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EL PERIÓDICO
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¿Para qué votar y no abstenerse?


“Una papeleta de voto es más fuerte que una bala de fusil”

(Abraham Lincoln)

Me hacen caer que algunos tenemos más elementos de juicio para no abstenernos en la enredada convocatoria electoral del 4 de mayo, pero que quizá no sea igual entre los mas jóvenes, quienes quizá incluso pueden votar por primera vez y se inclinen por no ir a las urnas como acto de protesta.

Yo tuve la fortuna de poder votar nada más cumplir los dieciocho. Nunca he dejado de hacerlo y acabo de votar por correo. Conocí una época en que no se podía votar. Sólo se ponían urnas para hacer plebiscitos de pacotilla, como el de los famosos veinticinco años de paz convocado por quien había ganado una guerra iniciada con su alzamiento.

La brecha entre nuestros problemas reales y el discurso de los políticos es tan descomunal que resulta comprensible la tentación para inhibirse. Qué más da. Si todos vienen a ser igual y sólo se ocupan de lo suyo sin tenernos en cuenta, dan ganas de pensar. Sin embargo, esto no es así.

Los que tenemos algo de memoria histórica en la mochila vital podemos comparar entre los historiales que ha dejado unas y otras formaciones políticas. Todas tienen sus lunares desde luego, pero se pueden decantar las tendencias. Tampoco es cierto que no haya políticos honestos, por mucho que su buen hacer no sea noticia y quede sepultado por las fechorías de los malandrines.

Sintetizando sobremanera cabría decir que hay dos modelos básicos. Uno apuesta por la esfera pública y entiende que nuestro marco de convivencia debe ofrecer unos mínimos esenciales para desarrollar nuestras capacidades, cuidarnos mutuamente y prosperar gracias a nuestro empeño, sin que otros tengan una descomunal ventaja para hacer otro tanto por sus orígenes o patrimonio familiar. A esto se le suele llamar pensamiento progresista y es partidario del Estado de bienestar.

El otro modelo prefiere poner su acento en la Iniciativa privada y exige que pueda verse desarrollada sin obstáculos. Entienden que cada cual debe triunfar por su cuenta y que la solidaridad puede costar muy cara. Son partidarios de rebajar impuestos y privatizar cualquier servicio público, con el pretexto de que así funcionarán mejor las cosas, obviando decir que así será únicamente para quien pueda pagárselas.

Estos últimos no dejan de incurrir e ciertas contradicciones. A través de la enseñanza concertada, pretenden cofinanciar con dinero público sus establecimientos privados, al tiempo que aspiran a mantener su propio ideario educativo, al margen de las directrices del Estado. Tampoco les parece mal que se pueda marcar una casilla para la Iglesia católica, pese a ser España un Estado aconfesional, donde no debería primarse indeterminado credo religioso, por mucha que fuera su influencia política durante la dictadura franquista.

Al margen de la dialéctica entre un pensamiento conservador y otro más progresista, las urnas permiten que se vayan alternando en el poder. Allí donde conservan el gobierno durante muchos años consecutivos, al margen de su signo político, el ambiente tiende a enrarecerse y afloran corrupciones tan estructúrales como sistemáticas.

Algunas formaciones de nuevo cuño han intentado recientemente romper con el bipartidismo. Esto era muy positivo en teoría, pero finalmente ha generado una parálisis institucional con múltiples disfunciones. La política de bloques hace honor a su nombre y bloquea las negociaciones más elementales, relativas a presupuestos o renovaciones de altas instancias instituciones.

Las anécdotas marcan una política que desatiende lo sustantivo y se olvida de sus representados. Los ciudadanos no parecen formar parte de sus ecuaciones e inquietudes. No se argumentan alternativas o críticas constructivas. Tan sólo hay lugar para las descalificaciones y los vetos.

Resultaría curioso que los votos en blanco dejaran escaños vacantes. Reflejaría el hartazgo de los votantes con respecto a las ofertas que se les hacen. Pero no tenemos esa opción. ¿Qué hacer entonces? No queda más remedio que informarnos. Comparar gestiones y programas, así como las trayectorias de sus líderes. Esto es mucho más ilustrativo que aferrarnos a una frase ingeniosa y ocurrente.

Siempre nos cabe optar por aquello que consideremos menos nocivo, aunque no sea la persona o el partido al que nos gustaría votar. Si no lo hacemos, estaremos permitiendo que quienes consideramos peores puedan gestionar nuestros asuntos y esta inhibición puede salirnos muy cara. Porque no todos van a comportarse igual y cabe pronosticar sus actuaciones haciendo balance de lo hecho, ya sea desde la oposición o en el gobierno.

Elijamos aquel talante y aquella trayectoria vital que nos inspire más confianza, más allá de la propaganda o los trucos del almendruco. Analicemos que hay más allá de lo dicho en un debate o en un minuto de oro. Comparemos lo que hayan hecho y aquello que se propongan hacer. ¿Quien es más dialogante y tiene mayor capacidad para fraguar acuerdos? Así podremos identificar las candidaturas que nos resultan más afines o, mejor dicho, menos aborrecibles.

Abstenerse tiene muchas explicaciones y por desgracia no supone una protesta. El voto nulo tampoco es operativo. Los votos en blanco podrían serlo, pero no con estas reglas de juego. Por eso es preferible optar por quienes nos inspiren una menor desconfianza. ¿Quien sabría gestionar mejor lo de todos? Esta es la pregunta que debemos contestarnos cuando ejércenos nuestro derecho al voto.

Costó mucho conquistar ese derecho, como es el caso de tantos otros. No lo menospreciemos. Ejerzámoslo para mantener, generar o restaurar otros derechos que se han visto socavados a golpe de crisis. Los más jóvenes tienen mucho más que perder al inhibirse.

Profesor de Investigación IFS-CSIC (GI TcP). Historiador de las ideas morales y políticas. Proyectos BIFISO (PIE-CSIC-CIV19-027), ON-TRUST CM (H2019-HUM5699), PAIDESOC (FFI2017-82535) y PRECARiTYLAB (PID2019-105803GB-I0), Instituto de Filosofía (IFS-CSIC).

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