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AUKUS, una sigla cargada por el Diablo


Las siglas las carga el Diablo. AUKUS, es la que sella la reciente alianza económica-político-militar recientemente suscrita entre Estados Unidos, Reino Unido y Australia. Posee una impronta naval. Sitúa el foco neo-imperial anglosajón en los océanos Índico y Pacífico.Y ello con miras a vigilar, controlar y, si se tercia, hostigar a China, incluso en sus propias aguas territoriales, en el mar que lleva su nombre.

Esta alianza parece albergar un alcance inusitado. Tanto, como para poder ser considerada como una nueva Guerra Fría. En la anterior, el componente sustancial era el ideológico, la confrontación capitalismo-comunismo. Hoy, dentro de un contexto mundial casi plenamente capitalista, el elemento conflictivo crucial se adivina que será étnico, pretendidamente civilizacional: blancos contra amarillos, Occidente contra Oriente.

En la primera edición de la Guerra Fría, se intentó hostigar de mil maneras entre brumas perpetuas y cercos asfixiantes al socialismo denominado real; incluso a la socialdemocracia más comprometida. Y se hizo ocultando los avances en bienestar y en términos de derechos y de igualdad, respectivamente, que ambos modelos incorporaban. Del mismo modo, hoy, la dinámica prebélica en ciernes exigirá a los tres aliados proyectar sobre China la imagen del “enigma oriental indescifrable”, el miedo perpetuo a la “maléfica y refinada sutileza” del Lejano Extremo Oriente; en suma, el rechazo al “peligro amarillo” frente a la ortodoxa sinceridad blanca, en este caso, esgrimida en clave anglosajona. Los viejos prejuicios sinofóbicos permanecían dormidos; ahora, bastará con agitarlos de nuevo y despertarlos para disponer de la base emocional con la que conseguir la necesaria tensión de las gentes que la hostilidad premeditada requiere.

Francia y Europa, desairadas

La alianza estadounidense-britano-australiana, con un común denominador de cuño exclusivista anglosajón, nace con algunos componentes conflictivos iniciales. En primer lugar, un monumental desaire político, diplomático y económico contra Francia, por extensión a Europa, a la que Australia ofende en ese pacto al rescindir un contrato milmillonario previo para la construcción de submarinos convencionales -66.000 millones de dólares- que a partir de ahora serán de propulsión nuclear y que fabricará Estados Unidos.

De momento, París, en una decisión insólita, ha llamado a sus embajadores en Washington y Canberra. Francia ha sido principal aliada europea de Estados Unidos, desde que el general Lafayette trenzara, siglos ha, acuerdos con los revolucionarios trasatlánticos enfrentados a la Inglaterra imperial. Fuentes oficiales del Elíseo han considerado la medida norteamericano-australiana como una verdadera “puñalada por la espalda”, por las consecuencias que una rescisión contractual de esta envergadura tendrá sobre la economía francesa y su bastidor laboral.

Se cree que los sumergibles serán del tipo Virginia, de propulsión nuclear capaces de albergar una decena larga de misiles aptos para portar cabezas nucleares. Y eso que Oceanía, hasta ahora, era un continente desnuclearizado pues Australia no pertenece, que se sepa, al club de las potencias atómicas del que forman parte Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña, Francia, Israel, India y Pakistán y, en ciernes, Corea del Norte.

Una vez más, por una concesión caprichosa a un aliado austral y a su supuesto amiguito del alma británico –ojo a Londres, si vuelve al dominio naval- Washington se cisca en la legalidad internacional. Cabe, pues, señalar que el AUKUS nace con otro pecado original, a saber, el de transgredir el Derecho Internacional, pues, potencialmente, el pacto podría violar el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, al dotar a Australia de una capacidad de la que hasta el momento carecía y nuclearizando potencialmente, por extensión, todo el ámbito austral. Atención a los sucesos políticos que este pacto acarreará en la zona: pensemos en Indonesia, la India, Pakistán y la cuenca del Índico, más el dolorido, aún, Sureste asiático. Veremos que se propone esta pacto respecto de Taiwan, que Pekín –más la Geografía y la Historia- consideran china. Por otra parte, vamos a ver lo que tardan Argentina y Brasil en postularse para integrar el inquietante club atómico.

Recordemos que las armas nucleares en presencia, las existentes en los arsenales, tenían ya en los años 80 del pasado siglo y tienen también ahora capacidad plena para sacar a la Tierra de su órbita planetaria, en el caso de que sobreviniera un accidente de cierta envergadura –sísmico, por ejemplo- en dichos almacenes. Con más fundamento aún, un conflicto armado entre potencias nucleares consumaría la salida exorbital aniquiladora de la estirpe humana en su conjunto. Esto lo saben desde siempre los grandes decisores mundiales, que no hacen casi nada por detener la proliferación.

Fangales premeditados

Resulta inquietante confirmar que el supuesto equilibrio del terror logrado en la primera Guerra Fría, mediante la paridad nuclear entre superpotencias atómicas, se vea ahora potencialmente hecho trizas con este nuevo pacto, que numerosos observadores ven en una clave netamente antieuropea. “No hay mayor desprecio que no hacer aprecio”, reza el refrán. El ninguneo anglosajón que el AUKUS implica hacia Francia, pivote sustancial de la Unión Europea junto con Alemania, parece perseguir aventar ante el mundo, desde la aún sacralizada Casa Blanca, la supuesta evidencia de que Europa resulta irrelevante en el nuevo esquema que Washington y su potente complejo militar-industrial, que es quien guía sus pasos, tratan de imponer ahora sobre la geopolítica mundial. Y ello incluso a costa de crear Estados fallidos por doquier e intentar empantanar –bog down- a rusos y chinos en fangales como los creados en Siria, Libia e Irak, sus penúltimos ejemplos.

Es curioso que este pacto con británicos y australianos, impulsado por Estados Unidos, sobrevenga apenas un mes después de la onerosa retirada estadounidense de Afganistán, donde muchas miradas expertas han visto un escalón más del declive geopolítico del país norteamericano. Sin duda, el ritmo de las recientes decisiones políticas ha tenido en cuenta el deterioro en la imagen mundial de los Estados Unidos y la Casa Blanca ha querido paliarlo con esta medida de fuerza, un pacto político-militar con potente base económica que, lejos de implicar una corrección de mera imagen, alberga para el género humano un potencial bélico peligroso y preocupante.

Satanización de China

China está siendo sometida a una satanización creciente desde los principales circuitos mediáticos, señaladamente los dirigidos desde Washington. Y no porque en realidad China constituya hoy, según numerosos observadores, un peligro militar para el conjunto de Estados de lo que se venía llamando Occidente y que hoy quiere ser hegemonizado por su fracción anglosajona. La Marina de guerra china tiene una entidad pareja a la de una potencia media. Y la importancia geopolítica se mide aún hoy, como vemos en la naturaleza del propio AUKUS, por el poderío naval. La política portuaria de Pekín parece obedecer más a una estrategia comercial de amplio alcance que a cualquier otra motivación.

Se trata más bien de que la adversidad hacia China y su correspondiente demonización obedecen a que el capitalismo financiero estadounidense, en su desmesurada avaricia y corrupción transgrediendo todas las normas de limpieza, respeto al mundo del trabajo y buenas prácticas, más su inducción perpetua de crisis catastróficas, ha perdido la carrera de la competitividad en rubros tecnológicos tan importantes como la informática, la telefonía, el comercio exterior o la deudo-tenencia. Y la ha perdido en estos ámbitos a manos de China, cuya eficiencia se ha disparado, creándole unos niveles de crecimiento que han frisado los rangos más altos durante un empuje económico sin parangón en el mundo, con tasas que han llegado hasta el 9,5% en el aumento de su Producto Interior Bruto. Y ello durante las pasadas décadas.

Por otra parte, China es un país netamente exportador. Tiene una enorme capacidad vendedora, que cuadra bien con la alta capacidad compradora de Europa, a la que le interesa ese comercio. Mas el talón de Aquiles chino el rubro económico-demográfico, es la baja productividad de su población, al acceder a la vida laboral millones de jóvenes carentes de la austera y disciplinada cultura de las anteriores generaciones maoístas, cuyo esfuerzo generó las plusvalías hoy acumuladas por el país asiático. Asimismo, las tasas del consumo interior son muy bajas. Y estas dimensiones, junto con la asociada baja remuneración del trabajo en el campo chino, son indicadores sustanciales que amortiguan grandemente el supuesto carácter superpotencial atribuido al país de la Gran Muralla.

La hora de Europa

Como no hay mal que por bien no venga, puede ser llegada la hora en la que Europa acometa la tarea de dotarse, a partir de ahora, de una autonomía política, militar y diplomática propias, alejada de los largos faldones de Washington fuera de los cuales, las élites políticas, militares, diplomáticas y culturales del Viejo Continente no ha sabido vivir desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Y, de paso, tal vez es ya hora de ensayar, en clave europea, una emancipación plena del colonialismo cultural y del voraz capitalismo financiero made in usa, que tantos estragos han causado en las élites y las economías europeas por sus caprichos de casino, su escasa profesionalidad y su tremendo egoísmo. Reafirmar la cultura continental propia sería una loable meta, rescatando la impronta humanista del pensamiento europeo, tan abducido desde allende el Atlántico y con tan magros resultados.

La confusión creada desde allí, por Ronald Reagan y desde las Islas Británicas, por Margaret Thatcher, al identificar desregulación de las mercados financieros con liberalización económica -cuando se trata de conceptos distintos, incluso en ocasiones antagónicos-, impactó de manera letal sobre ciertas élites políticamente seguidistas del Viejo Continente, abducidas desde Wall Street. Por estos predios, el respeto a nuestras propias dimensiones territoriales, así como a nuestras tradiciones, nos ha llevado a dotar a nuestras economías de una impronta social, con fundamentos más industriales que especulativos -como los que allí imperan-, aquí basados en el respeto -siquiera formal- al mundo del trabajo, alejando el modelo lo más posible de las caprichosas fluctuaciones bursátiles, tan caras a las prácticas estadounidenses.

Forzar así un cerco a China, como parece pretender este pacto, con aliados tan inestables como la Inglaterra de Boris Johnson y la periférica Australia parece ser una nueva estupidez geopolítica a las que tan a menudo en los últimos años vemos surgir desde la avenida de Pennsylvania. Lo malo es que, de tales sandeces, suele derivarse un saldo de miles de muertes, simas de destrucción y miseria que recaen sobre el bastidor humano hacia el que aquellos planes militares ponen su foco.

Ójala en Estados Unidos, las gentes de bien sean capaces de superar las tremendas convulsiones internas, en clave guerracivilista, que afloraron durante el mandato de Donald Trump y que el gran país norteamericano vuelva a adquirir la entidad democrática que su política exterior y su quiebra interior, muestran hoy como desvanecida. El mundo necesita que el país trasatlántico recobre el pulso de las naciones más prósperas y civilizadas, no a costa de hostilidades y submarinos atómicos, sino de nuevas y renovadas convicciones y prácticas democráticas.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.