales de ellos, bien lo sabe.

La adversidad más letal tiene hoy forma de patógenos microscópicos y de retos macro-cósmicos, como los climáticos. Europa puede, con su ascendiente cultural y su enmienda de errores históricos, situarse en la vanguardia de una nueva geopolítica arbitral donde el vecino continental y el trasatlántico dejen de litigar y se conviertan en aliados imprescindibles para afrontar hombro con hombro esos dos retos que ponen en peligro la supervivencia de la especie humana sobre la Tierra. Aplicar la idea de la paz perpetua enunciada por Emanuel Kant ha dejado de ser una quimera para devenir en una opción necesaria, tan viable como apremiante.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.