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EL PERIÓDICO
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Entre el estupor y la impudicia


“Cuando la arbitrariedad y la ilegalidad se atreven a levantar la cabeza con insolencia e impudicia, es siempre un signo seguro de que los llamados a defender la ley no han cumplido con su deber”.

Rudolf von Jering

Muchas voces se están preguntando sobre la escasa respuesta ciudadana ante los exabruptos de una ultraderecha exacerbada. Podríamos recordar que el estupor es “el estado de inconsciencia parcial caracterizado por una disminución de la actividad de las funciones mentales y físicas y de la capacidad de respuesta a los estímulos”. Lógico cuadro colectivo, si estimamos las conductas de una pandilla de mediocres que creen tener el presunto cometido de reservar el privilegio del poder a ciertas élites que, por cierto, son francamente mejorables.

Entre broncas repletas de insultos de escaso fundamento los dirigentes de la oposición transitan entre el ridículo y la ignorancia. Solicitan la dimisión del ejecutivo de coalición, como si el sólo aval de los grupos religiosos fundamentalistas y una parte no menor de militares nostálgicos, fuera suficiente para lograr su propósito. No aportan una sola idea coherente para afrontar las dificultades de nuestro país.

Mucha prensa anclada a épocas de aquel poder de influencia, hoy venido a menos, siguen machacando con mensajes que no mencionan la profunda corrupción de esa ultraderecha. Muy al contrario, sus editoriales siguen desorientados ante la ausencia de la escena del vicepresidente segundo. Víctima propiciatoria. Entonces, procuran impúdicamente justificar las diatribas de Casado, Arrimadas y Abascal, porque reconocen que los fondos europeos se les escaparán de las redes de amiguismo e influencia. Ese escenario les hace sentirse vulnerables. Europa controlará el uso y finalidad de tales recursos.

El escenario judicial no es más tranquilizador. Su interpretación de la legalidad, en muchos casos fuera de época, puede apreciarse como más cercana a creencias de dogmas religiosos, que ajustada a la sociedad democrática que le da cobijo, y la legitima, para que proteja el bien común. Este panorama tiene lógica si se atiende a la desactualización de su órgano más representativo, como es el Consejo General del Poder Judicial. La cooptación institucional es un riesgo inaceptable en democracia, aunque haya sido la práctica más usual de la dictadura y sus secuelas.

Los procesos en marcha y los que terminaron en acuerdos más que discutibles entre el ministerio público y los acusados o condenados. Según voces respetadas, la progresiva prescripción de causas en relación directa a ciertas instrucciones, no parecen ajustarse a la debida justicia. Como tampoco la percepción de contraprestaciones entre magistrados y foros de grupos de interés lo es. La ejemplaridad no debe ausentarse del propósito general del Derecho. La ciudadanía observa estos hechos y podría concluir que constituyen un territorio en el que la impudicia está presente.

Es oportuno recordar que, habitualmente, la impudicia se relaciona a la obscenidad. A la ausencia de decoro. El impúdico no tiene recato, por lo cual se comporta sin ningún tipo de mesura. No sería aceptable admitir esa relación de estupefacción de la población por el comportamiento de una oposición que no merece España, y un clima de impudicia en materia del cumplimiento igualitario de la ley.

A menos que no estemos en democracia, claro.

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.