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EL PERIÓDICO
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La democracia visceral


concurre «una especial trascendencia constitucional» Isabel Díaz Ayuso y Toni Cantó durante la presentación de la candidatura del PP para las elecciones a la Asamblea de Madrid Isabel Díaz Ayuso y Toni Cantó durante la presentación de la candidatura del PP para las elecciones a la Asamblea de Madrid. concurre «una especial trascendencia constitucional» Isabel Díaz Ayuso y Toni Cantó durante la presentación de la candidatura del PP para las elecciones a la Asamblea de Madrid Isabel Díaz Ayuso y Toni Cantó durante la presentación de la candidatura del PP para las elecciones a la Asamblea de Madrid.

Nos han engañado. Nos han hecho creer que la humanidad ha encontrado mecanismos perfectos para autogobernarse y no es verdad. Seguimos conduciéndonos por “la ley de las tripas”, que viene a consistir en que yo hago lo que me pide el cuerpo y, el bien común, si acaso, otro día.

El primer iluso fue Kant con su imperativo categórico: “Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal”. Corolario: mentir, insultar y robar serían malos, porque una sociedad en la cual todo el mundo mienta, insulte o robe no sería deseable. ¡Pobre Kant! Muchos no parecen haberse enterado de lo que dijo, porque en nuestra sociedad se miente, se insulta y se roba con gran entusiasmo.

Luego nos dijeron que el mercado era un mecanismo perfecto para regular la economía. Por ejemplo, si subiera la demanda de un bien, su precio aumentaría y eso haría que entrasen en el mercado nuevos productores de ese bien. También haría que los consumidores buscasen bienes alternativos. Al aumentar la oferta y disminuir la demanda, su precio volvería a bajar y, así, cada bien se vendería a la larga por su precio justo. Conocemos demasiadas excepciones a este funcionamiento como para enumerarlas aquí. Pero, por dar algunos ejemplos, baste ver lo que pasa con el precio de la electricidad, con el de la vivienda o con la adjudicación de contratos públicos. Los monopolios en el caso de la electricidad, la no existencia de bienes alternativos en el de la vivienda, y la corrupción y las mordidas en el de los contratos públicos, hacen que la ley del mercado no sea la adecuada para regular su precio.

También nos dijeron que las redes sociales aumentarían nuestro grado de democracia. Al no haber emisores privilegiados de información y convertirse cada individuo a la vez en emisor y receptor de la misma, la verdad resplandecería y todos seríamos menos manipulables. A estas alturas del invento, sabemos que las redes son el mejor modo de manipular la opinión y de hacer callar al disidente. Baste el reciente ejemplo del acoso al escritor Javier Cercas, o el abandono de las redes por parte de la alcaldesa Ada Colau para ver cómo el poder —en este caso, de los independentistas catalanes— es implacable en perseguir a través de las redes a quien le resulta incómodo. Ahora mismo, lo más democrático sería que todas las personas sensatas abandonaran las redes y solo quedaran en ellas los insultadores y acosadores profesionales. De este modo, desaparecería su poder de manipulación.

Finalmente, la democracia sería —dicen— el mejor invento para autogobernarnos: los partidos harían sus ofertas electorales y los electores elegirían libremente aquella que más le convenciera; si el partido gobernante no cumpliera sus promesas, los electores le castigarían en las urnas en la siguiente elección y elegirían a otro partido. Las campañas consistirían en debatir las ventajas e inconvenientes de las diferentes propuestas.

Sin embargo, lo que vemos —pongamos, sin ir más lejos, el ejemplo de Madrid— dista mucho de parecerse a ese mecanismo ideal: las ofertas electorales de la señora Díaz Ayuso, no se ven por ninguna parte; la rendición de cuentas, tampoco; pareciera, por otro lado, que su contrincante electoral fuera Pedro Sánchez y las políticas del Gobierno de la Nación, cuando, ni éste se presenta como candidato en Madrid, ni lo que está en juego es la política nacional; y su campaña está consistiendo en una ensalada de insultos y descalificaciones al adversario que ya raya en lo grotesco: lo último que le hemos escuchado es que los socialistas necesitan las colas del hambre —“mantenidos” les ha llamado, en un alarde de insensibilidad con el dolor ajeno— para que les voten los más necesitados.

Sin embargo, parece que las encuestas dan muchos votantes a Díaz Ayuso y eso hace que me pregunte por qué no funciona en este caso el “perfecto” mecanismo de la democracia: si no hay una oferta electoral visible; si no hay una rendición de cuentas de la gestión realizada; si se debate con un adversario inexistente; y si los modos de la candidata no son precisamente de respeto a las buenas formas democráticas; ¿por qué le siguen votando?

Aquí llegamos a la ley de las tripas mencionada más arriba. Los votantes conservadores no se engañan con respecto al tipo de candidata que es Díaz Ayuso. Saben que no es equiparable a otros candidatos conservadores, como podría ser Aitor Esteban —del PNV— o algunos de su propio partido, como Núñez Feijoo o Juan Manuel Moreno. Seguramente, tampoco se creen la mayoría de sus embustes; se dan cuenta de sus dificultades con la sintaxis; y aprecian —como apreciamos los demás— lo excesivo de sus “razonamientos”, como el mencionado más arriba de las colas del hambre.

Pero, es lo mismo. Se aplican aquello de “da igual si el gato es blanco o negro, mientras cace ratones”. Y el gato —la gata, en este caso— parece capaz de atraer mucho voto, no solo del PP, sino también de Ciudadanos y de Vox. Y, sobre todo, supuestamente sería capaz de derrotar a la odiada izquierda y eso es lo que importa. Si luego su gestión es caótica o inexistente —como lo ha sido hasta ahora—, da lo mismo. Lo importante es que no gane el adversario, aunque el adversario en este caso sea un honesto profesor, con demostrada capacidad de gestión y experto en el arte de concertar acuerdos entre fuerzas muy diversas. Y —él sí, ¡ingenuo él!— empeñado en explicar sus 350 propuestas para Madrid en mitad de un ruido ensordecedor.

Vivimos en una democracia de vísceras. Por eso, en las campañas y en las sesiones del Congreso la derecha habla de todo lo que moviliza las vísceras —el independentismo, el terrorismo de ETA, el comunismo, etc.— y muy poco de lo que interesaría a los votantes.

La única esperanza de que la democracia triunfe por encima de las vísceras es que los perjudicados durante 26 años de la gestión de la derecha en Madrid —los parados, los autónomos sin ayudas, los jóvenes en busca de vivienda, los que esperan en la cola de la dependencia o en las de los servicios sanitarios, etc.— se sacudan la pereza y acudan en masa a votar el día 4 de mayo. Porque los votantes conservadores ya están movilizados y están dispuestos a votar a su gata caza-ratones, aunque no les guste lo más mínimo.

Catedrático de Lenguajes y Sistemas Informáticos y profesor de Ingeniería Informática de la Universidad Complutense. Fue diputado por el PSOE en la legislatura X de la Asamblea de Madrid.