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De la autocrítica


El Secretario de Organización del PSOE, José Luis Abalos. El Secretario de Organización del PSOE, José Luis Abalos.

En Política, la autocrítica es una práctica desarrollada en el ámbito de la izquierda. Obedece al propósito, democrático, de rendir cuentas ante el grupo de adscripción, los electores o la sociedad, de los actos políticos que han resultado ser fallidos, por error u omisión de quien los decidió u omitió. Su ejercicio tiene por objeto la enmienda de la actividad errónea, más el cambio de rumbo al respecto. Si quien se somete a autocrítica persuade a sus destinatarios de la comprensión del error cometido y de su propósito de enmienda, podrá eludir la desfavorable sanción política correspondiente. Si no, recibirá un correctivo por parte del grupo ante el que presenta su rendición de cuentas. Puede acarrear, incluso, la expulsión del cargo o de la organización concernida.

La autocrítica no es propiamente una justificación de los actos políticos u omisiones de un individuo o grupo; más bien, implica la asunción inicial de un error o desviación que se pretende enmendar. Asimismo, servirá para reafirmar la primacía de lo social y del control colectivo sobre la actividad política individual de quien decide. Muchas personas suelen ver y juzgar más y mejor que un solo individuo, viene a ser la moraleja.

La práctica de la autocrítica se produce siempre después de la decisión política sometida a escrutinio. Previo a la decisión vendría su debate. Si, antes de decidir, no ha habido debate, la autocrítica será con toda probabilidad su consecuencia inevitable; eso sí, dentro de organizaciones o colectivos que se mueven por el principio democrático que otorga el poder a la mayoría, con respeto hacia la minoría. En una palabra, el comportamiento autocrítico es expresión de la demanda ética de responsabilidad que, como cabal contrapeso a la necesaria libertad, demanda todo quehacer político.

La izquierda en el banquillo

Vayamos al grano. Hoy la autocrítica se ha convertido en una imperiosa necesidad a la hora de enmendar los errores cometidos por la izquierda madrileña en las recientes elecciones regionales al gobierno de la Comunidad de Madrid. La derrota electoral, que pide a voces una profunda autocrítica, ha sido considerada desastrosa; pero no solo por parte de tal o cual líder político; sino, sobre todo porque, muy probablemente, va a resultar de consecuencias catastróficas para el conjunto de una ciudadanía madrileña, a la que muchos consideran a partir de ahora indefensa. La indefensión sobrevendrá frente a los presumibles efectos demoledores que le va a acarrear el resultado de su voto mayoritario, en lo que concierne a la previsible degradación de la calidad de la vida democrática madrileña: señaladamente a sus servicios públicos, Sanidad, Educación y Cultura, amén de las predecibles prácticas económico-financieras del Partido Popular madrileño, ya tristemente conocidas en los tribunales. Y todo ello habida cuenta de la tradición depredadora-privatizadora de los bienes públicos mostrada por parte de la derecha madrileña en el cuarto de siglo que lleva gobernando la Comunidad de Madrid.

El PSOE, no ha sabido combatir la truculencia y el simplismo descarnado y sin escrúpulos de una campaña electoral de la derecha que, en plena pandemia mortal, en día laborable, en la cuasi imposibilidad de realizar mítines públicos, con apenas tres horas de debates televisados y con una huidiza comparecencia de la candidata derechista, se ha alzado con un triunfo tan evidente y rotundo como sustancialmente engañoso, precedido por los arteros artificios que lo han propiciado.

Frente a los supuestos aciertos de la derecha, los principales errores políticos, de visión, de táctica y de estrategia, han estado en el campo de la izquierda, a quien corresponde dar cuenta de ellos. La hecatombe venía precedida por la ausencia de debate y por la Prensa progresista afín a la izquierda, que no ha hecho más que exaltar las ocurrencias de una candidata a la que generalmente ha considerado sin luces, además de caricaturizable; ella es de esas figuras que “dan titulares”, se pensaba en las Redacciones, marioneta asimismo de gentes arteras y sin principios duchas en la manipulación.

Pero los responsables políticos de la izquierda, al rebufo seguidista de los medios, han olvidado una evidencia reiterada: la derecha apuesta fuertemente por dotar a sus candidatos y desde las bambalinas de gentes bien pagadas, duchas para la drea electoral sin hacer ascos al empleo de métodos manipuladores, amorales, arteros, de cualquier otro tipo pero siempre sucios. El vale todo ha sido la perenne divisa de la derecha desde que la izquierda le arrebata y retiene cualquier cuota de poder, como es el caso del primer Gobierno de coalición en la reciente historia democrática española, que aplica políticas sociales de izquierda. La foto de cada día, esto es, el programa electoral de la candidata de la derecha extrema -pues no ha presentado nada más-, era reiteradamente multiplicado por los medios en busca de una negatividad y una sorna que, tan paradójica como irresponsablemente, ha contribuido a magnificar, a naturalizar, la frivolidad de una candidatura cuyo programa era, precisamente, su propio retrato; eso sí, con un pie de foto firmado, un anagrama microscópico del PP –para no sugerir asociaciones peligrosas con su plana mayor ante los tribunales encausada por corrupción- y un par de palabras; en los barrios ricos, la palabra Seguridad; y en los barrios pobres, la palabra Libertad.

Angustia vivencial manipulada

Nadie puede imaginar, como destaca el joven sociólogo Gabriel Bayarri, la angustia vivida durante los pasados quince meses de pandemia por miles de familias y de [email protected] [email protected] sin apenas ingresos, que habitan en pisos de menos de 40 metros cuadrados de superficie; sin ventilación; ni terrazas; ni luz del sol; con ventanas únicamente a patios interiores; familias enteras hacinadas, heridas en ocasiones por la enfermedad y el paro, con los hijos y mayores en casa; sin autonomía personal; sin apenas intimidad; y con salarios, cuando los hay, a la baja por las crisis inducidas por los mentores de quienes han convocado elecciones como ésta. Condiciones de vida y habitabilidad injustas e inhumanas, surgidas por una política de vivienda, alquiler y desahucios aplicada a sangre y fuego por la derecha madrileña durante un cuarto de siglo al albur de la especulación inmobiliaria.

En medio de esta angustia, la palabra Libertad, agitada sin contexto alguno, ha sido un cruel señuelo para que muchos de los moradores de estas viviendas, la mayoría trabajadora y desempleada de Madrid, a la hora de acudir obligadamente a las urnas en una fecha tan peligrosa, antepusieran en su voto la pasión angustiada por salir apresuradamente de la pandemia frente al voto en busca de razones fundadas y estrategias solventes para poder erradicar el patógeno asesino. Era el bar frente al hospital. La obsesión por regresar a la taberna, solaz único al que se permiten acceder tantas gentes sin apenas recursos, les ha hecho dar su voto a sus verdugos: quienes reducen al mínimo las cuotas de viviendas sociales; los mismos que elevan los alquileres; fuerzan los desahucios; exigen sentencias injustas a los jueces; corrompen la política, degradan la democracia y son corrompidos por empresarios venales; devalúan la enseñanza pública o enaltecen la privada-concertada para que únicamente accedan a las mejores aulas quienes tienen recursos para hacerlo…enseñanza concertada, claro, para recibir dinero público pero excluir de las aulas a quienes tienen talento pero son pobres.

En cuanto a los moradores de los barrios ricos, el eslogan de Libertad les sobraba, porque ya gozan plenamente de ella; se la dan sus ingresos, su tren de vida y su autonomía existencial. Se trataba pues de impregnar la propaganda electoral dirigida a ellos excitando las pulsiones securitarias de los más ricos, agitando la consigna electoral de la Seguridad, como si el acceso de los socialistas o socialdemócratas al gobierno regional fuera a implicar la requisa del reloj de cada propietario. No olvidemos que el simplismo funciona siempre.

Cometido irrenunciable de la izquierda era el denunciar este perversión y dar la vuelta eficazmente al falaz eslogan. Pero no ha sido así. Por el contrario, buena parte de la izquierda ha entrado de cabeza a una pugna ideológica que, si no plenamente fuera de contexto –el neofascismo rampante no es ninguna broma-, sí ha sido erróneamente calibrada.

Tierra pública quemada

La clase dominante suele saber imponer sus ideas a las clases dominadas, otro axioma del comportamiento social observado en un Madrid despolitizado por la desertización educativa, acrítica y sumisa, que ha practicado la derecha en la Comunidad de Madrid en su política de tierra pública quemada durante el cuarto de siglo de imperio madrileño. Así, el espíritu crítico y rebelde ha desaparecido de muchas mentes jóvenes, en las cuales reside uno de los principales motores de la resistencia democrática frente a la impostura.

Tampoco ha sabido la candidatura socialista denunciar las retorsiones tan dañinas sobre la ciudadanía; ni ha conseguido llevar a los electores la idea de que la verdadera seguridad reside en la justicia social, fuente de cohesión y de felicidad pública. Claro que, como todos sabemos, la justicia en Madrid suele emitir en una longitud de onda en sintonía con los poderosos.

En Política, quien lleva la iniciativa, con toda probabilidad vence. La izquierda madrileña, señaladamente el PSOE y Unidos Podemos, ha ido a remolque de la iniciativa electoral de la derecha. Salvo en el caso de Más Madrid, que ha seguido una línea propia y ajustada centrada en la denuncia de la desastrosa gestión de la pandemia por parte de la candidata derechista, socialistas y UP han mostrado actitudes reactivas, casi nunca propositivas, que han puesto de manifiesto la interiorización de una desventaja previa e insuperable: desde las tardías mociones de censura, tras el anuncio electoral de la presidenta regional, hasta el combate ideológico en abstracto. Tal seguidismo ha resultado ser fatal. Error garrafal. Inadmisible en partidos políticamente tan fogueados y experimentados como el PSOE o en integrantes coaligados de Unidas Podemos.

El precio de la invisibilidad

Los candidatos presentados son, sin duda alguna, reos de autocrítica. El candidato socialista, invisible a lo largo de los dos años de mandato parlamentario regional, debutó en campaña con una boutade contra Pablo Iglesias. Callarse al respecto no le hubiera acarreado ningún contratiempo. Su rechazo inicial a gobernar con él –de espaldas a lo que sucedía en el Gobierno de la Nación- fue un jarro de agua fría que desinfló los ánimos unitarios existentes entre gentes de izquierda, confiadas en una victoria únicamente viable a condición de comparecer presencial o programáticamente integrada la izquierda ante las urnas. La declaración del candidato del PSOE abrió una brecha simbólica inquietante.

La ulterior corrección de tal afirmación por su parte, invitando a Pablo Iglesias a ganar conjuntamente los comicios, en vez de fortificar las posiciones de la izquierda, reveló la magnitud del error previo y puso de relieve la inconsistencia en el discurso y la confusión en los objetivos. La negativa a subir los impuestos a los ricos, que apenas tributan en Madrid, otro error garrafal, que arrebató a la izquierda socialista una de sus banderas, permitía pensar que los mentores de la campaña asocian –milagrosamente-, los beneficios empresariales a la automática creación de empleo. Se trata de una falacia muy extendida basada en una supuesta ingenuidad, cuando no incultura ideológica y económica, de muchos gurús, responsables prioritarios de la hecatombe sufrida. Hay expectación por saber si entre los gurús surgirá o no la autocrítica y sus consabidos efectos.

Ante tal debilidad evidente del candidato, la bajada a la arena electoral madrileña de Pedro Sánchez, orientada a fortificar el déficit electoral socialista, fortificó sin embargo a la candidata de la derecha, que veía así satisfecha su pertinaz obsesión por lidiar de tú a tú con el Presidente del Gobierno del Estado quien, no obstante, se retiró de la lid con premura.

En cuanto a Pablo Iglesias, no se sabe bien si fueron razones personales o motivos políticos los que determinaron su abandono del Ejecutivo y su salida a batallar por la causa antifascista, gesto de agradecer y que, con tanta pasión, defendió a ultranza. Cierto que tras la campaña, ha ganado 80.000 votos para Unidas Podemos y tres escaños más de los siete anteriores en la Asamblea de Madrid, consolidando la presencia parlamentaria y ahuyentando el riesgo de desaparición de UP en Madrid; pero no lo ha considerado suficiente y ha reconocido ser él mismo causa del rechazo y la polarización en su contra, con efectos expansivos hacia toda la izquierda. Su escisión, Más Madrid, le ganó ampliamente el pulso. Empero, retirarse ahora, de no mediar fuerza mayor como, por ejemplo, una quiebra anímica por el linchamiento inmisericorde sufrido desde su acceso a su vivienda o bien por una afección seria en su salud que explicara su retirada, es una medida que demanda autocrítica. Miles de votantes, decepcionados, van a verse desprovistos de su presencia en el combate parlamentario regional contra una derecha que pide a voces ser enjuiciada, criticada y controlada por su frívolas e irresponsables prácticas.

La autocrítica en política deja abierto no obstante un flanco a la reflexión. ¿Dónde queda el talento de aquellos líderes que ven -y van- más lejos que el resto, los que tienen el valor de oponerse a la mayoría y reafirmarse en sus convicciones? ¿La colegiación de las decisiones políticas, es garantía permanente de acierto o posible requisito para su fracaso? O, por el contrario, ¿es un paso inexorable hacia la burocratización, la ausencia de imaginación y la falta de creatividad en Política? ¿Qué papel corresponde al individuo y cuál es el que concierne al grupo, partido o sociedad? La duda queda en el aire.

Con todo, para errar sin remisión desde la izquierda, nada más adecuado que olvidar la experiencia, la historia de las luchas anteriores, la teoría para guiarlas y el debate, tras el examen minucioso del adversario. Todo este olvido se ha dado simultáneamente en Madrid en estas elecciones del 4 de mayo. La confusión calculada -o no- de los dirigentes políticos, de la derecha y de la izquierda, respectivamente, acentúa la confusión de los votantes. Eso es lo que en verdad ha sucedido ahora en las urnas madrileñas. La ciudadanía engañada y la decepcionada tienen derecho a pedir cuentas.

Una duda postrera. Vemos que la autocrítica de la izquierda se ha cobrado ya varias cabezas a las que se atribuye responsabilidad política por lo sucedido. ¿Habrá en las filas de la derecha algún dirigente con el coraje suficiente para exigir a sus pares que el fin no justifica los medios y demandarles una autocrítica moral por los procedimientos amorales, tan manipuladores y abyectos como los desplegados en la campaña electoral para conseguir esta ruidosa ventaja en las urnas?

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.