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EL PERIÓDICO
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El círculo de tiza “chiboletiano”


Cuando llegó la noticia sobre cómo los norteamericanos del norte derribaban efigies de Colón me pregunté lo que cualquiera de mi generación ¿Qué se habrán fumado? Evidentemente, mucho humo de guion televisivo. Aquí va una con la serie “Yellowstone”. Ya le digo, perfectamente prescindible. Una profesora nativa americana advierte a sus estudiantes universitarios: “os voy a contar la historia de verdad. Lo que ocurrió. No la historia oficial”. Termina sentenciosamente: “es una historia de sojuzgados y sojuzgadores. Y vosotros sois descendientes de los sojuzgados”. Silencio atronador y plano mostrando el rostro de estudiantes rubios color sol que miran deslumbrados la verdad. Nada nuevo. Lo de siempre. La verdad levantada sobre el olvido en una reescritura que inviste de pureza la realidad mestiza. Es más que evidente que allí solo se sentaban los descendientes de la mezcla de todos. Algo que los guionistas de la serie (reconozcámoslo, los guionistas son los nuevos historiadores del siglo XXI) ocultan externalizando la culpa. Todos eran víctimas de Colón. Un error flagrante, dado que siempre, siempre, siempre la culpa es del chachachá…

Escena posterior. La profesora les explica la identidad nativa. La importancia de los ritos para mostrar su valentía como pueblo. El más destacado, la carrera de relevos con ponis. Tras un ratito largo de explicar la importancia identitaria de cabalgar, un alumno pregunta “¿Qué tiene que ver Colón con todo esto?” refiriéndose a las carreras de caballos. La profesora responde seca y altiva “Absolutamente nada. Pero así aprendéis algo nuevo”. Tras las muchas intervenciones oculares que sufro fue milagroso ver mis ojos como platos. En América los caballos, sean de la talla que sean, llegaron con los europeos. Colón tiene todo que ver con la tradición identitaria nativa de cabalgar ponis. Es más, sin él no existiría ¿Cómo puede anclar la tradición sobre el caballo y después negar su origen?

Es la ley de pureza aplicable a la cerveza o a la identidad. En una confusión notable del rábano por las hojas, toman por identidad las tradiciones que como escoria se han adherido a la piel de las sociedades. Una búsqueda de la identidad en la epidermis, que permite al “pan con tomate” ser un signo identitario catalán llevado allí como los caballos hasta América: por emigrantes. Como dijimos, hay pocos caminos para construir naciones indias, incluso en Europa. El principio fundamental de la ley de pureza es darle a todas las chiboletes, que tradujera Unamuno, habidas y por haber. No pronuncias bien las tradiciones luego no eres puro. Toma hoguera. O degüello, que es la versión bíblica.

En el Libro de los Jueces ya le daban a la lingüística. Para huir vadeando el Jordán les pedían: “«Pues di “shibboleth”». Y él decía «sibboleth», porque no podía pronunciar aquella palabra. Entonces le echaban mano y le degollaban. Y así murieron cuarenta y dos mil de los de Efraím.” Mas de lo mismo en la matanza de haitianos en la Republica Dominicana por culpa del perejil. Todo resumido en un orgullo por la diferencia que siempre, y digo siempre, remite a la idea de pureza: Setze jutges d'un jutjat mengen fetge d'un penjat... Sea el ADN tribal genético (en la ida-de-olla-ultra-vasca) o fonético en cualquier variante van en compañía de la historia verdadera. La verdad. Ya saben. ¿Qué tiene que ver Colón con las carreras de ponis? Absolutamente nada dice la neohistoria de los hechos alternativos. La sombra de lo que representa Trump es alargada en la ficción norteamericana (véase Tenet entre otras).

Dibuja un círculo en la arena y ya tienes un nosotros y vosotros según “Las leyes de la forma” de Spencer-Brown. Todas las naciones tienen un elemento común: históricamente se han construido a partir de trazar crímenes de odio. Un odio que aporta consistencia física a las neblinas identitarias. A la manera de Brecht, de un brazo del niño tira con fuerza la madre nutricia que genera fraternidad. Del otro la madrepatria, ese ente hermafrodita capaz de fecundarse a sí mismo a base de odio y olvido. Hasta ahora históricamente arrastran con más fuerza los madrepatria. Al fin y al cabo, son la resolución última a los complejos de Electra y Edipo de “cualquiertodoquisque” diría Freud.

Lo lamentable es cómo se han encajonado a tantas generaciones de jóvenes en un callejón sin salida. Un “cul de sac” ideológico que, aun en el hipotético caso de llegar a ser real, es solo un paso a un lado incluso para los que creen que es el camino hacia algún lugar mejor para todos. La imaginación, diseño, promoción y decoración de los minifundios ideológicos (también llamados naciones, religiones o equipos de futbol) es propio de las elites conservadoras que predican madrepatrias para bendecir las mesas. Un socialista, comunista, cristiano o simplemente alguien con un mínimo de humanidad, que se afirme nacionalista solo puede expresar una de tres cosas: la encarnación de un oxímoron con patas o un desnortado brujuleando o un “algo-quiero-que-no-te-diré-pero-veras” (dicho en alemán original). Tanto por hacer y cuanta distracción…

Catedrático de Sociología Matemática.