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EL PERIÓDICO
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Sin imaginación


Cada etapa política tiene su discurso dominante, sus intelectuales y dirigentes; sus profetas; sus ritos y héroes populares y su tono y su estilo peculiares. Nada se repite y, si se intenta, lo que fue original vuelve como copia, y lo genuino, como falsificación; lo que fue tragedia se repite como farsa, decía Marx, corrigiendo a Hegel, y algunos émulos del 68 ahora son trumpistas. A los nuevos rebeldes les falta la imaginación que les sobraba a aquellos; la mediocridad es el signo de estos tiempos.

Arrastrando aún los efectos de la gran recesión económica de 2010, a los que hay que sumar los producidos por la pandemia, debemos aceptar que no atravesamos un momento fácil y que el futuro se presenta bastante oscuro para los jóvenes, a quienes les sobran motivos para protestar ante una situación que no tiene fácil ni inmediata salida. Aunque en los sucesos de estos días, los más activos no andan muy certeros en definir el objeto de sus protestas. Buscan una causa noble que defender y creen haberla encontrado en una persona, presuntamente comunista, que está en las antípodas de ese propósito.

Visconti eligió el adagio de la quinta sinfonía de Mahler como fondo musical para acompañar la muerte de Von Aschenbach en la playa del Lido, en una Venecia azotada por una epidemia de cólera, en la cuidada versión cinematográfica de la novela de Tomás Mann Muerte en Venecia.

Visconti era comunista, comunista sensible, con cultura y con gusto, y con ambos representó la rápida decadencia de un hombre en el magnífico marco de una ciudad enferma, que, en sí misma, es la representación de una lenta decadencia. Claro que era Italia y una ficción cinematográfica.

Aquí, en la España árida pero real, también en decadencia, padecemos una epidemia, sin música, pero con bronca, burdamente animada por las hirsutas estrofas de un rapero pendenciero, acompañadas por el coro de los críticos y el de sus animadores.

Cuando acaba de cumplirse un año de los primeros fallecidos por la epidemia de corona virus y contamos los muertos a miles, tenemos sacudido el ya crispado ambiente político por concentraciones juveniles en varias ciudades, protestando por la detención del “rapero” Pablo Rivadulla (Pablo Hasel) acusado de injuriar a la Corona, a instituciones del Estado y enaltecer el terrorismo. Protestas que han provocado cortes de calles, incendio de contenedores de basura, destrozos de mobiliario urbano, rotura de escaparates de establecimientos comerciales y sucursales bancarias, algunos saqueos y el intento de asaltar una comisaría en Barcelona, que en Cataluña no dejan de ser jornadas de entrenamiento de los CDR. Sucesos que se han saldado con heridos, algunos de gravedad, y numerosas detenciones.

Las penas de cárcel para castigar delitos de opinión parecen excesivas, pero el Gobierno ha anunciado que tiene intención de reformar el Código Penal en este sentido. Debería darse prisa en hacerlo, aunque, en mi ignorancia, pienso que tal derecho debería tener algunos límites y, además, la ley tendría que ser más precisa en la definición de los delitos, sin cuestionar por ello el principio general.

A los ojos de un lego en derecho, el encarcelamiento de Rivadulla no parece que sea sólo un castigo por un delito de opinión o de expresión artística, pues está acusado no sólo de proferir las injurias citadas y enaltecer el terrorismo, sino de obstrucción a la justicia, maltrato de obra, amenazar a un testigo, agredir a un periodista y atacar a una persona. Se puede discutir si por estos hechos merece acabar en la cárcel, pero, por estos actos y por las letras de sus “composiciones” y los mensajes plagados de insultos en las redes, no se puede negar que se trata de un sujeto fácilmente irritable, o de un exaltado, que no busca contribuir a debate alguno, que tanta falta nos hace, en un país donde el griterío es general y donde pocos escuchan, pues, en sus ásperos mensajes, se muestra partidario de aplicar la pena de muerte, a discreción y por cualquier medio -la bomba, la puñalada, el piolet en la cabeza o el tiro en la nuca-, a personas que no son de su agrado, hombres blancos, de posición acomodada y cercanos al poder político o económico.

Con cierta inocencia, se puede creer que tales mensajes son sólo un ejercicio de libertad de expresión y que no tienen consecuencias; que son sólo palabras. En tal caso, carecen de sentido, son gestos inútiles, voces en el desierto, pero la realidad desmiente tan cándida interpretación, pues parece que, al menos, han producido cierto efecto en sus seguidores, que han pasado de las palabras a los hechos, y del paso de lo uno a lo otro tenemos bastantes muestras.

Se debe recordar que, no hace tanto tiempo, había gente que ejercía su derecho a expresarse gritando “¡ETA, mátalos! Y que ETA mataba. En el “procés” tenemos una experiencia de laboratorio del efecto social que producen los mensajes persistentes, inflamados de odio y superioridad racial, destinados a movilizar a los seguidores del independentismo.

Rivadulla es un rapsoda pendenciero, lo que no impide que sea un rimador mediocre y carente de inspiración, pero con ganas de ofender. Pues eso son sus “composiciones”: ristras de insultos.

En sus textos se percibe una mezcla de ideas elementales pero confusas, enlazadas con poco arte y nula inspiración, que delatan la influencia del lenguaje de las redes. Sus “composiciones”, dígase con reservas, carecen de discurso, son frases de twiter soltadas en ristra; secuencias de frases yuxtapuestas, que aluden a temas distintos, unidas por el hilo conductor de la rabia y un soniquete ratonero. La información que aportan sobre la presunta opresión, sobre el sistema o sobre el poder que denuncian, es cero. No van destinadas a informar, sino a enardecer los ánimos, a provocar indignación y a sacar la gente a la calle; son soflamas que impelen a actuar.

¡Qué retroceso respecto al viejo panfleto obrerista con ínfulas literarias, donde existía una estructura lógica formada por una denuncia, una reclamación y unas consignas finales, que unían los actos inmediatos -¡A la huelga!, ¡A la calle!, ¡Readmisión de despedidos! ¡Libertad de detenidos!- con el luminoso objetivo final -¡Abajo la dictadura!, ¡Por la República popular! ¡Por el socialismo!.

A tenor de lo que “rapea” Rivadulla, el comunismo está artísticamente agotado y políticamente muerto, reemplazado por un trumpismo de izquierda.

Que semejante sujeto sea presentado como símbolo de la libertad de expresión y héroe del antifascismo delata la ignorancia y la confusión de quienes le jalean. Y la deslealtad y el oportunismo de quienes lo hacen desde el Gobierno. ¡Qué país!

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015) y, con Ramón Cotarelo: La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).