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EL PERIÓDICO
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La decisión de Madrid: los negocios antes que los derechos


El PP ha ganado por goleada las elecciones madrileñas y de paso se ha merendado a Ciudadanos, consiguiendo con ello su objetivo último de liderar la refundación de la derecha con sus hermanos separados de la extrema derecha.

En la época del populismo en pandemia, donde prevalece lo emocional sobre lo racional y las emociones y los afectos se suceden vertiginosamente como en una montaña rusa, sin llegar a consolidarse como sentimientos, Isabel Ayuso ha sabido liderar primero el rechazo a las restricciones del estado de alarma y ahora la seguridad y la esperanza de recuperación en el tramo final de la pandemia.

Después de sobreactuar todo lo posible en la gestión de la pandemia frente a las restricciones de salud pública del gobierno central, hay que reconocer que el PP ha sabido combinar la aspiración a la seguridad del gobierno en tiempos de incertidumbre, que el electorado ha premiado también en todas la convocatorias electorales habidas en la pandemia, una gobernabilidad que aparecía en riesgo con la amenaza de la moción de censura. Todo ello junto con la imagen de máxima defensora del comercio y la hostelería, y ante todo ha sabido conectar con la esperanza de la normalidad ante la que a diferencia de las anteriores elecciones de Galicia, Euskadi y Cataluña, hoy se siente como próxima salida de la pandemia. Por eso nadie, a pesar de las malas cifras de incidencia en Madrid, se ha planteado la suspensión o el aplazamiento electoral como sí ha ocurrido en las recientes elecciones catalanas.

En su última novela publicada, Andrea Camilleri nos muestra la sbsoluta necesidad y al tiempo las contradicciones en que pueden caer las llamadas redes de protección, más o menos regulares, en casos concretos como la discapacidad y el acoso escolar.

En las elecciones madrileñas, podemos concluir que la libertad entendida como libertad del mercado se ha impuesto a las redes de protección, en una extraña alianza con el negacionismo.

Y lo ha hecho en una Comunidad que se ha convertido, con la reciente crisis catalana, en el centro casi único de la actividad económica del país y en que la derecha ha logrado consolidar un modelo de desregulación fiscal e individualismo social y de consumo a lo largo de dos décadas y media en una indudable situación hegemónica.

Unas elecciones que en el trasfondo del antagonismo de la polarización ideológica, llevada hasta la exasperación por la agitación populista, aparecen nuevas dinámicas transversales acentuadas por la pandemia, tanto entre generaciones más y menos vulnerables como entre sectores sociales más o menos regulares y los más dinámicos y susceptibles de teletrabajo y asimismo entre sectores económicos más o menos afectados por la pandemia y las medidas de salud pública, unas generaciones y sectores que se han expresado más allá de la fidelidad de bloques ideológicos y afinidades políticas.

El PSOE, sin embargo, ha pagado el fiasco como consecuencia de haber jugado a aprendiz de brujo en Murcia, y sobre todo el ser asociado a las medidas restrictivas frente a la pandemia sin perfil propio en Madrid y su errática campaña electoral: al principio en busca del voto centrista perdido y al final sumándose al frente ante la amenaza del fascismo.

Unidas Podemos se ha consolidado como fuerza minoritaria en el Parlamento en el espacio sntesocupado por IU y al precio desproporcionado del sacrificio de Iglesias con su abandono de la política activa, y Más Madrid ha logrado un resultado excelente con Mónica García, por su labor de oposición parlamentaria en defensa de la sanidad y los servicios públicos y que seguramente tendrá consecuencias nacionales. En resumen, las elecciones madrileñas certifican la defunción del centro político populista que ya estaba herido de muerte antes de su desplome en las elecciones catalanas y el fiasco de la moción de censura de Murcia. El intento de Arrimadas de romper con la foto de Colón mediante el giro político de las prórrogas al estado de alarma y el intento fallido de negociación presupuestaria, han transmitido una imagen de bandazos y desorientación total que finalmente se ha rechazado en las urnas.

El abandono de Pablo Iglesias cierra una etapa que comenzó frente al régimen del 78 y la casta política y que ha terminado por un breve y accidentado tránsito por el gobierno de coalición y el sacrificio final para salvar la representación de Up en la asamblea madrileña.

La que se la jugaba hoy en Madrid era la señora Ayuso y ha ganado con holgura, llevándose por el camino a su competidor del centro derecha y asestando un duro golpe al PSOE y al gobierno central. Tenía un gobierno con un aliado incómodo, al que por otra parte no le hacía mucho caso, y se lo ha quitado de encima para encontrarse con su aliado natural en la refundación trumpista de la derecha.

La izquierda al parecer no tenía nada que perder y por tanto todo que ganar, pero ha salido derrotada. Solo ha ganado algo con la colaboración entre diferentes a la tradicional confrontación en la campaña. Sin embargo el resultado final debilita al conjunto de la izquierda en Madrid que se queda una vez más en la oposición, pero también al gobierno central con el desplome del PSOE, el abandono de la política activa de Pablo Iglesias y el sorpasso por parte de Más Madrid.

El triunfo de Más Madrid en la izquierda es difícil de separar del momento de la pandemia y su labor en la oposición, en que este partido y su candidata han liderado la estrategia de protección basada en la defensa de los servicios públicos frente a la anarquía de mercado del sálvese quien pueda abanderada por Ayuso. También habrá que ver en qué medida representa a nuevos sectores y una nueva cultura de izquierdas extrapolable a unas elecciones generales.

Madrid ha elegido entre dos modelos de gestión de lo público: abandonando de nuevo el que fortalece la sanidad, la educación y los servicios sociales públicos y por ello los derechos ciudadanos, y apoyando el que ha venido desarrollando la derecha mediante concesiones y privatizaciones. Un modelo que considera los servicios públicos ante todo como nichos de negocio y de beneficio privado.

También decidía si su gobierno se dedicaba a ejercer sus competencias y asumía las consiguientes responsabilidades, en particular en la gestión del estado del bienestar cooperando con otras administraciones, o bien si continúa instrumentalizando las instituciones madrileñas como buque insignia de una oposición intransigente por parte de la coalición de la derecha y la ultraderecha frente al gobierno de España, decantándose por esta última.

Además, el resultado electoral consolida los principales déficits en el nivel de calidad de la democracia española en Madrid, a tenor de las clasificaciones de entidades reconocidas, que no están en la libertad como han afirmado la Sra Ayuso y los independentistas, y que se encuentran por el contrario en las políticas de igualdad social y en la lucha contra la corrupción. Dos materias en las que queda mucho por hacer en Madrid.

Porque en materia de desigualdad y situaciones de pobreza y exclusión Madrid tiene una situación que no se compadece en absoluto con su nivel de riqueza. Una riqueza muy mal repartida, donde la administración autonómica ha abandonado los objetivos constitucionales de justicia y progresividad fiscal, para beneficiar al uno por ciento que posee el patrimonio y las rentas más altas.

Este mal reparto tiene su reflejo también en el alto nivel de fraude fiscal y corrupción política, así como en la extrema debilidad y privatización de los servicios públicos como la sanidad o la atención a mayores y discapacitados, que se han evidenciado trágicamente en los momentos más duros de la pandemia.

Un dato significativo es que antes de la pandemia la mitad de nuestros mayores ya no recibían visitas ni regalos en las fechas más señaladas.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.