EDICIÓN EN DÍAS LABORABLES:    ESP    |   EUR    |   AME   |   CAT
⮕ APÓYANOS

Ojo por diente, más allá del Talión


(Tiempo de lectura: 5 - 10 minutos)

La Política es una armoniosa ecuación entre el poder de la fuerza y la Ética. Si de las prácticas políticas desaparece la Ética, la política se reduce a mera fuerza bruta. Igual axioma debe aplicarse en la arena política internacional. Vemos que, en ella, un primer ministro en funciones, Benjamín Netanyahu, ha desencadenado una atroz matanza entre el pueblo de Palestina. Pretexta el lanzamiento contra territorio israelí de cohetes desde la Franja de Gaza por parte de la organización islamista Hamas. Y ha enviado a la aviación israelí para, desde una salvaje asimetría, castigar a los responsables de los disparos de cohetes en los cuerpos indefensos de la población civil palestina, allí cercada.

Netanyahu parece distraer así el hartazgo popular contra su errática política y eludir, de paso, la acción de la Justicia, que le acusa de corrupción. Su capricho político, fruto de su debilidad, tiene un precio inhumano: se cuentan ya en casi dos centenares los muertos civiles -más de la cuarta parte de ellos niños de corta edad, bebés incluidos y mujeres-, materialmente abrasados y aniquilados bajo los proyectiles de los 200 bombarderos de la aviación israelí que han arrasado amplias zonas de los 360 kilómetros cuadrados del territorio gazatí. El balance de víctimas palestinas, como de costumbre es, por lo menos, diez veces superior al causado entre la población israelí por los cohetes de Hamas. La protesta internacional contra los bombardeos es ya un clamor.

En Gaza malvive, sobrevive y perece una parte sustancial del pueblo palestino; hasta dos millones de seres humanos permanecen allí confinados en un prieto perímetro cercado por muros electrificados de cuatro metros de altura. A su espalda, solo queda el mar. La precaria vida cotidiana palestina se ve sometida a incesantes restricciones de suministros básicos para la vida del pueblo, bastimentos y víveres controlados desde Israel. Expoliado de sus tierras hace ya 70 años y condenado a optar obligadamente entre exilio o una vida de privaciones y humillaciones sin cuento en Gaza y territorios ocupados, tal es la expectativa vital en la que languidece el pueblo palestino.

La desesperación desquicia desde entonces a políticos, activistas y jóvenes palestinos, algunos de los cuales recurrieron por su parte a la lucha armada y al terror para enfrentarse al dictado de los dirigentes militares y civiles israelíes, compartiendo en dosis distintas, por su proporción, un propósito mutuamente aniquilante y a cualquier precio; precio cuyo pago recae y recayó en mayor medida siempre, como ahora, sobre el indefenso pueblo de Palestina.

Contra él opera también hoy, como desde hace décadas, un ejército armado hasta los dientes por Estados Unidos, que hostiga a la población palestina sin miramientos y se comporta en la práctica como una fuerza de ocupación, transgresora reiterada de la legislación internacional. Pese a ello, a sus vengativas y en ocasiones criminales acciones, nadie, ni dentro ni fuera de Israel, parece atreverse a poner freno. Por ello, políticos amorales y sin escrúpulos como Netanyahu adulan, aleccionan y alientan al Ejército para que cruelmente las aplique de manera tan desproporcionada como acostumbra hacerlo. Contra todo sentido común, el primer ministro israelí en funciones suplanta la voluntad de paz del pueblo de Israel, históricamente tan martirizado y perseguido, y lo mantiene fatigado y convertido en rehén de su capricho: el de un político arrogante, irresponsable y sin escrúpulos, dispuesto a todo con tal de conservar un poder que poco a poco va dejando de pertenecerle.

La existencia de numerosos y plurales partidos, incluso una minoría árabe, en la Knèset, Parlamento israelí, pareciera otorgar al régimen israelí la condición de democrático; pero, si bien la cultura cívica dominante en Israel permite identificar pautas sociológicas, incluso institucionales, propias de una sociedad democrática, en realidad, es hoy un Estado confesionalizado en una clave fundamentalista bíblica que, por otra parte, somete a su sociedad a una militarización incesante. Se ve asimismo sujeta al arbitrio de un ejército cuya trayectoria muestra una evidente lejanía de cualquier control democrático efectivo. Opera a su aire, un aire de arrogancia, crueldad e irresponsabilidad frente a la sociedad civil palestina, cuya resistencia también pacífica, humanamente comprensible, parece confundir global e intencionalmente con el activismo terrorista. Y enciende la llama de la guerra en el Próximo Oriente –y la inestabilidad en el mundo- cada vez que, por incompetencia propia o por un malsano hiper-protagonismo, ese Ejército, en vez de aplicar medidas, que debieran ser estrictamente policiales, para desarticular y truncar esas lluvias esporádicas de cohetes, las autoridades militares del Tsahal optan por escalar desde cada uno de esos episodios hasta convertirlo en casus belli, en guerra abierta, poniendo así en ignición no solo Israel y Palestina, sino el Oriente Próximo entero y al mundo al borde de una conflicto generalizado. La desproporción, asimetría y desmesura de cada incidente trepa hasta quedar así exponencialmente multiplicada.

Fue en el horror del genocidio antijudío desatado en la Segunda Guerra Mundial donde enraíza gran parte de la conducta desviada y desnortada de numerosos políticos israelíes, cuyo titular actual aúna en sí todos los errores de sus predecesores, sin ninguna de las virtudes que, también y en otros ámbitos de su actividad, les caracterizaron. El atroz exterminio contra el pueblo judío ejecutado por el hitlerismo, condenado por todas las gentes de buena voluntad, fue uno de los episodios más abyectos, sangrientos y vergonzosos de la historia de la Humanidad. El Holocausto se convirtió en una de las referencias más expresivas del Horror y del Mal, concebidos ambos en términos absolutos.

Empero, aquel pueblo judío, martirizado y dolorido, se rehízo –cuando, como y cuanto pudo- de los sufrimientos causados por el nazismo. Pero no siempre los superó. En consecuencia, pasó a ocupar en la escena internacional una posición de atribulada víctima, digna de solidaridad, apoyo y de aliento. Se granjeó un carisma moral de afecto y adhesión extendido por la comunidad internacional. Compartir el dolor del pueblo judío fue, no solo en Occidente, sino en buena parte del mundo, una seña de identidad moral de cada ser humano que se dignara definirse como tal. Apoyos no les faltaron entre las gentes de bien, sociedades virtuosas y Gobiernos bienintencionados.

Vicisitudes históricas posteriores y explicables determinaron el nacimiento del Estado de Israel. Surgido políticamente en condiciones anómalas, por apremiantes demandas psicosociales consecutivas a la fuga del horror vivido en los campos de exterminio, la sociedad internacional, movida por un sentimiento compasivo, cuando no de culpa, comenzó a hacer la vista gorda a una serie de obvias transgresiones de la ley internacional por parte israelí que adquirirían con el tiempo una dimensión oprobiosa para el pueblo que habitaba Palestina: engañosas compras de tierras, presiones ilegales, matonismo de distinta especie, fueron combinados con acciones armadas muy violentas, incluso con terrorismo colonizador; asentaron pues un Estado incardinado entre un vecindario árabe que lo consideró siempre ilegítimo, por su origen expropiador.

Empero, dado el sufrimiento atravesado por el pueblo judío, el mundo alejó la mirada sobre lo que allí se estaba gestando –la erradicación violenta de una parte considerable del pueblo palestino de sus tierras ancestrales-. Surgió así uno de los escenarios de conflictividad, inestabilidad y guerra más permanente y dramático de todo el Planeta.

Anhelos, horrores pasados y sueños futuros en una tierra promisoria habían insuflado a los judíos una idea estatal determinada, formalmente adscrita a la democracia, con un sano impulso socializante. Allí, en Palestina, judíos de todo el mundo habían decidido instalarse huyendo de su propio y forzado éxodo, tras numerosas persecuciones a lo largo de su atribulada historia. Frente a un pueblo judío agotado, anhelante de paz tras las matanzas y exilios históricos, muchos de sus políticos reeditaron contra sus vecinos árabes y los habitantes originarios de Palestina aquellas pesadillas suyas, con creciente crueldad. Una espiral de hostilidades mutuas sin cuento, terrorismo anti-israelí y guerras de aniquilación acabaron por torcer las hondas raíces de aquel bíblico sueño milenario de regreso a la Tierra Prometida. Fue entonces cuando algunos líderes políticos de Israel transformaron a su antojo aquella solidaridad mundial, compasiva y solidaria, en una especie de carta blanca de impunidad para perpetrar y aplicar reiteradas exacciones, incluso crímenes, contra el pueblo palestino.

Derecho Internacional ignorado

La comunidad internacional, a través de Naciones Unidas, comenzó a plantear críticas, primero amistosas, luego firmes y, a la postre, contundentes, a Israel. Lo hacía por ignorar las autoridades del naciente régimen el Derecho Internacional, que comenzó a vulnerar desde fechas cercanas al día de su constitución como Estado, en la primavera de 1948. Para desmontar esas críticas a la exacciones de sucesivos Gobiernos contra palestinos y pueblos árabes, algunas autoridades israelíes intentaron, y lo consiguieron durante décadas, administrar un sentimiento de culpa expandido desde Israel urbi et orbi, tratando de convertir prácticamente a los Estados del mundo en corresponsables de sus desdichas, señaladamente el Holocausto. La administración de la culpa es fuente de una potente forma de poder, como bien se sabe en algunos confesionarios, en divanes de psicoanalistas o en entidades inquisitoriales de todo tipo. Pero aquella culpa por el racismo exterminador correspondió real y directamente a los líderes nazis y fascistas que asolaron Europa con sus crímenes: crímenes del nazifascismo que, junto a los seis millones de judíos aniquilados por Hitler, afectaron, asimismo, a decenas de miles de comunistas, socialistas, gitanos y enfermos mentales europeos, en numerosos campos de exterminio, por el mero hecho de sus ideario o el color de su piel.

Benjamín Netanyahu no representa a todo Israel. Muchos jóvenes israelíes están hartos de que su Gobierno concite la animadversión mundial; se avergüenzan de su primer ministro, de su belicismo despiadado y detestan la militarización de sus vidas, obligados por él a prestarse a ocupar, hostigar y escarmentar a otros seres humanos, los palestinos, que pugnan por vivir con una dignidad semejante a la suya que, sin embargo, se les hurta. El pueblo de Israel tiene derecho a vivir en paz y en buena vecindad con sus vecinos. Y tiene asimismo derecho a mantener vivo el afecto de cuantos siguen conmovidos con él por aquel Holocausto, deseosos de ver que Israel no reproduce vengativamente lo que se perpetró tan inhumanamente contra millones de sus hijos. La ley del talión, Ojo por ojo, diente por diente, muta en sus manos por la del Ojo por diente: “si rompes un diente a Netanyahu, él te sacará un ojo”. El primer ministro israelí en funciones, no puede seguir poniendo en riesgo de desaparición el capital de afecto hacia su pueblo.

Por su parte, Estados Unidos no debe seguir cosechando la enemistad de medio mundo por la arrogancia de líderes políticos amorales, como Netanyahu, que le comprometen al escudarse en el poderío militar de Washington para amparar sus desmanes. Triste e inquietante el hecho de que los apoyos de Donald Trump y de Joe Biden a Netanyahu sean prácticamente los mismos, como entre ambos nada hubiera cambiado.

Capítulo aparte merecen numerosos dirigentes árabes de dentro y fuera de Palestina. La caótica confrontación entre la Autoridad Nacional y Hamás por la hegemonía, con enfrentamientos incluso a tiros entre ellos, implica una permanente y vergonzosa afrenta a su propio pueblo, indefenso ante su desunión bajo el poder abrumador de los bombarderos.

Lo mismo que The Beatles pedían a Jude que no tuviera nunca miedo, cantaron también sobre la necesidad de dar una oportunidad a la paz (*). ¿A qué esperan la mejor gente de Israel y la mejor gente de Palestina a asumir su responsabilidad para emprender un nuevo y prometedor camino hacia la paz? Las gentes de bien del mundo entero, conmovidas hoy por el drama palestino y con el recuerdo siempre vivo del Holocausto, lo están deseando.

(*) Hey Jude y Give peace a chance son dos títulos de John Lennon y Paul McCartney, editados en agosto de 1968 y junio de 1969, respectivamente. Este segundo título, reeditado en 1990, se atribuyó únicamente a John Lennon.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.


EL TIEMPO

GUÍA TV

CARTELERA

CINE EN CASA

PASATIEMPOS

SORTEOS

Necesitamos tu apoyo económico para hacer
un periodismo fiable y con valores sociales

PERIODISMO DE DATOS

El periodismo independiente necesita el apoyo de sus lectores y lectoras para garantizar que los contenidos incómodos que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. Si compartes estas preocupaciones y si valoras la labor de un medio libre que se atreve a plantearlas, apóyanos ahora.

PREGUNTAS FRECUENTES

¿Por qué es importante tu aportación?

Tu contribución nos permitirá seguir publicando información esencial e independiente que podrás disfrutar de forma gratuita sin muros de ningún tipo.


¿Si tengo algún problema en mi transacción?

Escribe a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.