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EL PERIÓDICO
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Hace noventa años


De la vida me acuerdo, pero dónde está

Jaime Gil de Biedma

La II República comenzó su andadura con alegría, esperanza y fiesta… se alzó la bandera republicana en muchos mástiles y comenzó su corta pero fructífera existencia. ¿Qué supuso? Por encima de todo, un intento de modernización y de incorporar a España a los países democráticos donde los ciudadanos toman las decisiones, participan y ejercen mecanismos de control.

¿Qué trajo? Antes de un golpe de estado perpetrado por el ejercito africanista y apoyado por alemanes e italianos aporto derechos y libertades. Pensemos, por ejemplo en el voto de la mujer, en el divorcio, en la separación nítida de las confesiones religiosas y el estado, en la supresión de la pena de muerte o en las medidas que aportaron, lo que hoy llamaríamos un escudo social, es decir, una protección a los más desfavorecidos.

Se llevó a cabo una legislación laboral por parte de Francisco Largo Caballero, cuando fue ministro de trabajo, en su momento de las más avanzadas de Europa y que en distintas ocasiones fue puesta como ejemplo inequívoco de avances significativos en materia de justicia social.

Forma parte incuestionable de la memoria histórica o democrática, como la denominamos hoy, el poderoso impulso que se dio a la educación como herramienta para propiciar la movilidad y la igualdad. Si hubo un colectivo que la apoyó con entusiasmo fue el de los maestros. Los índices de analfabetismo eran muy altos y las condiciones –en muchos lugares pero, sobre todo, en la España profunda- angustiosas y deplorables. Por eso, se realizó un gigantesco esfuerzo por dignificar a los maestros y maestras, por construir las escuelas necesarias y los institutos porque la educación constituye la base de cualquier régimen que aspire a que los hombres y mujeres se conviertan en ciudadanos.

Quiero citar, al menos, el significado de las Misiones pedagógicas o de la labor que realizó, casi siempre en la sombra, un gran gestor o pedagogo como fue Lorenzo Luzuriaga.

La dictadura franquista trajo consigo depuraciones, fusilamientos, duras estancias en prisión o el exilio. Por eso, es inconcebible que hoy, todavía, sea reivindicada por algunos nostálgicos, claro que para que eso sea posible es necesario tergiversar, mentir, manipular y ocultar las obras que la República inició y que sólo pudo concluir parcialmente: la política hidráulica, la construcción de numerosos edificios públicos, el apoyo a la cultura o la lucha infatigable por dignificar a las mujeres que habían sido sistemáticamente marginadas y por dar voz a quienes hasta ese momento, no la habían tenido.

Pensemos un momento en la Constitución del 78, evidentemente, tiene pesos y contrapesos pero lo que tiene de progresista y de democrática, se debe a que incorporó logros que ya estaban plasmados en la Constitución Republicana de 1931 y que fueron abolidos salvajemente, comenzando por la restauración de la pena de muerte y continuando con el indisimulado apoyo del nacional catolicismo, con la persecución sistemática de los demócratas.

Cuando se habla de los valores republicanos, a la derecha le salen sarpullidos. Sin embargo, hay que decir alto y claro, que sin valores republicanos no hay democracia.

Los años veinte y treinta del siglo XX, fueron un periodo de florecimiento cultural. No es fácil, en nuestra historia, encontrar políticos de la talla de Azaña, de Indalecio Prieto o de Fernando de los Ríos por no citar más que tres figuras emblemáticas.

El exilio ha sido, también, desconocido, vilipendiado y ultrajado. Se vieron impelidos a abandonar nuestro país pensadores, creadores y constitucionalistas de gran relieve. Pensemos en un novelista y ensayista como Francisco Ayala, en un dramaturgo como Max Aub o en los más representativos poetas de la Generación del 27, que yo creo que habría que denominar, Generación de la República: Cernuda, Alberti, Altolaguirre, Pedro Garfias… otros fueron sañudamente asesinados como Federico García Lorca.

La historia no se repite pero tiene periodos en que se acelera… e incluso en que da saltos atrás. La dictadura franquista trajo hambre, censura férrea, fusilamientos al amanecer… todos los españoles se vieron obligados a convertirse de ciudadanos en súbditos, a vivir con miedo y a soportar el ‘fru-frú’ de sotanas y toda la miseria que acompaña a un estado policial.

Los jóvenes de hoy tienen derecho a conocer, con sus luces y sombras, el proyecto modernizador y democrático de la II República. El franquismo y el nacional-catolicismo o bien la ignoraron o bien la redujeron a unas pocas líneas en los planes de enseñanza y la intentaron convertir en un periodo de inestabilidad social, quemas de iglesias y conventos, fomento del ateísmo y lindezas semejantes, de las que vino a salvarnos la figura providencial de invicto Caudillo.

Una obligación de los demócratas es hacer pedagogía social de lo que la República significó, de la alianza de Franco con Mussolini y Hitler o del aislamiento que nuestro país padeció, al finalizar la II Guerra Mundial, por haber estado tan vinculado al fascismo italiano y al nacional-socialismo hitleriano.

La II República cumple noventa años, fue perseguida, se ignoró el proyecto progresista que traía consigo y fue ‘obsequiada’ con esputos sanguinolentos, con ademanes chulescos y altaneros y, cuando convino, ocultando por ejemplo, la División Azul, que combatió a las órdenes de los nazis.

La labor pedagógica a que antes he aludido la hemos de realizar los demócratas, más también, los medios de comunicación comenzando por los públicos. La ignorancia y la manipulación se han de combatir con una información veraz y con una visión de la historia que permita –como es lógico, diversas interpretaciones- pero que no altere, arteramente, los hechos.

Los demócratas tenemos una deuda de gratitud con la II República y con el exilio republicano y, hemos de empezar por homenajearla en su nonagésimo aniversario, poniendo de manifiesto, que estuvimos y estaremos con la democracia frente a los nostálgicos de la dictadura que han pretendido y siguen pretendiendo, manchar y descalificar un proyecto modernizador y noble… que pone el futuro en manos de los ciudadanos y que rechaza los histrionismos y felonías que en forma de un ‘populismo trumpista’ supone una amenaza para la convivencia democrática.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.