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EL PERIÓDICO
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Esa es la cuestión


Ser tolerantes con los intolerantes o no. Es el dilema irresoluble desde el origen de los tiempos. El “se prohíbe prohibir” de toda la vida. En la experiencia histórica ser tolerante con los intolerantes es una posición extremadamente débil e inestable que termina siendo sobrepasada. Pero ser intolerante con los intolerantes es destruir aquello que te hacía diferente. Ya sabe aquello de terminar siendo y haciendo aquello que odia en los demás.

Pongamos ejemplo en el control patriarcal de la mujer en determinadas culturas: la ablación, el castigo corporal, la muerte como castigo por ser violadas, el matrimonio de niñas y todo lo que ya sabe sobradamente. Aquí la pregunta ¿usted es tolerante con los que practican dicha forma de dominación o siente el deseo de acudir al rescate? El dilema sin embargo trasciende el caso particular. Cada cual tiene sus creencias y la idea de que unas son superiores a otras es una opinión. Cierto es que mantenemos el pensamiento que la libertad, la igualdad y la solidaridad nos hace mejores. En esencia esa creencia es una ideología. Una ideología que se reconoce como tal de forma que puede aportar todas las razones que desee pero al final: es en lo que se cree. Incluso sin necesidad de pensarse superiores, simplemente se cree en algo diferente que, evidentemente, pensamos más justo.

Otros piensan que el sometimiento a la autoridad de la tradición y la religión les hace superiores. En definitiva, otra ideología. Nosotros los valoramos como intolerantes, tal y como ellos nos perciben en reciprocidad. La pregunta desde el otro lado es ¿cuál es la razón para imponernos pensar que la mujer es igual al hombre? Por eso, cuando sentimos (es una emoción racionalizada) que se debe terminar con la injusticia de discriminar y torturar a la mujer aunque su cultura o religión lo crea correcto, ciertamente ejercemos una forma de intolerancia. No se puede combatir desde la tolerancia al intolerante, pero un tolerante intolerante desintegra sus propias creencias y pasa rápidamente a la categoría de conquistador, colonizador y llámelo como quiera. Al final, la intolerancia contra la intolerancia se reduce a una cuestión de autopercepción de supremacía moral e ideológica. En el mundo colonial, civilizar al salvaje.

Un discurso que arropó ideológicamente la expansión del poder de los Estados Unidos: llevar al democracia a todos lados y su predominio en el mercado internacional con ella. Tras abandonar Afganistán los titulares dicen que los Estados Unidos van a dejar de ser el gendarme del mundo. Dicho en plata, ha decidido que sus negocios se pueden hacer sin imponer valores occidentales. Cada sociedad que lleve su carga, incluidos ellos mismos. En un marco territorial, la Unión Europea ya adoptó hace lustros la posición de intolerancia con los intolerantes en nuestras sociedades. Son las luchas contra el velo en Francia, los matrimonios forzosos, la ablación y cualquier forma de expresión de sojuzgamiento de la mujer, estableciendo que el multiculturalismo tiene sus límites en los derechos y libertades vigentes en el país en el que se vive. Y hacia afuera, en Europa lamentamos el dolor ajeno pero establecemos barreras físicas y mentales a los que huyen buscando refugio. Y nada más. Una vez en marcha, los populismos, nacionalismos y cualquier fanatismo se hace con el discurso de lo deseable. Cuando la tolerancia se vuelve intolerante son los intolerantes (fanáticos) los que ocupan la palestra incluso en sociedades autodefinidas como tolerantes. Es su hábitat natural. El auge de los populismos en las sociedades europeas son la consecuencia de la paradoja del nunca digas nunca. Y ya no es solo el pensamiento ilustrado tolerante el que muta en pensamiento intolerante al enfrentar a la religión intolerante. Es la religión intolerante la que se enfrenta, nuevamente, así misma.

Piensen en un estado teocrático en el que las mujeres llevan cubierto el cabello, ocultas tras túnicas y obligadas a vestir al gusto de los hombres. Sometidas a ellos y discriminadas en todos los aspectos. Hombres con túnicas que viven bajo una estricta jerarquía. Además, intentan influir en el mundo y obligar a las sociedades a vivir bajo sus directrices morales. Presionando a los partidos y las democracias para evitar que las personas decidan y obligarlas a su voluntad. ¿Hablamos de talibanes? No, hablamos del Estado Vaticano, el reino de los católicos. El poder en la tierra al que rinden pleitesía nuestros patriotas más intensos. Los intolerantes en casa propia, tan peligrosos como los intolerantes en casa ajena. En definitiva, algo así como “odia al talibán pero ama al cura”, aunque cada uno a su manera persiga y defienda lo mismo. Siendo difícil ser tolerante con los intolerantes, solo quedan los intolerantes propios y ajenos.

El conflicto entre tolerancia e intolerancia es otro de los cerrojos del futuro que continúan ignorados. Entre el optimismo evolucionista de Durkheim y el voluntarismo racional de Marx, el examen de la historia se decanta por Weber. Estamos atrapados en unos conflictos esenciales irresolubles desde dentro de las sociedades, donde (por ejemplo) las vertebraciones identitarias entre exogrupos y endogrupos abocan irremediablemente a la intolerancia. Y que más da la inteligencia artificial o los desarrollos tecnológicos si la mano que mueve la palanca siempre repite el mismo gesto. Por ello comienzo a pensar que la obsesión por la vida inteligente extraterrestre es un deseo latente de escapar de esta trampa etológica (instintos) y cultural (ideológica) en la que el autodenominado ser humano (como algo positivo) se encuentra atrapado desde hace milenios. Culturalmente solamente sabemos diferenciarnos para después enfrentarnos intentando imponer nuestra creencia, ya sea en el pasado, el presente o el futuro. Atrapados en una paradoja sin salida: como la tolerancia puede imponerse contra la intolerancia sin convertirse en una insoportable intolerancia. Es decir, puedes mandar con turbante o sombrero bombín, que “aunque la dominación se vista de seda, dominación se queda” (Weber dixit). Al parecer la dialéctica era un deseo tan maravilloso como irrealizable: la “síntesis” al final solo es el nombre que recibe la intolerancia superviviente.

Catedrático de Sociología Matemática.