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EL PERIÓDICO
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Desde Chueca a las certidumbres absolutas


“Cuando nuestro odio es demasiado profundo, nos coloca por debajo de aquellos a quienes odiamos.” 

François de La Rochefoucauld 

Las personas necesitan encontrar respuestas simples y satisfactorias a sus dilemas existenciales. El descubrir que las certidumbres no existen es una fuente de ansiedad que no desean asumir la mayoría de los individuos. Sin embargo, el llegar a tal conclusión, representa un estado de liberación del pensamiento personal imprescindible para el crecimiento de los seres humanos. Esa es la esencia del sistema democrático. El perfeccionamiento de los ciudadanos respetando su diversidad. La democracia, para serlo, exige mecanismos de control para que los grupos de interés no hagan abuso de su poder en contra de los intereses del conjunto. Como puede serlo el pretender acallar las expresiones minoritarias canalizadas dentro de los límites constitucionales.

Aún así, como consecuencia de que la complejidad es la dimensión de nuestro tiempo, esto requiere de amplitud en el juego democrático para que la percepción del modelo, que se asienta en unas creencias y unos prejuicios diversos que la condicionan, sea ajustada a la realidad de los equilibrios del sistema. Podría decirse que ella, la realidad democrática, es polisémica, heterogénea y lamentablemente condicionada por los dueños del relato que detentan el mandato de los votos. Pero, para evitar posibles perversiones, es necesario el control de una justicia que sea independiente de las lealtades de grupo o las confesionales. Escenario este que dista mucho del actual en el que un grupo no menor de jueces parecen responder a lealtades extrañas a la Justicia.

Esto es lo que hace extremadamente complejo el encontrar equilibrios en nuestras sociedades multiculturales. Los profetas de la autarquía cultural y la dependencia tecnológica y económica, simplifican a conciencia. Quieren el pensamiento único. Todo para conseguir mantener el poder por encima de la libertad de discrepar. En esa tarea de vulgarización del conocimiento, los constructores de la irracionalidad, con el necesario aporte de un repertorio de prejuicios sectarios, cuentan con el inestimable respaldo de los que pauperizan los procesos educativos para que la manipulación sea factible. España, dice la Constitución es un Estado aconfesional. A ellos les da igual.

Esos manipuladores se encuentran en los formadores del pensamiento único dentro del sistema educativo. En los grupos mediáticos. En los oligopolios que distorsionan la competencia. Allí se construyen los fundamentalismos excluyentes. En ese espacio conviven los que aseguran disponer de certidumbres para todas las personas que configuran esa sociedad. Los diferentes o discrepantes no tienen cabida. Es decir, o se avienen, o serán aislados o destruidos.

En esa tarea acuden a los valores más genéricos y a los sentimientos más básicos. Así logran manipular alentando, por ejemplo, el odio y la intolerancia. Actúan impunemente demoliendo lentamente el estado de derecho bajo el amparo de autoridades e instituciones complacientes o, en el mejor de los casos, negligentes. Véase el fracaso de la lucha contra la corrupción.

Los sucesos de Chueca, como antes lo fueron en otros muchos casos, son expresiones de una violencia inaceptable en un sistema democrático. Son los casos de actos xenófobos. También contra el derecho a decidir la interrupción de embarazo. Vetando el matrimonio homosexual. Además de ir en contra de los demás derechos civiles. En ese conjunto de ataques se alude, en una simplificación inaudita, a instituciones de patrimonio general, como lo son la familia, la bandera y otros símbolos. Como si estas y estos les perteneciesen.

No aceptes las certidumbres absolutas. Respetar la diferencia es democracia en estado puro.

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.