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EL PERIÓDICO
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Defensa, seguridad y cultura democráticas


La seguridad y la defensa son elementos necesarios de la vida en común que toda sociedad ha de plantearse con el propósito de perpetuarse. Solo su satisfacción permite hacer posible la vida en comunidad ya que garantizan la protección de los intereses de todos. El tratamiento de estas dos dimensiones ha dado lugar en España a una cultura de Seguridad y Defensa que distintas entidades, públicas y privadas, se han comprometido a fundamentar y a desplegar. Merced a sus esfuerzos, esa cultura cobra ya una evidente entidad institucional y asociativa. Así se ha puesto de manifiesto en un evento impulsado por el Ministerio de Defensa, organizado por el Instituto de Política Internacional y facilitado por el municipio de El Barco de Ávila, celebrado entre el 8 y el 9 de septiembre en la localidad castellana. Más de medio centenar de especialistas civiles y militares, así como analistas estudiosos de estas disciplinas, participaron en el evento, inaugurado telemáticamente por Margarita Robles, ministra de Defensa.

La extensión de este tipo de cultura sitúa a España en uno de los más altos niveles de difusión de tal vector cultural a escala europea, según [email protected] de sus [email protected] Sin embargo, la percepción de ambos componentes, defensa y seguridad, cuenta con ciertas resistencias en sectores amplios de la sociedad española. Aparte de la tradicional abulia sobre asuntos de esta naturaleza existentes en el denominado espectro pasivo de la sociedad, las resistencias más consistentes proceden, sobre todo, de tres factores: la falta de información precisa, la ausencia de debate público al respecto y distintos componentes ideológicos y morales.

Se han desplegado, desde el Ministerio e instituciones privadas, numerosas iniciativas informativas para paliar tal déficit; pero, hasta el momento, se considera que resultan insuficientes para acceder al debate público, que se ve asimismo obstaculizado por la escasa importancia atribuida por los medios de comunicación, algunos de los cuales acostumbran ceñirse a adular a las Fuerzas Armadas y a los Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado, desde concepciones militarizadas, no sociales, de sus cometidos.

Es obvio que tanto la defensa como la seguridad se asignan a diferentes cuerpos armados. Y las armas suelen ser percibidas como prescindibles por una parte sustancial de la sociedad española activa, señaladamente la adulta, que vivió la mitad de su vida bajo en un régimen dictatorial, militarizado a la fuerza por el general Franco, régimen hoy mayoritariamente rechazado. En cuanto a los sectores jóvenes que no vivieron aquella etapa, o bien han recibido la herencia ideológica de sus padres y abuelos o bien adoptan actitudes vitales juveniles, carpe diem, universalmente extendidas, que no dan importancia ni a la seguridad ni a la defensa. En una menor proporción, un segmento juvenil sintoniza con la sencillez organizada, uniformada y jerárquica que la milicia ofrece en sus estructuras, así como con algunos de sus valores.

Instrumentos y valores

En la base de las dificultades para acreditar y extender una conciencia de Seguridad y Defensa en España, previa a la expansión de una cultura propia al respecto, se encuentra una evidencia: el universo defensivo y securitario español se ve asociado a una concepción militarizada de ambos vectores, concepción aún muy extendida. Se trata de una percepción parcial. Pues, si bien las Fuerzas Armadas y los Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado gestionan instrumentalmente, con armas, una cuota importante de la defensa y la seguridad colectivas, esta cuota, desprovista de su complementaria conciencia propiamente social, democrática pues, la misma que fundamenta el sustrato motivacional sobre el que se asienta, sin ella resulta insuficiente para garantizar la plenitud de su satisfacción. Ambos vectores, en sus dimensiones instrumental y valorativa, son patrimonio democrático de la sociedad en su conjunto, no únicamente de las Fuerzas Armadas y de los cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado.

Hay pues una dimensión digamos, instrumental, de la defensa y la seguridad, que se encomienda a diferentes cuerpos armados, militares o militarizados. Pero la otra dimensión, la protección de la sociedad frente a distintos riesgos y amenazas, convierte tanto a la seguridad como a la defensa en patrimonio colectivo y motivacional de la comunidad ya que su ámbito y su objeto conciernen a la perpetuación de la vida social en su conjunto. La milicia asume la gestión instrumental de la defensa y la seguridad, pero sería la sociedad quien detentaría su patrimonio, al validar ambas, y, además de fundamentarlos, percibir los réditos de ambos vectores.

A nadie se le oculta que las concepciones meramente militarizadas de la Seguridad y la Defensa contribuyen a perpetuar concepciones patrimoniales, igualmente militarizadas, del patriotismo. Por ello, la importancia de subrayar el contenido democrático y constitucional del amor a la patria, es decir, la pertenencia a una comunidad de valores compartidos de los que surge la cohesión social, se convierte en una meta ideológica de primera magnitud en una sociedad democrática como la española. Ello no obsta para percibir transversalmente este sentido de pertenencia en claves singularizadas, según la posición social que se ocupe en la estructura socioeconómica del país.

Resistencias

Otra de las resistencias al despliegue de la conciencia de seguridad y defensa hunde sus raíces en determinaciones morales. En la milicia, quien se incorpora voluntariamente a sus rangos, asume individualmente la posibilidad de entregar su vida en la defensa y la seguridad de todos. Ejemplos de esa entrega jalonan la trayectoria de nuestras sociedades: el testimonio diario de abnegación, eficacia y seguridad que brinda la Unidad Militar de Emergencias, en la lucha contra catástrofes, o el de los rescates de inmigrantes por parte de integrantes de los Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado en alta mar y litorales, son por sí mismo elocuentes. Aquí reside la grandeza de esta vocación.

Pero no cabe olvidar que la incorporación a la milicia, hoy voluntaria, prevé asimismo en circunstancias, señaladamente bélicas, la posibilidad de arrebatar la vida de otras personas. Es aquí donde creo que reside una cuota importante del rechazo hacia el involucramiento personal y colectivo de las gentes de a pie respecto de la seguridad y la defensa. Se trata de un precio, en clave ética, que no todo el mundo parece dispuesto a pagar. Este hecho resulta explicable. Pero, según apuntan algunos agentes concernidos y consultados, casi nadie, entre quienes rechazan admitir tales presupuestos, parece en disposición de desdeñar la defensa y la seguridad de sus intereses propios por parte del Estado.

Como vemos, la contradicción salta a la vista y tiene visos de resultar permanente. Ello determina unos límites obvios al despliegue de la denominada Cultura de Seguridad y Defensa. En España, hoy en día y a diferencia de otras épocas aún recientes, no existe un antimilitarismo vertebrado y acentuado. Ello ha podido facilitar, quizás, el cauce discursivo de esta nueva cultura, además de por verse dotada de una impronta ya diversificada en clave civil. A pesar de la ausencia actual de antimilitarismo, hay en España una consistente tradición pacifista, señaladamente antibélica, una de cuyas más importantes manifestaciones hizo acto de presencia, masiva, por cierto, a propósito de la participación española en la guerra en Irak emprendida por George Bush jr y secundada por el Gobierno de José María Aznar. Hallamos asimismo precedentes en la vocación neutralista hispana, exhibida rotundamente a propósito de las guerras en el Norte de África, al igual que respecto a la Primera Guerra Mundial y, en menor medida, en la segunda gran contienda, neutralidad no solo determinada por coyunturas políticas sino, sobre todo, impulsada por una sociedad como la española que acostumbra esgrimir, consciente o inconscientemente, un descompromiso hacia la guerra, cuya manifestación, en clave de contiendas civiles, jalonó tan cruelmente la historia española contemporánea.

En la base de todo este escenario se encuentra una particularidad: el pacifismo de la sociedad española se especifica en un declarado anti-intervencionismo relativo a contiendas extra-peninsulares. Además, por mor del tradicional alejamiento de la política parlamentaria y, consiguientemente, de la ciudadanía de a pie, a propósito de la política exterior española en particular y de las cuestiones geopolíticas en general, la percepción de riesgos y amenazas resulta ser de muy baja intensidad a escala social; a ello se agrega una superficial politización inducida por la crispación fomentada desde la irresponsabilidad política intencionada, en detrimento de una necesaria politización democrática sobre cuestiones tan importantes como las descritas.

Por otra parte, el poso moral ínsito en toda religión, en un país como España donde el catolicismo sigue siendo considerado institucionalmente como el credo más influyente, coadyuva a las resistencias señaladas. Las religiones suelen buscar aproximarse lo más posible al Derecho Natural, corpus axiológico y legal en el cual, la preservación de la vida ajena y propia suele constituir siempre un axioma.

De la estrategia

Todo lo dicho se orienta hacia la cuestión añadida planteada en el simposio sobre Seguridad y Defensa citado al comienzo de estas líneas: la conexión entre estos dos vectores sociales con la fundamentación de una conciencia estratégica. ¿Cuál sería el lugar de España en un mundo tan aceleradamente cambiante como el que vivimos?, se planteaba Eugenia Hernández, organizadora del evento. La conciencia estratégica se refiere a la definición de los intereses estatales de España a largo plazo. Enjundioso tema necesitado de un debate específico más desarrollado, sí cabe decir sin embargo que hoy, la lucha por la hegemonía militar de las superpotencias se aproxima a su consunción. Y ello se ha puesto de manifiesto recientemente con lo sucedido en Afganistán tras un torrente de indicadores que así permiten preludiarla. Si bien las confrontaciones interestatales parecieran ser inevitables, con certeza adquirirán otras formas diferidas no militarizadas al modo tradicional: serán de tipo tecnológico y comercial.

Pero, sobre todo, en un horizonte no muy lejano, ya que los retos crecen y urge atajarlos, España podría desempeñar un papel destacado en el desarrollo de una misión arbitral de enorme calado político, vital y ético: desde la experiencia de un veterano país que ha desempeñado un papel histórico innegable, tal misión consistiría en pugnar con la palabra, la solidaridad y el ejemplo por persuadir a las grandes potencias de que los riesgos y amenazas que se cierne hoy sobre nuestro mundo son de nuevo cuño, microscópicos y macro-cósmicos, es decir patógenos pandémicos y cambios climáticos y medioambientales de inducción no solo antrópica.

Dentro de una Europa transformada en clave social y democrática, dotada de un contundente poderío económico, cultural y civilizacional, la misión estratégica de España podría ser la de aventar internacionalmente la importancia de los nuevos e inquietantes desafíos. Desde tal tarea, se instaría a concentrar los valiosos recursos humanos y los copiosos ingenios materiales que se emplean –y a menudo se dispendian- en las costosísimas luchas inter-hegemónicas, para destinarlos a conjurar las nuevas amenazas que, por su virulencia, ponen en peligro la perpetuación de la estirpe humana sobre nuestro Planeta. Tal misión, asentada en una Cultura de la Defensa transformada en una defensa de la Cultura democrática en línea con la ya emprendida, permitiría revitalizar los mimbres del desarrollo del derecho de Gentes con los que algunas mentes privilegiadas de nuestro país trenzaron, ya en el siglo XVI, las bases de la convivencia internacional y el entendimiento entre los pueblos de nuestro atribulado mundo.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.