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EL PERIÓDICO
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Puntos de inflexión


Alberto Garzón y Pablo Iglesias con el puño en alto, celebrando el acuerdo de coalición de Unidos Podemos en mayo de 2016. Alberto Garzón y Pablo Iglesias con el puño en alto, celebrando el acuerdo de coalición de Unidos Podemos en mayo de 2016.

Cuando decidió en 2019 dar la espalda al centro (eso era y no otra cosa negarse al bilateralismo) Ciudadanos aspiraba a ser el alma blanca del mismo PP. Todo igual pero sin tacha. Cierto que no había caja B, pero tampoco plan B, y por eso cuando hizo la tachadura, políticamente se techó y electoralmente se desfondó. Rivera se arruina la vida política tras los acuerdos unilaterales con el mismo partido del que se quería diferenciar por su forma de ser. No puedes ser de la liga de la moralidad y que te pillen en la cama con una “prostituta, menor y además negra” (“La jaula de grillos”). Ciudadanos después de la autonómicas de 2019 ya no es el caballo blanco. Es el asiento de atrás un tándem de poder (tantas vicepresidencias dicen algo). Después ya es marear la perdiz. Rivera pasará a la historia como aquellos que al descubrir América con Colón dijeron: “Esto no son las indias, me vuelvo a casa. Que fracaso”. Pudieron abrir un panorama político nuevo y equilibrado. Pero el polvo de estrellas dijo no y se estrelló.

Cuando echando cuentas se dieron cuenta que los números no daban decidieron montar el numerito. La extrema derecha en la plaza de Colón descubrió su “Dorado”. Los indígenas conservadores eran capaces de hacer trueque de su patrimonio electoral por cuentas de cristal: una protesta absurda y de escaso valor. Allí encontró su punto de inflexión. Un cruce de naturalezas que algo tendrían en común, cuando en común bailaban. Vox regularizaba sus papeles ideológicos y obtenía permiso de trabajo para cultivar abonando a parte de los electorados.

Cuando en la oligarquía orgánica del PSOE pensaron que era una buena idea abstenerse en la investidura de Rajoy a cambio de “ná”, solamente para hacer un “quítate Pedro que viene Susana”, hacía ya tiempo que no pisaban calle. Su grado de ensimismamiento era tal que fueron incapaces de ver más allá de sus propios mitos. Era un desgranar continuo de tópicos caducados, de responsabilidad de gobierno que era más bien desnorte, hasta un no va a más. Allí se dio el cruce de caminos que llevaba a la irrelevancia o la supervivencia. Me imagino un Congreso sin moción de censura, con Rajoy agotando legislatura y a Susana Diaz enfrentándose a Pablo Iglesias crecido entre la corrupción PP y la inanidad del PSOE. Al partido le fue por un pelo.

Cuando en IU decidieron que no “importa la raza, no importa el color, si somos hermanos gracias al amor” y se fusionaron en UP. Una opción de supervivencia (y optimizar escaños) que les borró como alternativa. Tarde o temprano las fragmentaciones ideológicas y territoriales pasarían factura a lo que fue una ola de opinión indignada. Pero IU ya no estaba allí para ser alternativa y refugio. ¿Adonde van los electores que no se quedaron sin quererse ir? Vendrán más decisiones y en ellas estarán sus futuros de reencarnarse tras ser huesos sin voz.

Cuando Rajoy decidió no asumir toda la culpa propia y ajena. Le dieron una puerta abierta para retirar la moción de censura a cambio de su cabeza presidencial. Allí solo vio el abismo y la duda de que después volvieran a por más. Tras la decisión personal solo quedó desazón electoral y una oportunidad habitacional para el casado que casa quiere. Aquel fue el momento de la bolsa en el escaño o la vida del partido. Todo terminó con un PP embarcado en elegir entre “Pinta”, “Niña” y “Santamaria”. Viendo como ha pintado la cosa ya saben cuál fue la elección.

Dime cuándo, cuándo, cuándo; dónde estuvo el error sin solución o el acierto sin continuidad… En ocasiones volver sobre los pasos enseña a no perder por dónde va el camino.

Catedrático de Sociología Matemática.