¿Hizo bien Pinochet derrocando sangrientamente al gobierno de Allende?
- Escrito por Roberto R. Aramayo
- Publicado en Opinión
“Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”.
Salvador Allende retransmitió estas palabras mientras Pinochet bombardeaba el presidencial Palacio de La Moneda, en donde prefirió suicidarse al desconfiar de la salida que se le ofreció. Es como si hubiera podido escuchar que su avión se caería, como afirmó aquel a quien había confiado el mando del ejército. Todo esto está bien documentado y por eso resulta impactante que un defensor del dictador golpista sea el nuevo presidente de Chile porque así lo han dictaminado las urnas.
Hay muchos factores que pueden explicar este fenómeno. Quien abandona la presidencia generó demasiadas expectativas que por fuerza habían de quedar insatisfechas. Hubo dos intentos por cambiar la Constitución de Pinochet y ambos fracasaron por su radicalismo de signo contrario. La tendencia mundial apunta en esta misma dirección. Los discursos del miedo y la seguridad que invocan el retorno a una pletórica etapa gloriosa cunden por doquier, como bien sabemos.
Por mucho que pueda conmocionarnos este recuerdo, urge preguntarse por las causas que impulsan este orden de cosas. Hay un evidente malestar social, sobre todo en las comunidades que mantiene todavía una mayor prosperidad, puesto que las demás no pueden reflexionar al respecto por su imperiosa menesterosidad. Parece que damos por buena una creciente desigualdad, siempre que no estemos afectados directamente por ella e incluso aunque así sea. Porque las promesas de soluciones mágicas calan cuando prima la desesperación.
Hemos normalizado que quienes gestionan la esfera pública pretendan privatizar sus prestaciones y servicios, dinamitando con ello los pilares del Estado de bienestar. En el fondo envidiamos a los plutócratas que rigen los destinos políticos desde sus corporaciones empresariales. La nobleza del antiguo régimen se mantuvo en el poder por su alianza con quienes gestionaban los altares y respaldaban monarquías absolutistas. Ahora la nueva divinidad es el dinero, al que cada cual rinde un culto desmedido a su propia escala, practicando un consumismo compulsivo que nos endeuda y roba nuestro tiempo al tener que dedicarlo a saldar esa factura.
Solo un cambio de mentalidad y un reajuste de nuestras preferencias podría socavar el orden establecido, que dominan con facilidad el tecnofeudalismo anarcocaoitalista cuya economía financia no contemples en absoluto a las personas instrumentalizadas como meras mercancías. Optamos por la seguridad, aunque conlleve renuncias relativas a la libertad, y abominamos de una solidaridad que nos cohesionaría.
Como pronóstico Tocqueville, la democracia era un sistema imparable, pero podía dar pie a nuevas formas de tutela, si alguien se proponía convencernos de que lo mejor es desentenderse del destino ajeno y solo nos compete distraernos, ocupándonos únicamente de nuestros asuntos. En ello estamos, aislados tras nuestras pantallas y pautando nuestros hábitos mediante los algoritmos que nos formatean cual si fuéramos robots.
Ardo en deseos de ver el nuevo documental que a buen seguro prepara Patricio Guzmán, el infatigable cronista de la historia político social chilena.
Roberto R. Aramayo
Profesor de Investigación en el IFS- CSIC (GI TcP) e Historiador de las ideas Morales y Políticas. INconRES (PID2020-117219GB-I00) / RESPONTRUST (SGL2104001) / ON-TRUST CM (2019HUM5699) y PRECARITYLAB (PID2019-105803GB-I0)
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