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EL PERIÓDICO
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Efectos geopolíticos del 23 F


Alexander Haig, secretario de Estado con Ronald Reagan, en 1981. Alexander Haig, secretario de Estado con Ronald Reagan, en 1981.

En España, solemos interpretar los acontecimientos políticos únicamente en clave interna. Desdeñamos explicarnos lo que sucede en España dentro de contextos internacionales. De hacerlo así, nuestro sentido del ridículo nacional nos parece que agrediera nuestra hidalga compostura. Esto es solo cosa nuestra, decimos. Cuando procedemos de esta forma, actuamos como si viviéramos en un islote nacional que vagara a su aire a través de la Historia. Por ello, casi nunca acertamos a comprender el alcance de las conexiones profundas existentes entre lo que sucede aquí con lo que acontece fuera.

Un caso paradigmático de esta hispano-españolización de hechos relevantes lo compuso el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 hace, ahora 40 años. Casi nadie habla del contexto internacional en el que sobrevino. Gratifica más a algunos pensar que se trató de una astracanada urdida en la mente de algún descerebrado anclado en el siglo XIX, sin recorrido ni finalidad específica alguna. La desmovilización registrada ante los primeros momentos del golpe sería un síntoma de la banalización con la que aquel secuestro del Parlamento democrático fue percibido. “Son cuatro chalaos”, diría gente de a pie.

La gente más instruida se tomó más en serio el secuestro del Gobierno y el Parlamento. Pensaba, con dolor, que una democracia naciente como la española, tan trabajosamente arrancada en la lucha de masas en las calles, las fábricas, los tajos y las aulas –pese a que aún dicen algunos que la democracia vino “de arriba”- se hallaba en peligro de ser truncada de cuajo a manos de una franja de militares –y civiles- adscritos todavía a un régimen, el franquista, que se negaba a abandonar la escena.

Empero, el miedo suplantó a la razón. Pocos, entre las gentes formadas, repararon entonces en que los golpistas carecían de un programa político, siquiera de mínimos; que no contaban con ayudas y aliados internacionales conocidos y visibles; medios y dinero a la vista, desde luego, no comparecían en la escena, por todo lo cual, aquel intento de golpe parecía condenado a fracasar sin remisión más temprano que tarde.

Sin embargo, en la certeza de tantas deficiencias, con aquella explicación política se operó entonces desde el centro de decisión, la Comisión de Subsecretarios que, a diferencia del Gobierno centrista, la oposición socialista y comunista y Parlamento electo en pleno, permanecía fuera del hemiciclo secuestrado a mano armada por el teniente coronel Antonio Tejero y varias decenas de guardias civiles. Se pensó entonces -y se sigue pensando aún hoy- que el golpe fracasó totalmente.

Contexto internacional

Es en este punto del relato donde la indagación del contexto internacional en febrero de 1981 permite dar una vuelta de tuerca al examen de lo sucedido entonces. Y permite formular hipótesis fundadas, aún no refutadas. Desde luego, como tal golpe de Estado, fracasó en su intento de erradicar la democracia de España. Pero Adolfo Suárez, arrinconado desde su propio partido, ya había dimitido días antes, el 29 de enero de 1981, presumiblemente para arrebatar esa baza a los golpistas. Pero, cabe preguntarse en propiedad ¿era el fin último de los inductores del golpe, acabar con el frágil bastidor del incipiente sistema democrático, con tan solo tres años de rodaje desde la Constitución de 1978? Examinemos la coyuntura internacional.

Apenas un mes antes del golpe del 23 de febrero de 1981, el republicano Ronald Reagan tomaba posesión de la Presidencia de los Estados Unidos de América. Inauguraba una época desde sus mandatos salpicados de episodios de violencia política en medio mundo. La liza entre Estados Unidos y la URS alcanzaría algunos de sus climax.

Espoleado por el intento de recobrar la dignidad estadounidense humillada en Teherán, durante 444 días, con el secuestro en su Embajada de 53 de sus diplomáticos a manos de los Estudiantes en la Línea del Imán Jomeini, comandados por Mussavi Joeiniha, Reagan concibió un ambicioso plan para “demostrar al mundo quién mandaba en el mundo”, como escribió entonces un analista.

En primer lugar, no tuvo reparo en negociar con los ayatollahs para que no liberaran a los rehenes estadounidenses mientras su antecesor en la Presidencia de Estados Unidos, Jimmy Carter, no abandonara la Casa Blanca (1). De aquel modo, simultáneamente a su toma de posesión, los rehenes estadounidenses fueron liberados de su prolongado cautiverio.

En Europa Occidental, -la URSS controlaba aún los países del Este en al área oriental del continente-, Reagan necesitaba una demostración de poder que alterase la relación de fuerzas existente. Adolfo Suárez, presidente del Gobierno de Unión de Centro Democrático, UCD, centrista, empeñó demasiado tiempo en deshojar la margarita sin decidirse a dar luz verde a la integración de España en la OTAN, entonces con quince miembros en su seno. Además, el PSOE de Felipe González, que había planteado una moción de censura contra Suárez, cuando se refería a una improbable –entonces- integración en la coalición militar hegemonizada por Estados Unidos, aventaba el eslogan “OTAN, de entrada no”. Ello podía interpretarse como la víspera de una prolongada ausencia de la Alianza Atlántica de un país de la importancia geoestratégica de España. Aquello resultaba intolerable para el nuevo Washington de Ronald Reagan máxime cuando Jimmy Carter había aleccionado a Suárez a pasear por América del Sur el modelo de transición de la dictadura a la democracia.

El caso es que la situación fue declinando y una cascada de acontecimientos irrumpió en el escenario español e internacional. Aquí, Adolfo Suárez dimite a finales del mes de enero, pocos días después de la jura presidencial de Ronald Reagan, aludiendo que él no sería el impedimento que obstruyera la continuidad de la democracia en España. Una vez dimitido y en el ínterin, la UCD elige a Leopoldo Calvo Sotelo –apellido del denominado protomártir del Alzamiento de Franco en 1936- candidato a la Presidencia del Gobierno. Entonces, 5 días antes del golpe del 23 de febrero, el ex directivo de Explosivos Riotinto y pianista amateur preconiza abiertamente la entrada de España en la OTAN.

Empero, la opinión pública española, así como la clase política, albergaban un evidente rechazo a la presencia militar estadounidense en España. Las bases de Zaragoza, Torrejón y Rota se habían concedido sin apenas contrapartidas por un medroso Franco, temeroso de no hacer los méritos que le exigía el amo del mundo occidental.

El rechazo español generalizado obedecía a razones diversas: la derecha en general y el Ejército en particular cobijaba recelos desde la pérdida, en 1898, de las últimas colonias del imperio español en Cuba, Puerto Rico y Filipinas a manos de los Estados Unidos de América. Por su parte, la izquierda, abominaba del abrazo dado a Franco por el presidente Eisenhower en 1959 en Madrid, que garantizaban indefinidamente la continuidad de la dictadura franquista, para, a cambio, integrar al dictador-general en la Coalición de la Guerra Fría, dado el peso estratégico tricontinental de España: extremo occidental de Europa; llave del Mediterráneo; puerta del Norte de África; rampa hacia el Oriente Próximo; trampolín diplomático geocultural hacia América Central y meridional; y, joya de las comunicaciones aeroespaciales.

Era evidente que la integración de España en la OTAN se presentaba como un hueso duro de roer por los lugareños, de tal modo que era preciso crear, alentar o aprovechar un estado de miedo, que torciera el presumible sentido adverso del voto a la OTAN en un referéndum que decidiera la integración. Y todo ello, a ser posible, antes de que la izquierda asomara por el Gobierno de Madrid, donde la UCD de Suárez conspiraba contra él y hacía ya tambalearse su Gabinete. El supuesto no tuvo que ser creado desde fuera. Ya estaba en marcha: el malestar en sectores de la cúpula de las Fuerzas Armadas por la ofensiva terrorista de ETA que estremecía el país. Washington no avisó al Gobierno de Suárez de lo que sabía y miró hacia otro lado cuando se perpetraba. Lo que se gestaba entonces en las salas de banderas casaba bien con sus intereses geoestratégicos. Sus miras no estaban en el ámbito de lo inmediato sino en un objetivo ulterior conectado a aquel.

Miedo revestido de prudencia

Por consiguiente, el gran miedo, revestido de asco, que causó la presencia armada de Tejero y su tropa en el Congreso de los Diputados, con los representantes del pueblo soberano secuestrados por un amplio grupo de golpistas de uniforme, adquirió sobre el ánimo de la clase política civil y de los sectores sociales más concienciados del país los ecos de un siniestro ritornello: “otra vez más, los militares en el poder” era el mantra que martilleaba las conciencias democráticas más sensibles y comprometidas.

Pero el aparentemente fracasado golpe del 23 de febrero de 1981 lograría su presumible y principal objetivo geoestratégico: el de debilitar las resistencias a la entrada de España en la OTAN. El argumento era sencillo de aventar: “la única manera de impedir que las Fuerzas Armadas sigan injiriéndose en la política española –como lo han venido haciendo desde mediados del siglo XIX- será la de someterlas a la disciplina de la OTAN, donde convergen numerosas democracias europeas que respetan la autonomía del poder civil sobre el militar”.

Este fue el argumento que comenzó a hacer variar los iniciales planteamientos del PSOE al respecto de la OTAN, valientemente defendidos por la corriente Izquierda Socialista (2). Pero el miedo acabó por revestirse de prudencia. Así, el referéndum donde se sometería al voto popular la integración, halló una viabilidad que, de no haber mediado el golpe de Estado del 23 de febrero, con toda probabilidad no hubiera prosperado, dadas las fuertes resistencias mencionadas antes y la brutalidad del espectáculo ofrecido por los golpistas. Algunos sociólogos recuerdan un extraño apagón de una hora en el conteo de los votos del referéndum convocado por el Gobierno socialista el 12 de marzo de 1986.

Tal cambio en la actitud de la cúpula socialista resultaba explicable, desde el pánico generalizado ante el supuesto regreso de los militares al poder en España, en medio de la bisoñez política –sensatez según algunos- a la sazón imperante entre sus dirigentes. Pero quienes cambiaron el criterio socialista y se avinieron a la incorporación española a la OTAN, parecían desconocer que dos miembros de la Alianza Atlántica, Turquía y Grecia, desde 1952, pese a su pertenencia al entramado militar pronorteamericano, sufrieron cuatro golpes militares de extrema derecha (tres turcos, en 1960, 1971 y 1980 y el de los coroneles griegos, en 1967 con la consiguiente dictadura hasta 1974 y el destronamiento de la monarquía helena, respectivamente). La integración en la OTAN no era pues una garantía plena que pudiera impedir una nueva irrupción de un poder militar autonomizado y fascistizante en España.

Por consiguiente, Washington, que tras la revolución iraní asistió al desalineamiento de Irán de su férula en el Medio Oriente, en detrimento de sus intereses y a favor de los intereses de la Unión Soviética en el área, halló en España, con su integración en la OTAN –conseguida a costa del amedrentamiento de los españoles ante la vuelta al poder del Ejército- una baza de extraordinaria importancia para re-nivelar, entonces, la ecuación de fuerzas geoestratégicas a favor de Washington.

Aquel luctuoso año de 1981 registró la muerte en accidente de helicóptero de Omar Torrijos, líder militar panameño que había conseguido rescatar la soberanía de su país sobre el Canal interoceánico en negociaciones con el rival de Reagan, Jimmy Carter. También murió en accidente el presidente ecuatoriano Jaime Roldós; surgió la guerra civil en El Salvador; sobrevino un golpe de Estado, por destitución de García Meza, en Bolivia; Belice se independizaba del Gran Bretaña; el general Jarucelski daba un golpe de Estado en Polonia, mientras el Papa Juan Pablo II se convertía en líder in pectore del sindicato anticomunista Solidaridad y resultaba herido en atentado en la plaza de San Pedro a manos de un extremista turco; en Turquía, el general Kenan Evren gobernaba tras el golpe de septiembre del año anterior; y Anwar el Sadat presidente egipcio, sería asesinado en octubre de 1981 por islamistas en El Cairo, para ser reemplazado por el amigo de Washington Hosni Mubarak…1981, un año para el recuerdo: la llamada “pax americana” había devenido en un fantasmagórico mito.

Alexander Haig, secretario de Estado con Ronald Reagan, días después del golpe de Tejero, había declarado en Washington que el golpe del 23 de febrero era “un asunto interno”. Meses después visitó Madrid en viaje oficial. En una conferencia de Prensa convocada en el hotel Palace de Madrid, este periodista le preguntó: “señor Haig, si volviera a producirse en España un intento de golpe de Estado, ¿qué actitud adoptaría Washington: la que adoptó con respecto al golpe del general polaco Wojcieck Jarucelski o la que siguió con relación al golpe de los generales en Turquía? Haig, con una sonrisa, respondió: “¡gran pregunta!, otra”.

(1) Citado en “Las guerras del general Omar Torrijos”. De Zoilo G. Martínez de Vega, corresponsal de la agencia EFE para América Central. Editorial Planeta. 2021.

(2) En “Peleando a la contra. Una historia de Izquierda Socialista, 1976-1997”. Por Guillermo León Cáceres. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. 2021.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.