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EL PERIÓDICO
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La pertinaz práctica de la mentira


“Pero no es fácil dar a los pueblos las pasiones y la información que los gobiernos adormecen y secuestran. Porque la tranquilidad política y el orden público, tal como son procurados, son medios disuasorios de la voluntad de hacer de los administrados que la voluntad de poder de los administradores emplea para mantener la situación que los privilegia.”

Antonio García-Trevijano

“La Gran Mentira”

Nuestra época ha sido el siglo de oro de la mentira política, y también la del desenmascaramiento y del debate de la misma. Aunque también de la conciencia de la incapacidad de combatirla. Vivimos tiempos de ficciones. Del ocaso de las virtudes. Del triunfo de los mentirosos.

En la introducción al “Arte de la Mentira Política”, de autoría probable atribuida a John Arbuthnot más que a Jonathan Swift, Jean-Jacques Courtine nos ofrece una serie de consideraciones acerca del tema. El autor condena la extravagancia de los partidos por tener entre sus filas, con el propósito de que difundan mentiras, “a los hombres más viles y a los genios más miserables”. Courtine lo escribió en la segunda edición del 2009, “en el siglo XX la mentira entró en la fase de producción y del consumo masivo, es hoy día electrónica, instantánea, global; el producto de una organización racional y de una rigurosa división del trabajo. Un artículo estandarizado y uniforme es elaborado por disciplinados grupos de trabajadores”. Nos queda el consuelo que, al final de la obra, el mismo Swift, o Arbuthnot, dirá: “La verdad, aunque a veces tarde, termina prevaleciendo”.

La ciudadanía que mantiene a este país y los militantes leales que sostienen a sus dirigentes no se merecen que les mientan más ¿no creen? Las encuestas comienzan a resultar menos favorables al presidente del gobierno. Gracias a las servidumbres de las puertas giratorias, para la vuelta de las vacaciones los bolsillos de los españoles estarán aún más vacíos. La voracidad de las eléctricas y la banca se impone por sobre el interés general. El invierno será terrible por la pobreza energética. Eso indigna.

Las dilaciones son una negligencia o, más apropiadamente, una mentira para mantener el statu quo. En alguna medida, a juzgar por la efectividad de sus acciones, un gobierno con una oposición tan dominada por la religión y sus grupos económicos, sumada a la de los Page, Díaz, Lambán y Vara, probablemente se sientan cómodos en aplicar la mentira religiosa al campo de la política. Para estos, la Verdad está en la fe. Aunque los hechos la contradigan.

Los dependientes siguen sin la asistencia prometida y la pobreza infantil se manifiesta de modo oprobioso. Tal vez ese comportamiento sea debido a que la creencia profunda “en creer lo que no se ve”. Es la esencia de la mentira política. De los gobiernos dogmáticos. También de los totalitarios. Todos hacen un uso abusivo de ella. No se inmutan al desmentir lo evidente. Confían en que las personas persistan en su hábito arraigado de votarlos a pesar de todo. Creen en lo que no ven. Pero no importa. Los familiares de las víctimas de las residencias, como aquellos del metro de Valencia o las del tren Alvia, a quienes mintió el gobierno, siguen solas reclamando justicia. Ya no parecen noticia.

El PSOE, a través de su actual equipo dirigente, es un caso impecable de contumacia en las creencias falaces. El viejo dilema entre libertades civiles y ausencia de libertad política. Su ala neoliberal sigue pertinaz en la mentira.

Sabido es reconocer que resulta tan complicado lograr la creencia en una verdad contrastable, como simple es conseguir que la mentira política se adhiera en la piel de una sociedad. El resultado de las elecciones que llevaron al candidato Sánchez a la Moncloa tuvo su recorrido en el convencimiento de la mayoría de sus votantes de que formaría inmediatamente un gobierno de izquierdas que cambiase la vida de las gentes se acerca a la victoria de Ayuso. Además de la desilusión de los que creyeron en esa mentira a la hora de votar. Ahora resulta que desde la cúpula del Estado parecen compartir preocupación con la derecha radical. Siguen soñando con el bipartidismo. Pues no es igual un modelo que otro. Lo diga quién lo diga.

Al Relato Oficial le venían dando buenos réditos los estudios demoscópicos. Por ejemplo, los votantes de Madrid parecieron preferir más las mentiras que las verdades incómodas. Sus votantes no reconocerán fácilmente que se han equivocado. Qué buena parte de las penurias que sufren se derivan de aquel voto. Los estrategas del arte de la mentira lo saben.

También es cierto que la gente es egoísta. Pese a que en estas épocas se hayan rescatado valores humanos esenciales como la solidaridad. Las personas tienden a comprar, como si de timadores se tratase, unas promesas con la íntima convicción de que la van a estafar. Y vuelven a reincidir. Sería, como esa propensión a justificar el maltrato psicológico que ponen de manifiesto muchas víctimas. Les conceden a sus victimarios una posibilidad más de redención pese al castigo recibido. Pero, este contexto, no es exclusivo de la militancia del PP ni del PSOE. Este, a través de su actual equipo dirigente, es un caso impecable de contumacia en las creencias falaces. El viejo dilema entre libertades civiles y ausencia de libertad política.

La Transición se basó en ello. A juzgar por los trabajos de investigadores, analista y periodistas, el bipartidismo consolidó la mentira oficial. Este equilibrio se acaba de romper. Ya no son dos las marcas de referencia electoral. Las hipótesis de conflicto de la Transición se han desvanecido. De allí la desorientación. Estos pactos. Que satisficieron a los protagonistas de la post transición. Están dejando a la consideración pública las costuras del “arte de mentir”. A la ciudadanía se la exime. Se merece que le mientan.

Trabajemos y confiemos que no se cumpla su propósito.

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.